Sentí que el mundo se detenía.
Miré a Marco.
—¿Quién?
Él no respondió de inmediato.
Solo me mostró la pantalla de su teléfono.
Era un informe que acababa de enviar uno de nuestros investigadores.
En la parte superior aparecía un único nombre.
Nathan Mercer.
Mi hermano menor.
Negué lentamente con la cabeza.
—No.
Eso no tiene sentido.
Marco habló con cautela.
—Pensé exactamente lo mismo.
Pero necesita ver esto.
Abrió una carpeta con varias fotografías.
La primera mostraba a Nathan entrando al edificio donde Elena alquilaba un pequeño apartamento después del divorcio.
La segunda lo mostraba saliendo dos horas más tarde.
La tercera estaba fechada apenas seis días antes.
Nathan discutía con Elena en la calle.
Ella sostenía una carpeta médica contra el pecho.
Él intentaba arrebatársela.
Sentí que la sangre comenzaba a hervir.
—¿Por qué nadie me dijo nada?
Marco bajó la mirada.
—Porque usted ordenó que nadie vigilara a la señora Elena después del divorcio.
Tenía razón.
Había sido mi decisión.
Creí que alejarme era la única forma de protegerla.
Ahora entendía el precio de aquella distancia.
El doctor Bennett regresó con los resultados de nuevos análisis.
—Señor Mercer.
Necesitamos hablar.
Salimos al pasillo.
El médico sostenía una tableta electrónica.
—Su exesposa llevaba varias semanas sin acudir a las consultas.
Eso ya lo sabíamos.
Pero encontramos algo más.
Abrió el historial clínico.
Había varias citas canceladas.
No por Elena.
Por otra persona.
—¿Quién podía cancelar sus consultas?
El doctor frunció el ceño.
—Alguien que conocía toda su información personal.
Las cancelaciones se hicieron respondiendo correctamente a todas las preguntas de seguridad.
Fecha de nacimiento.
Número de seguro.
Dirección.
Todo.
Sentí un escalofrío.
Muy pocas personas conocían esos datos.
Entre ellas…
Mi familia.
Entré nuevamente en la habitación.
Elena seguía inconsciente.
Tomé con cuidado la carta encontrada dentro de su bolso.
La abrí.
La tinta estaba ligeramente corrida.
Como si hubiera llorado mientras escribía.
“Luke…”
“Si estás leyendo esto, significa que ya no pude seguir ocultándolo.”
“Nuestro bebé siempre estuvo a salvo conmigo.”
“Nunca dejé de amarte.”
Tuve que detenerme.
La garganta dejó de responderme.
Continué leyendo.
“Me dijeron que tú no querías volver a verme.”
“Que habías pedido que nunca me acercara a ti.”
“También me dijeron que, si intentaba buscarte, destruirían lo poco que quedaba de tu carrera.”
Fruncí el ceño.
Jamás había dicho algo parecido.
La carta seguía.
“No sé quién miente.”
“Pero si alguna vez descubres la verdad…”
“No confíes en nadie que lleve tu apellido.”
Apreté el papel entre los dedos.
Ella nunca escribió el nombre.
No hacía falta.
Marco entró unos minutos después.
—Jefe.
Conseguimos acceder a las cámaras del edificio donde vivía Elena.
Conectó la tableta.
Las imágenes comenzaron a reproducirse.
Fecha.
Hace cinco semanas.
Nathan aparecía frente a la puerta del apartamento.

No iba solo.
Lo acompañaba una mujer.
Reconocí inmediatamente a Victoria.
Mi propia madre.
Sentí un golpe seco en el pecho.
La grabación no tenía sonido.
Pero los gestos hablaban por sí solos.
Victoria señalaba repetidamente el vientre de Elena.
Nathan sostenía un sobre.
Después de varios minutos, Elena cerró la puerta llorando.
Mi madre sonreía.
Una sonrisa tranquila.
Satisfecha.
Marco pausó el video.
—Hay más.
Reanudó la reproducción.
Cinco minutos después, Elena salió corriendo del edificio.
Sola.
Con una mano sobre el vientre.
Y la otra sujetando el mismo bolso que ahora descansaba sobre la silla del hospital.
Miré la hora.
Era exactamente el mismo día en que dejó de asistir a las consultas prenatales.
No podía seguir esperando.
Llamé inmediatamente a mi madre.
Respondió al segundo tono.
—Luke.
Qué sorpresa.
No perdí un segundo.
—¿Fuiste a ver a Elena?
Hubo un breve silencio.
Después respondió con absoluta calma.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien tenía que decirle la verdad.
Sentí que el corazón golpeaba con fuerza.
—¿Qué verdad?
Su respuesta llegó sin el menor remordimiento.
—Que ya no tenía ningún lugar en nuestra familia.
Cerré lentamente los ojos.
—Estaba embarazada de tu nieto.
Ella permaneció en silencio unos segundos.
Cuando volvió a hablar, su voz fue fría.
—Precisamente por eso fui.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Qué le dijiste?
Mi madre respondió con una tranquilidad que jamás podré olvidar.
—Le dije que ese niño nunca sería aceptado por los Mercer.
Y que tú ya habías empezado una nueva vida.
Las manos comenzaron a temblarme.
Entonces comprendí por qué Elena había dejado de buscarme.
Por qué había enfrentado sola el embarazo.
Por qué había escrito aquella carta.
No me había abandonado.
La habían convencido de que yo ya la había abandonado a ella.
Y mientras yo creía estar sacrificando mi matrimonio para mantenerla a salvo…
Las dos personas que más había confiado durante toda mi vida habían dedicado esos mismos tres meses a destruir, mentira tras mentira, todo lo que todavía nos unía.
En ese instante, el monitor cardíaco de Elena comenzó a emitir una alarma aguda.
Los médicos corrieron hacia la habitación.
Y el doctor Bennett salió apenas unos segundos después con el rostro completamente pálido.
—Señor Mercer…
Necesitamos llevarla inmediatamente a quirófano.
Si no actuamos ahora…
Podríamos perder tanto a la madre como al bebé.