Parte 2: LA MUJER QUE ENTRÓ POR LA PUERTA PRINCIPAL DEL CASTILLO

Renata no tardó en escuchar el motor.

Quince minutos después, tres camionetas negras se detuvieron frente a la casa.

Nora abrió la puerta.

El primero en bajar fue Baltasar Zárate.

Tenía el cabello completamente blanco, un traje azul oscuro impecable y esa serenidad que solo poseen las personas acostumbradas a decidir el destino de empresas enteras con una sola firma.

Al verlo, Renata dejó de contener las lágrimas.

Él la abrazó sin decir una palabra.

Después observó el vestido verde que llevaba puesto.

—Sigues viéndote hermosa.

Nunca necesitaste joyas para demostrar quién eres.

Renata sonrió por primera vez en toda la noche.

Baltasar levantó una pequeña caja de terciopelo.

—Tu madre la dejó para este día.

Dentro había unos pendientes de esmeraldas mucho más antiguos y valiosos que los que Esteban había regalado a Abril.

—Póntelos.

Esta noche nadie volverá a hacerte sentir menos.


Mientras tanto, en el Castillo de Chapultepec, Esteban estrechaba manos sin dejar de buscar con la mirada a Baltasar Zárate.

Aquel contrato significaba cientos de millones de pesos.

Todo dependía de causar la mejor impresión.

Abril caminaba a su lado, sonriendo para las fotografías.

—¿Seguro que tu esposa no aparecerá?

Esteban soltó una risa.

—No tiene el valor.

En ese momento, el maestro de ceremonias tomó el micrófono.

—Damas y caballeros, acabamos de recibir al presidente de Grupo Zárate.

Todos voltearon hacia la entrada principal.

Baltasar apareció primero.

Pero no entró solo.

Ofreció el brazo a una mujer con vestido verde oscuro.

El mismo vestido que Esteban había considerado indigno.

Solo que ahora llevaba el cabello recogido con elegancia y los pendientes de esmeraldas iluminaban discretamente su rostro.

El salón quedó completamente en silencio.

Abril dejó de sonreír.

Esteban sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—Renata…

Ella ni siquiera lo miró.

Continuó caminando junto a su padre.

El maestro de ceremonias volvió a hablar.

—También damos la bienvenida a la señora Renata Zárate, integrante del consejo patrimonial de Grupo Zárate.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

—¿Zárate?

—¿Es hija de Baltasar?

—¿La esposa de Esteban era una Zárate?

Esteban intentó acercarse.

—Renata, escucha…

Baltasar levantó una mano.

—Ahora no.

Mi hija vino como invitada de mi grupo.

No como acompañante tuya.

Esteban dio un paso atrás.

Nunca había sabido toda la verdad.

Renata había renunciado voluntariamente a cualquier protagonismo cuando se casó con él.

Incluso había pedido a su familia que no utilizara su apellido para favorecerla.

Quería construir una vida basada en el amor.

No en el poder.

Aquella decisión acababa de volverse irreversible.


La cena apenas comenzaba cuando Baltasar pidió la palabra.

No levantó la voz.

No necesitó hacerlo.

—Durante meses hemos evaluado posibles alianzas estratégicas.

Una de las empresas interesadas fue Luján Desarrollos.

Esteban respiró aliviado.

Pensó que todavía existía una oportunidad.

Baltasar abrió una carpeta negra.

—Sin embargo, antes de tomar cualquier decisión, investigamos no solo los estados financieros, sino también la conducta de quienes pretenden convertirse en nuestros socios.

Sobre la pantalla apareció una fotografía.

Era Abril entrando a la casa de Esteban usando los pendientes que pertenecían a Renata.

Después aparecieron mensajes.

Transferencias.

Facturas.

Los pendientes habían sido comprados con fondos de la empresa y registrados falsamente como “obsequio corporativo para clientes”.

El director financiero de Grupo Zárate cerró la carpeta.

—Eso constituye un uso indebido de recursos empresariales.

Esteban intentó intervenir.

—Puedo explicarlo.

Baltasar negó lentamente.

—Todavía no terminamos.

La siguiente imagen mostró fotografías tomadas esa misma tarde.

Renata permanecía de pie en la entrada de su casa.

Esteban subía a la camioneta con Abril.

El audio comenzó a escucharse por todo el salón.

“No puedo aparecer con alguien que parece no entender el nivel del evento.”

“Solo me harías pasar vergüenza.”

El silencio fue absoluto.

Los inversionistas se miraron unos a otros.

Algunos comenzaron a levantarse discretamente de sus mesas.

Baltasar cerró la carpeta.

—Si un hombre humilla públicamente a la persona que prometió proteger, también puede humillar a sus socios cuando le resulte conveniente.

Grupo Zárate no hace negocios con personas cuya palabra cambia según quién las esté mirando.

Un aplauso aislado rompió el silencio.

Después otro.

Y otro más.

No celebraban la caída de Esteban.

Celebraban que alguien hubiera puesto fin a una mentira.


Abril dio un paso hacia Renata.

—Yo no sabía…

Renata la interrumpió con tranquilidad.

—Sabías que era un hombre casado.

Eso era suficiente.

Esteban intentó acercarse una última vez.

—Renata, por favor.

Cometí un error.

Ella lo miró con una serenidad que él nunca había conocido.

—No.

Cometiste una elección.

Y la repetiste cada vez que decidiste avergonzarte de mí para impresionar a otros.

Baltasar tomó a su hija del brazo.

—Es hora de irnos.

Antes de abandonar el salón, se volvió hacia los asistentes.

—Mañana recibirán una notificación oficial.

Grupo Zárate retira definitivamente toda negociación con Luján Desarrollos.

Además, iniciaremos acciones por el uso de bienes corporativos para gastos personales detectados durante nuestra auditoría de debida diligencia.

El rostro de Esteban quedó completamente inmóvil.

Aquella carpeta no solo contenía la prueba de una humillación.

También incluía meses de investigaciones financieras que él jamás imaginó.

Mientras Renata salía del castillo junto a su padre, comprendió que el vestido que su esposo había considerado motivo de vergüenza había terminado siendo el mismo con el que recuperó su apellido, su dignidad y su libertad.

Y Esteban entendió demasiado tarde que el problema nunca había sido la ropa que llevaba su esposa.

Sino no haber sabido quién era la mujer a la que decidió perder.

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