Parte 2: EL CONEJO AZUL QUE DESENMASCARÓ AL TRAIDOR ENTRE DOCE FAMILIAS

Nadie respondió.

El silencio era tan pesado que podía escucharse la lluvia golpeando los ventanales de Villa Moretti.

Alessandro seguía sosteniendo el conejo azul entre las manos.

Su pulgar recorrió lentamente el pequeño símbolo negro cosido bajo la oreja.

No era un simple bordado.

Era un emblema.

Uno que solo conocían los hombres que habían servido a la familia Moretti veinte años atrás.

Levantó la vista.

—¿Quién le dio este juguete?

Me aclaré la garganta.

—Lo encontré hace dos años.

En un hospital de Brescia.

Emma estaba muy enferma y una enfermera dijo que alguien había dejado el conejo olvidado en la sala de pediatría. Nunca apareció su dueño.

Alessandro permaneció inmóvil.

Después preguntó algo inesperado.

—¿Hace exactamente dos años?

Asentí.

—Sí.

Su expresión se endureció.

—Lorenzo.

Trae el archivo treinta y siete.

El jefe de seguridad salió sin decir una palabra.


Vivian intentó acercarse.

—Alessandro, todo esto es absurdo. Es solo un juguete.

Él ni siquiera la miró.

—Da un paso más y abandonarás esta villa esposada.

Vivian quedó paralizada.

Nadie se atrevió a intervenir.

Las doce familias observaban en absoluto silencio.

Sabían que, cuando Alessandro hablaba con ese tono, alguien estaba a punto de desaparecer para siempre.


Diez minutos después, Lorenzo regresó con una caja metálica.

Dentro había fotografías antiguas.

Pasaportes.

Documentos.

Y otro conejo exactamente igual.

Solo que viejo y descolorido.

Alessandro colocó ambos sobre la mesa.

Los símbolos coincidían perfectamente.

Don Ricci dejó escapar un suspiro.

—Pensé que todos habían sido destruidos.

Alessandro negó lentamente.

—Mandé fabricar únicamente dos.

Uno para mi hermano menor.

Y otro para…

Su voz se apagó unos segundos.

—…la hija del hombre que murió intentando salvarlo.

Todos permanecieron inmóviles.


Sentí que Emma apretaba mi mano.

—Mami…

¿Hice algo malo?

La abracé con fuerza.

—No, mi amor.

No hiciste nada.

Alessandro volvió a mirarme.

—¿Cómo se llamaba tu esposo?

—Daniel Bennett.

Su respiración cambió.

—¿Trabajó alguna vez en los puertos de Génova?

Lo observé sorprendida.

—Sí.

Era supervisor de carga.

Murió en un incendio.

Lorenzo cerró los ojos.

—No fue un incendio.

Toda la sala giró hacia él.


Lorenzo colocó un expediente sobre la mesa.

—Daniel Bennett era un informante protegido.

Hace dos años descubrió que alguien estaba filtrando nuestras rutas a organizaciones rivales.

Antes de declarar…

Desapareció.

Sentí que las piernas dejaban de responderme.

Durante dos años había creído que mi esposo murió en un accidente.

Alessandro abrió lentamente otra carpeta.

Dentro había fotografías de Daniel hablando con agentes de seguridad de los Moretti.

No era un enemigo.

Era un aliado.


—¿Y el conejo? —preguntó Don Ricci.

Alessandro sostuvo el juguete con cuidado.

—Era nuestra contraseña.

Solo los hombres completamente leales conocían este símbolo.

Si apareció junto a la hija de Daniel…

Significa que alguien intentó protegerla antes de desaparecer.

Vivian comenzó a retroceder.

Muy despacio.

Demasiado despacio.

Alessandro lo advirtió enseguida.

—Cierra la puerta.

Dos guardias bloquearon la salida.


Lorenzo entregó entonces otro documento.

—Mientras revisábamos los archivos antiguos encontramos algo más.

Una transferencia bancaria realizada el mismo día de la muerte de Daniel.

El destinatario era una empresa pantalla.

El firmante…

Vivian Romano.

Toda la sala quedó helada.

Vivian negó desesperadamente.

—¡Eso es imposible!

—Nunca administré esa cuenta.

Alessandro deslizó otra hoja.

Había una copia de su firma.

Y registros de llamadas.

Durante meses había mantenido contacto con un hombre conocido únicamente como Il Corvo.

El traidor que llevaba años vendiendo información de las doce familias.


Los guardias avanzaron.

Vivian comenzó a llorar.

—¡No fui yo!

¡Solo transportaba mensajes!

¡Nunca conocí su verdadero nombre!

Alessandro permanecía inmóvil.

—¿Quién era?

Vivian cerró los ojos.

—Si hablo…

Nos matará a todos.

Antes de que pudiera añadir una sola palabra más, uno de los escoltas cayó al suelo.

Un dardo negro sobresalía de su cuello.

Después otro cristal explotó.

Y otro.

Las luces de la villa se apagaron al mismo tiempo.

Los hombres armados desenfundaron sus pistolas.

Emma escondió el rostro contra mi pecho.

En la oscuridad solo se escuchó una voz procedente del jardín.

—Han tardado dos años en seguir el rastro del conejo…

Pero ya es demasiado tarde.

Cuando los generadores devolvieron la electricidad apenas unos segundos después, Vivian había desaparecido.

Sobre el suelo de mármol solo quedaba un sobre negro con el mismo símbolo cosido en el conejo de Emma.

Dentro había una única fotografía.

Mostraba a mi esposo Daniel.

Estaba vivo.

Y de pie junto al hombre al que todas las familias llevaban dos décadas buscando.

Il Corvo.

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