No salí de mi escondite.
Seguí grabando mientras Lorena retiraba lentamente el tacón de la rodilla de Julián. Mi hijo respiraba con dificultad, empapado en sudor, pero aun así levantó la cabeza.
—Jamás vas a quedarte con lo que construimos.
Lorena soltó una carcajada.
—¿Lo que construimos? Ni siquiera sabes cuánto queda ya a tu nombre.
Sentí un nudo en el estómago.
Ella dejó el plato de arroz sobre el piso y sacó una carpeta negra.
—Tu papá siempre creyó que eras el heredero perfecto. Tan trabajador… tan honorable… Qué decepción se va a llevar cuando encuentre tu cadáver.
Mi mano apretó con fuerza el teléfono.
Cada palabra estaba quedando registrada.
—La policía descubrirá todo —respondió Julián con la voz quebrada.
—¿Qué policía? El médico ya recibió su dinero. El certificado dirá que mezclaste calmantes con alcohol. Nadie hace demasiadas preguntas cuando un empresario aparece muerto después de una fiesta de Año Nuevo.
En ese instante bajó Víctor Mondragón.
Traía una copa en una mano y un pequeño maletín metálico en la otra.
—¿Todavía no firma?
—Sigue haciéndose el valiente.
Víctor dejó el maletín sobre una mesa oxidada.
Lo abrió.
Adentro había varias jeringas, un frasco transparente y un paquete de documentos.
—Pues terminemos esto antes de las doce y media.
Se inclinó frente a Julián.
—Firma el poder notarial. Mañana mismo venderemos las acciones, vaciaremos las cuentas y cuando despierten los invitados solo habrá una tragedia familiar.
Julián escupió sangre al suelo.

—Prefiero morir.
Víctor sonrió sin perder la calma.
—Eso también puede arreglarse.
Sacó una pluma y tomó la mano derecha de mi hijo para obligarlo a firmar.
Fue entonces cuando decidí intervenir.
No para pelear.
No a mi edad.
Salí despacio detrás del estante, sosteniendo el celular frente a ellos.
—No se molesten en repetirlo.
Los tres voltearon al mismo tiempo.
Lorena quedó completamente pálida.
—¿Suegro…?
Le mostré la pantalla.
La grabación seguía avanzando.
Se escuchaba con absoluta claridad la confesión sobre el médico, la falsa sobredosis y el robo de las empresas.
Víctor dio un paso hacia mí.
—Entrégame ese teléfono.
Sonreí por primera vez en toda la noche.
—Demasiado tarde.
Presioné un solo botón.
—Hace exactamente treinta segundos, este video se envió automáticamente a nueve personas… incluyendo a la Fiscalía, al consejo de administración de Rutas del Bajío y a todos los socios que ustedes pensaban engañar.
El silencio fue absoluto.
Pero entonces escuché el ruido de varias camionetas frenando frente a la casa.
Y comprendí que quienes acababan de llegar no eran invitados para celebrar el Año Nuevo.