Adrián no respondió de inmediato.
Miró a Valentina durante varios segundos, como si intentara encontrar una sola mentira en aquellos ojos de cinco años.
—¿Estás segura del reloj? —preguntó con calma.
La niña asintió.
—Era dorado. Muy grande. Tenía un rayón aquí.
Se señaló la parte izquierda del cristal.
Adrián sintió un escalofrío.
Ese rayón existía.
Había aparecido años atrás durante un accidente de cacería en Sonora. Nadie más conocía ese detalle.
Sin decir una palabra, salió de la habitación.
Los guardias esperaban órdenes.
—Que nadie toque a Mariana. Nadie entra ni sale de la casa.
Gael apareció pocos segundos después.
—¿Ya decidiste qué hacer con la empleada?
Adrián lo observó fijamente.
—Todavía no.
—Las pruebas son suficientes. Si esperas más, podría escapar.
—No irá a ninguna parte.
Gael sonrió apenas.
—Como quieras, hermano.

Aquella palabra sonó distinta.
Hermano.
Adrián llevaba más de veinte años escuchándola.
Esa noche decidió revisar personalmente las cámaras.
No las grabaciones que Gael había entregado.
Las originales.
El encargado de seguridad dudó unos segundos.
—Señor… el sistema del despacho tiene un vacío de treinta y siete minutos.
—¿Quién autorizó borrar ese tiempo?
El hombre tragó saliva.
—El señor Gael. Dijo que las imágenes estaban dañadas.
Adrián no contestó.
Pidió acceso al servidor de respaldo que nadie utilizaba desde hacía meses.
Después de varios minutos apareció una secuencia olvidada.
La librería del despacho comenzó a abrirse lentamente.
De ella salió Gael.
Llevaba un pequeño maletín negro.
Miró hacia ambos lados.
Sacó un frasco transparente y lo vació dentro del inhalador azul que permanecía sobre el escritorio.
Después volvió a guardar todo detrás de la estantería.
La hora marcaba las dos y diecisiete de la madrugada.
Exactamente cuando Adrián dormía tras una reunión.
No había ninguna imagen de Mariana entrando al despacho.
El video presentado por Gael era falso.
Había sido editado.
Adrián sintió que el pecho le ardía.
No por la traición.
Sino porque durante horas había permitido que encerraran a una mujer inocente y separaran a una madre de su hija.
Ordenó abrir inmediatamente la habitación donde retenían a Mariana.
Ella seguía abrazando la mochila rosa de Valentina.
Al verlo entrar, dio un paso atrás.
—Yo no hice nada… se lo juro.
Adrián bajó la mirada.
—Lo sé.
Mariana rompió a llorar.
Pero antes de que pudiera abrazar a su hija, todas las luces de la mansión se apagaron al mismo tiempo.
Las pantallas de seguridad quedaron negras.
Y desde el jardín comenzaron a escucharse disparos.
Uno de los escoltas entró corriendo, cubierto de sangre.
—¡Señor Montenegro… abrieron la puerta principal desde adentro!
Adrián comprendió que Gael no solo había intentado asesinarlo.
También acababa de traer al verdadero enemigo hasta el corazón de su casa.