Mariana no durmió aquella noche.
Después de acostar a Renata, abrió la alacena.
Había harina suficiente para un bizcocho pequeño, pero no mantequilla, ni vainilla, ni chocolate.
La niña apareció descalza en la cocina.
—¿Mañana haremos el pastel?
Mariana sonrió.
—Sí, mi amor.
No sabía cómo.
Pero ya había prometido.
A las cuatro de la tarde siguiente llegó al restaurante Cárdenas con Renata de la mano.
La cocina era tres veces más grande que todo su departamento.
Alejandro ya la esperaba junto al chef ejecutivo.
—Tiene dos horas —dijo—. Cocine lo que quiera.
Mariana respiró hondo.
No pidió recetas.
No buscó internet.
Solo recordó las tardes en que horneaba con su abuela en un pequeño horno de leña de Tepatitlán.
Mezcló mantequilla, ralladura de naranja, miel y vainilla.
Preparó un bizcocho ligero, una crema de queso con limón y decoró el pastel con flores hechas a mano utilizando únicamente manga pastelera.
Renata observaba fascinada desde una esquina.
—Mami, parece un jardín.
Cuando terminó, los empleados comenzaron a probar los postres en silencio.
El chef dejó lentamente el tenedor.
—¿Quién le enseñó a hacer esto?
—Mi abuela.
Alejandro tomó otro bocado.
Después otro.
Finalmente levantó la vista.
—¿Cuánto ganaba en su último trabajo?

—Limpiando oficinas… ocho mil pesos al mes.
Alejandro negó con la cabeza.
—Desde hoy quiero que sea la responsable de toda la repostería artesanal del grupo.
Mariana creyó haber escuchado mal.
—No tengo estudios de gastronomía.
—Tiene talento. Lo demás se aprende.
Le extendió un contrato.
Sueldo inicial: treinta y cinco mil pesos mensuales.
Prestaciones completas.
Horario compatible con la escuela de Renata.
Y un seguro médico para ambas.
Mariana sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Las lágrimas comenzaron a caer sin poder detenerlas.
Renata la abrazó con fuerza.
—¿Ya no estamos tristes?
Mariana besó su frente.
—No, mi amor.
Aquella misma noche regresaron a la pastelería donde había cancelado el pastel.
La misma empleada las reconoció al instante.
Antes de que Mariana hablara, Alejandro colocó una tarjeta sobre el mostrador.
—Quiero comprar ese pastel.
La joven sonrió.
—Claro, señor.
Pero Alejandro negó con la cabeza.
—No para llevarlo.
Quiero comprar todos los pasteles que no hayan podido recoger hoy.
La empleada abrió los ojos, sorprendida.
—¿Todos?
—Todos.
Y repártanlos esta noche entre los niños de los hospitales infantiles y los albergues de Guadalajara.
El silencio llenó la tienda.
Mariana comprendió entonces que Alejandro no había decidido ayudarla únicamente por compasión.
Llevaba seis años haciendo exactamente lo mismo cada cumpleaños de su esposa.
Sin embargo, mientras todos sonreían, un hombre observaba la escena desde el otro lado de la avenida.
Tomó varias fotografías de Mariana, de Renata y de Alejandro.
Luego marcó un número.
—Señor… encontré por fin a la mujer que estaba buscando.
La voz al otro lado respondió de inmediato.
—No la pierdas de vista.
Porque esa pastelera tiene algo que me pertenece desde hace más de cinco años.