PARTE 2: LA MEMORIA QUE LO CAMBIÓ TODO.

Daniela no respondió al mensaje.

Miró el frasco ámbar.

Luego a Emiliano.

Y finalmente a Lupita.

—Necesito ver esa tarjeta.

Lupita introdujo la memoria en una vieja computadora del despacho.

Solo había un archivo de video.

La grabación comenzaba la noche anterior.

La cámara estaba escondida dentro de la camioneta de Rodrigo.

Se veía a Teresa subir primero.

Un minuto después apareció Rodrigo.

—¿Trajiste las cápsulas? —preguntó ella.

—Sí. El químico dice que catorce dosis bastan. Parecerá un fallo cardíaco por estrés.

Daniela sintió que el aire desaparecía.

Rodrigo siguió hablando con absoluta tranquilidad.

—Cuando el médico confirme la muerte, el notario ya tendrá listo el cambio de administración. La casa pasa a mi nombre y las acciones quedan bajo mi control como tutor de Emiliano.

Teresa sonrió.

—¿Y el niño?

—No te preocupes. Sigue creyendo que si habla, su mamá muere. Después lo internaremos en un colegio lejos de Ciudad de México. Nadie volverá a verlo.

La grabación terminó.

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

Daniela abrazó a Emiliano con tanta fuerza que el niño rompió a llorar.

—Perdóname, mamá…

—No tienes que pedirme perdón.

Le besó la frente.

—El único culpable es quien te hizo vivir con miedo.

En ese momento volvió a vibrar el teléfono.

Rodrigo insistía.

“¿Ya tomaste la cápsula? Necesito ver el video.”

Daniela levantó la mirada.

—Lo tendrá.

Pidió a Lupita que grabara un video corto.

Frente a la cámara fingió tragar una cápsula, pero en realidad escondió el medicamento debajo de la lengua y, al terminar la grabación, lo dejó caer dentro de una maceta.

Minutos después recibió la respuesta de Rodrigo.

“Perfecto. Sigue tomando una cada noche. Te amo.”

Daniela sintió náuseas.

Un hombre capaz de escribir aquellas dos palabras después de planear su muerte era un desconocido.

Sin perder tiempo llamó a su abogado de confianza.

También al laboratorio que analizaba los productos farmacéuticos de la cadena de ferreterías.

Dos horas más tarde llegó el primer resultado.

Las cápsulas no contenían vitaminas.

Estaban mezcladas con un potente sedante y una sustancia que, administrada durante varios días, podía provocar un paro cardíaco difícil de detectar.

El abogado apenas terminó de leer el informe cuando sonó el timbre de la residencia.

Un hombre trajeado mostró una credencial.

—Buenas tardes. Soy el licenciado Murillo.

Detrás de él había otro hombre con un portafolios.

—Venimos de parte del señor Rodrigo Vélez para revisar unos documentos patrimoniales que deben firmarse con urgencia.

Daniela comprendió que Emiliano tenía razón.

Rodrigo jamás había salido realmente de vacaciones.

Ya estaba ejecutando el plan.

Pero mientras los dos hombres esperaban en la entrada, varias patrullas comenzaron a detenerse frente a la residencia.

Y quien descendió del primer vehículo no era un notario dispuesto a firmar una herencia.

Era la Fiscalía, con una orden judicial que Rodrigo jamás imaginó que lo estaría esperando antes de regresar a casa.

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