Guillermo no pudo concentrarse durante toda la reunión.
Mientras los directores presentaban cifras y proyectos, él solo veía aquella pequeña tortuga de plata.
Veinticinco años antes había comprado dos colgantes iguales.
Uno para Teresa.
El otro para la hija que esperaban.
Pero aquella niña desapareció antes de cumplir un año.
Después de un incendio en una carretera rumbo a Puerto Vallarta, el automóvil fue encontrado calcinado.
La policía concluyó que Teresa y la bebé habían muerto.
Nunca aparecieron los cuerpos.
Durante más de dos décadas, Guillermo contrató investigadores privados, revisó hospitales, albergues y registros civiles.
Nunca encontró una sola respuesta.
Al terminar la junta, ordenó llamar discretamente a Recursos Humanos.
—Quiero el expediente de la empleada de limpieza llamada Valeria Morales.
La directora de personal llegó veinte minutos después con una carpeta.
—Veinticuatro años. Nació en Guadalajara. Madre registrada: Teresa Morales.
Guillermo sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.
—¿Y el padre?
—No aparece en el acta de nacimiento.
Pidió inmediatamente la dirección de Teresa.
Pero la respuesta lo dejó inmóvil.
—Está internada desde hace ocho meses en el Hospital General. Insuficiencia renal avanzada.
Aquella misma tarde fue al hospital.
Encontró a Teresa mucho más delgada, con el cabello completamente blanco.
Ella abrió lentamente los ojos.
Al verlo, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Sabía… que algún día me encontrarías.
Guillermo tomó su mano.
—¿Por qué desapareciste?
Teresa cerró los ojos unos segundos.
—No desaparecí por voluntad propia.
Le contó que el incendio había sido provocado.
Después del accidente, varios hombres armados se llevaron a la bebé.

A ella la dieron por muerta y permaneció semanas hospitalizada con otro nombre.
Cuando logró recuperarse, Guillermo ya había abandonado el país siguiendo pistas falsas.
Nunca consiguió encontrarlo.
—Solo pude recuperar a Valeria cuando tenía tres años.
Guillermo sintió que el mundo se desmoronaba.
—¿Quién hizo todo eso?
Teresa respiró con dificultad.
—La persona que más confiabas…
Antes de pronunciar el nombre, comenzó a toser violentamente.
Los médicos entraron de inmediato.
Guillermo salió del cuarto con el corazón acelerado.
En ese momento sonó su teléfono.
Era el jefe de seguridad del corporativo.
—Señor, encontramos algo extraño en el expediente laboral de Valeria.
—¿Qué ocurrió?
—Alguien modificó sus registros hace ocho meses para que entrara como personal de limpieza, aunque tiene la carrera de Derecho prácticamente terminada.
—¿Quién autorizó ese cambio?
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
—La firma pertenece a la licenciada Verónica Robles.
Guillermo apretó el teléfono.
Comprendió que Verónica no había humillado a Valeria por casualidad.
La había mantenido deliberadamente en el puesto más bajo de toda la empresa.
Y cuando el departamento de auditoría revisó quién había recomendado personalmente a Verónica para ese cargo hacía veinte años, apareció un nombre que Guillermo jamás imaginó volver a leer.
Su propio hermano.