PARTE 2: LA MUJER QUE TODOS CREÍAN MUERTA APARECIÓ EN LA PUERTA.

Mariana no durmió un solo minuto.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de Alejandro.

“No voy a llevar a los niños a pescar.”

“Voy a llevar a Emiliano y Sebastián con Rebeca.”

Durante siete años había llorado frente a una tumba sin cuerpo.

Ahora entendía por qué jamás encontró una respuesta.

Porque nunca hubo un accidente.

A las seis de la mañana llamó al número del agente que había llevado la investigación.

—Soy Mariana Ortega. Necesito reabrir el caso de la desaparición de Alejandro Serrano y mis hijos.

El hombre guardó silencio.

—Señora… ese expediente fue archivado hace años.

—Tengo una prueba de que todo fue planeado.

Una hora después, dos agentes estaban viendo el video una y otra vez.

—¿Puede verificar si fue editado? —preguntó Mariana.

El perito negó con la cabeza.

—No. La fecha de creación coincide con la noche anterior a la desaparición.

El comandante respiró profundamente.

—Entonces esto ya no es una desaparición accidental.

Es un posible secuestro parental y una simulación para engañar a las autoridades.

Mientras tanto, Lucía permanecía abrazada a la mochila escolar.

—Mamá…

—¿Sí?

—¿Mis hermanos siguen vivos?

Mariana sintió un nudo en la garganta.

—No lo sé, mi amor… pero voy a encontrarlos.

Esa misma tarde decidieron revisar todas las cajas que Alejandro había dejado en el garaje.

Entre facturas viejas apareció una carpeta gris.

Dentro había recibos bancarios.

Transferencias mensuales.

Siempre el mismo monto.

Siempre enviadas a una mujer llamada Rebeca Salas.

Las fechas no dejaban lugar a dudas.

Los depósitos continuaron incluso después de la supuesta muerte de Alejandro.

—¿Cómo es posible…? —susurró Mariana.

El comandante tomó una fotografía de los documentos.

—Alguien siguió usando sus cuentas durante varios años.

Eso significa que hubo personas ayudándolo.

Mariana pensó inmediatamente en Gabriel.

Su cuñado había insistido desde el primer día en cerrar la búsqueda.

Había vendido la lancha apenas tres meses después de la desaparición.

Y había convencido a toda la familia de aceptar la tragedia.

Por primera vez, empezó a preguntarse si realmente había estado llorando junto a un hombre inocente.

Antes de que pudiera ordenar todas esas ideas, sonó el timbre de la casa.

Lucía abrió apenas la cortina.

—Mamá… hay una señora afuera.

Mariana se acercó lentamente.

Del otro lado del portón había una mujer de unos cuarenta años, delgada, con el cabello recogido y el rostro marcado por el cansancio.

En cuanto sus miradas se cruzaron, la desconocida comenzó a llorar.

—¿Mariana?

Ella abrió el portón con desconfianza.

—¿Quién es usted?

La mujer respiró hondo.

—Mi nombre es Rebeca.

El corazón de Mariana dejó de latir por un instante.

—Soy la madre biológica de Emiliano y Sebastián.

Lucía retrocedió dos pasos.

Mariana sintió que las piernas le fallaban.

—Eso es imposible…

Rebeca sacó lentamente una fotografía desgastada.

En ella aparecían dos adolescentes idénticos, mucho más altos, sonriendo frente a una escuela.

Los reconoció al instante.

Eran Emiliano y Sebastián.

Siete años mayores.

Vivos.

Pero lo que terminó de destruir el mundo de Mariana no fue la fotografía.

Fue la primera frase que pronunció Rebeca mientras rompía a llorar.

—No vine a pedir perdón…

—Vine porque Alejandro murió hace tres semanas… y antes de morir me confesó quién fue la persona que realmente organizó la desaparición de los niños.

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