A la mañana siguiente, Verónica llegó exactamente a las ocho.
La misma maleta rosa seguía en su mano.
Jesús abrió la oficina y sonrió.
—Buenos días.
Ella respondió con un leve movimiento de cabeza.
Antes de sentarse, abrió la maleta.
Jesús pensó que sacaría una computadora.
Pero apareció una taza, una calculadora, varias carpetas perfectamente etiquetadas, una impresora portátil y un organizador de documentos.
En menos de media hora, la oficina dejó de parecer un almacén abandonado.
Toño entró limpiándose las manos con un trapo.
Miró alrededor y silbó.
—Patrón… ¿seguro que contrató una recepcionista y no un milagro?
Jesús soltó una risa.
—Empiezo a creer que lo segundo.
Durante las siguientes semanas ocurrió algo que nadie esperaba.
Las cuentas atrasadas comenzaron a pagarse.
Los proveedores dejaron de llamar para reclamar.
Las facturas aparecían ordenadas.
Los clientes regresaban porque, por primera vez en años, alguien contestaba el teléfono antes del tercer timbrazo.
Un viernes por la tarde, Jesús revisó los ingresos del mes.
—No puede ser…
Toño se acercó.
—¿Qué pasó?
—Ganamos un treinta y ocho por ciento más que el mes pasado.
Los dos miraron al mismo tiempo hacia la oficina.
Verónica seguía trabajando en silencio.
Como si aquello no tuviera ninguna importancia.
Sin embargo, había algo que Jesús no lograba entender.
Todos los días, exactamente a las doce y cuarto, Verónica cerraba una carpeta, tomaba la maleta rosa y salía del taller.
Regresaba cuarenta y cinco minutos después.
Nunca un minuto antes.
Nunca uno después.

Jamás explicaba adónde iba.
Y Jesús nunca preguntaba.
Había dado su palabra.
Hasta que una tarde ocurrió algo inesperado.
Un cliente llegó desesperado.
—¡Necesito sacar mi camioneta hoy mismo! Mi hijo tuvo un accidente y debo viajar ahora.
Jesús buscó a Verónica para revisar unos documentos.
Pero ella acababa de salir.
Intentó llamarla.
No respondió.
Veinte minutos después la vio cruzar la calle.
No venía sola.
Llevaba de la mano a una niña de unos seis años.
La pequeña sonreía mientras sostenía un helado.
Al ver a Jesús, Verónica se quedó inmóvil.
Su rostro perdió el color.
—Yo…
Antes de que pudiera explicar nada, la niña abrazó su pierna.
—¿Mami, ya terminaste de trabajar?
El silencio se hizo absoluto.
Jesús recordó que, durante la entrevista, ella nunca mencionó tener hijos.
Tampoco llevaba anillo.
Ni hablaba de su familia.
Verónica respiró profundamente.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Porque oculté algo importante.
Bajó la mirada.
—Cada día salgo para llevarle la comida a mi hija en la escuela y pasar unos minutos con ella.
Jesús sonrió con tranquilidad.
—¿Eso era todo?
Ella levantó la vista, sorprendida.
—Pensé que iba a despedirme.
—¿Por ser madre?
Negó lentamente con la cabeza.
—Lo único que me habría molestado es que dejaras de confiar en mí.
Los ojos de Verónica comenzaron a llenarse de lágrimas.
Pero en ese instante una camioneta negra frenó bruscamente frente al taller.
Tres hombres descendieron sin decir una palabra.
El primero llevaba una carpeta en la mano.
Miró directamente a Verónica.
—Señora Verónica Salgado.
Ella abrazó instintivamente a su hija.
—¿Quiénes son ustedes?
El hombre abrió la carpeta.
—Venimos de parte del señor Arturo Salgado.
Jesús notó cómo el rostro de Verónica se descomponía por completo.
—Díganle que ya no tiene nada mío.
El desconocido negó lentamente.
—Nos envía por la niña.
—Dice que, después de cinco años de estar escondidas… por fin llegó el momento de llevársela.