PARTE 2: LA MUJER QUE LLAMABA “ABUELA” CAMBIÓ EL DESTINO DE TODOS.

El silencio en la mansión era tan pesado que apenas podía respirar.

Alejandro no apartaba los ojos de mí.

Su mandíbula estaba tensa.

—¿Quién la dejó entrar? —preguntó con una frialdad que hizo callar hasta a los empleados.

La anciana levantó la voz antes de que yo pudiera responder.

—Yo la invité.

Alejandro giró hacia ella.

—Abuela…

—La muchacha me ayudó cuando casi me desmayo en la farmacia. Si no fuera por ella, probablemente estaría en el hospital.

Él volvió a mirarme.

Había desconfianza.

Y algo más.

Miedo.

Pensaba que lo había buscado deliberadamente.

Me puse de pie.

—No sabía que era su casa.

Saqué mi bolso.

—Ya me iba.

—Espera.

Fue la primera vez que Alejandro me habló sin dureza.

—¿Cómo encontraste a mi abuela?

Le conté exactamente lo ocurrido.

La farmacia.

Los medicamentos.

El mareo.

El trayecto hasta la casa.

No omití un solo detalle.

Cuando terminé, Inés tomó mi mano.

—Alejandro, esta joven tiene buenos sentimientos.

Él no respondió.

Solo llamó a uno de sus hombres.

—Revisa las cámaras de la farmacia.

Quince minutos después regresó con una tableta.

Las imágenes mostraban exactamente lo que yo había contado.

Inés casi cayendo al suelo.

Yo sosteniéndola.

Comprándole una botella de agua.

Negándome incluso a aceptar dinero por ayudarla.

Alejandro cerró la tableta.

Por primera vez desde que nos conocimos, su expresión cambió.

—Perdón.

Aquella palabra me sorprendió más que cualquier otra cosa.

—No era necesario.

—Sí lo era.

Hizo una pausa.

—He aprendido a desconfiar de todos.

Inés sonrió.

—Precisamente por eso estás tan solo.

El teléfono de Alejandro sonó.

Contestó.

Su rostro volvió a endurecerse.

—¿Qué pasó?

Del otro lado hablaron durante varios segundos.

—Entendido.

Colgó lentamente.

—¿Ocurre algo? —preguntó su abuela.

—Alguien filtró información confidencial de la empresa.

Mi corazón dio un vuelco.

Aquella mañana precisamente Recursos Humanos había interrogado a varios empleados del departamento de cumplimiento.

Entre ellos, a mí.

Antes de que pudiera decir una palabra, entró corriendo Renata Vélez.

—¡Señor Montemayor!

Fingía estar agitada.

—Encontramos a la responsable.

Me señaló directamente.

—Fue Valeria.

La sala quedó en silencio.

Alejandro me observó sin decir nada.

Renata dejó una carpeta sobre la mesa.

—Copió archivos sensibles y descargó información financiera desde su computadora.

Abrí la carpeta.

Las supuestas pruebas parecían perfectas.

Registros de acceso.

Correos electrónicos.

Reportes descargados.

Todo llevaba mi nombre.

Renata cruzó los brazos.

—Le dije desde el principio que una camarista jamás podría llegar aquí por mérito propio.

Sentí que el estómago se cerraba.

Aquella mujer llevaba semanas intentando destruirme.

Alejandro tomó la carpeta.

La revisó durante casi un minuto.

Después levantó lentamente la vista.

Todos esperaban que ordenara mi despido.

Pero hizo exactamente lo contrario.

Cerró la carpeta.

La empujó de regreso hacia Renata.

Y pronunció una sola frase.

—Estas pruebas son falsas.

Renata palideció.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

Alejandro la miró fijamente.

—Porque el sistema registra quién descarga los archivos.

Hizo una pausa.

—Pero también registra quién los sube.

El silencio fue absoluto.

Entonces dejó sobre la mesa una impresión con el historial completo del servidor.

El último usuario que había manipulado aquellos documentos no era Valeria.

Era la propia Renata Vélez.

Y lo peor aún estaba por descubrir.

Porque, mientras todos miraban aquellas pruebas, la doctora Mariana intentaba localizar desesperadamente a Alejandro para decirle que el análisis de la tableta que me hizo tomar siete semanas antes… acababa de revelar que nunca había sido un anticonceptivo.

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