Parte 2: LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ A SUS MANOS

Me quedé mirándolo sin entender.

—¿Qué acabas de decir?

Adrián respiró despacio.

—Lucía…

—Yo nunca te rechacé.

Sentí una risa nerviosa escapar de mis labios.

—¿Ahora también vas a decirme que imaginé todo?

Él negó lentamente.

—No.

—Lo que imaginaste fue el motivo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Tú dijiste delante de todos…

—”…No me gustas.”

Asintió.

—Sí.

—Lo dije.

Las palabras volvieron a doler igual que cinco años atrás.

—Entonces deja de jugar conmigo.

Adrián caminó hasta la mesa de noche.

Abrió su cartera.

Sacó un papel doblado muchas veces.

Lo colocó frente a mí.

Lo reconocí de inmediato.

Era mi carta.

La misma que yo creía haber roto en el patio de la escuela.

Mis manos empezaron a temblar.

—¿Cómo…?

Él sonrió con tristeza.

—Nunca la rompiste.

Fruncí el ceño.

—Sí lo hice.

—No.

Tomó aire.

—Rompiste una hoja en blanco.

Recordé aquella tarde.

Mis amigas.

Los gritos.

Las risas.

Yo ni siquiera había comprobado qué papel tenía entre las manos.

—Mi amigo Daniel la cambió cuando te vio acercarte.

—Pensó que así te protegería si yo decía que no.

Sentí un vacío en el estómago.

Adrián continuó.

—Después de que te fuiste…

Abrió cuidadosamente la carta.

—La leí.

Bajé la vista.

Seguía siendo mi letra.

Cada palabra.

Cada confesión.

Cada ilusión de aquella adolescente.

—Entonces…

Mi voz apenas salió.

—¿Por qué dijiste que no?

Adrián guardó silencio unos segundos.

—Porque ese mismo día mi padre fue detenido.

Lo miré sorprendida.

Nunca había escuchado aquello.

—La policía llegó al colegio antes de la salida.

—Toda la prensa estaba esperando fuera.

Cerró los ojos un instante.

—Mi familia estaba siendo investigada por fraude financiero.

Sentí que el aire desaparecía.

—Al día siguiente íbamos a abandonar la ciudad.

—Sabía que mi vida iba a convertirse en un desastre.

Sonrió con amargura.

—Y no quería arrastrarte conmigo.

Las piezas empezaron a encajar.

Su cambio repentino.

Su desaparición.

El silencio absoluto durante meses.

—Pero…

Levanté la vista.

—Me pediste que no volviera a hacer algo así.

Adrián soltó una pequeña risa.

—Nunca dije eso.

Fruncí el ceño.

—Claro que sí.

Él negó lentamente.

—Dije…

Respiró hondo.

—”No vuelvas a declararte delante de tanta gente.”

Mi mente quedó completamente en blanco.

—¿Qué?

—Quería hablar contigo después.

—Explicártelo todo.

Se pasó una mano por el cabello.

—Pero cuando terminé de atender a la policía…

Su voz se quebró por primera vez.

—Ya te habías ido.

Recordé aquella tarde.

Había salido corriendo del colegio sin mirar atrás.

Había bloqueado su número esa misma noche.

Había cambiado de instituto pocas semanas después.

Nunca le di oportunidad de buscarme.

Adrián abrió un cajón de la mesa.

Sacó un teléfono antiguo.

—Durante los primeros seis meses te escribí ciento doce mensajes.

Me mostró la pantalla.

Todos aparecían con el mismo estado.

No entregado.

—Después intenté hablar con tus padres.

—Me dijeron que no querías volver a verme.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—Mi madre…

Susurré.

—Ella creyó que estabas jugando conmigo.

Adrián asintió.

—Y mi familia estaba demasiado ocupada intentando sobrevivir para explicar nada.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Cinco años.

Cinco años odiando a la persona equivocada.

Cinco años creyendo una historia que nunca había ocurrido como yo recordaba.

Me senté en el borde de la cama.

—¿Y anoche?

Él sonrió apenas.

—Anoche casi te lo conté en el restaurante.

—Pero me dijiste que yo había sido el peor error de tu adolescencia.

Me cubrí el rostro con las manos.

—Lo siento.

Adrián se acercó despacio.

No intentó abrazarme.

Solo se sentó a mi lado.

—¿Sabes qué fue lo peor de estos cinco años?

Negué con la cabeza.

—No perderte.

Me miró directamente.

—Fue descubrir que los dos habíamos sufrido exactamente por la misma mentira.

Saqué lentamente la carta de sus manos.

En la última página había algo que jamás había visto.

Al pie de mi firma aparecía otra letra.

La de Adrián.

“Cuando todo esto termine, si todavía quieres intentarlo… búscame.”

La fecha era la del día siguiente a mi confesión.

Cinco años atrás.

Apoyé la frente contra su hombro.

No lloraba por la noche anterior.

Ni por aquella vieja declaración.

Lloraba por todo el tiempo que dos personas perdieron creyendo una historia incompleta.

Adrián tomó mi mano con suavidad.

—No podemos recuperar cinco años.

Negó lentamente.

—Pero quizá todavía podamos dejar de vivir como si aquel malentendido siguiera ocurriendo.

Y comprendí que la peor mentira no había sido la de aquella confesión en la secundaria.

Había sido permitir que el silencio escribiera un final para una historia que ninguno de los dos había elegido.

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