El salón entero retrocedió al ver cómo el mármol se ennegrecía.
El anfitrión perdió por completo la compostura.
—¡Eso no demuestra nada! —gritó.
Valeria sostuvo la copa sin apartar la vista de él.
—Demuestra que intentabas asesinar a alguien delante de todos.
Los nobles comenzaron a murmurar.
Uno de los consejeros dio un paso al frente.
—Si el vino contiene veneno, nadie debería beberlo.
El anfitrión golpeó la mesa con el puño.
—¡Es una trampa preparada por esa ladrona!
Valeria sonrió con serenidad.
—Entonces no tendrás problema en beber de la misma botella.
El silencio cayó sobre el salón.
El hombre no respondió.
Aquella vacilación bastó para sembrar la duda.
Valeria dejó cuidadosamente la copa sobre la mesa principal.
—Hace veinte años ocurrió exactamente lo mismo durante el banquete de coronación.
Varios ancianos levantaron la cabeza.
Recordaban aquella noche.
Un importante general murió tras brindar con el anfitrión.
Los médicos aseguraron que había sufrido un infarto.
Nunca se investigó más.
Valeria sacó un pequeño pergamino oculto entre los pliegues de su vestido.
—Ésta es la carta que el boticario real escribió antes de desaparecer.
El consejero la tomó y comenzó a leer en voz alta.
El documento describía un veneno capaz de disolverse completamente en el vino y desaparecer del cuerpo pocas horas después.
Exactamente el mismo efecto que todos creían imposible.
El anfitrión dio un paso hacia la salida.
Dos guardias imperiales le bloquearon el camino.
—Nadie abandona el salón —ordenó el capitán.
El poderoso señor sonrió con desprecio.
—¿Van a detenerme por un pedazo de papel?
Valeria negó lentamente.
—No.
Sacó un pequeño frasco de cristal.
Dentro había unas gotas del mismo vino.
—Te detendrán por esto.
El boticario personal del rey recibió la muestra.
Tras unos minutos de análisis, levantó la vista con el rostro desencajado.
—Hay arsénico refinado mezclado con una sustancia vegetal muy rara.
Los invitados comenzaron a alejarse de la mesa principal.
El anfitrión comprendió que estaba perdiendo el control.
Entonces soltó una carcajada.
—Aunque descubran el veneno, jamás podrán demostrar para quién era.
Valeria lo miró fijamente.
—Sí puedo.
Se acercó al trono y levantó el mantel de terciopelo.
Debajo encontró una pequeña marca grabada en la madera.
Era un símbolo que solo aparecía en las copas destinadas al rey.
Todos quedaron inmóviles.
La copa que Valeria había tomado no era la suya.
Era la del monarca.
El anfitrión jamás pretendió castigar a una supuesta ladrona.
Había organizado el banquete para asesinar al rey delante de toda la nobleza y culpar a Valeria del crimen.
El capitán desenvainó su espada.
—¡Arresten al conde!
Los soldados avanzaron.
Pero el hombre lanzó la mesa al suelo y corrió hacia un pasadizo oculto tras el trono.
Valeria salió detrás de él.
La persecución terminó en una antigua bodega bajo el palacio.
Allí encontraron decenas de barriles idénticos.

Cada uno llevaba el sello oficial de la corona.
El boticario abrió uno al azar.
También estaba envenenado.
No era un único asesinato.
Era un plan para eliminar a toda la familia real durante el gran banquete del día siguiente.
El capitán ordenó asegurar la bodega.
Mientras los soldados revisaban el lugar, uno de ellos encontró un cofre escondido detrás de los barriles.
Dentro había listas de nombres, pagos secretos y cartas firmadas por varios nobles.
La conspiración era mucho más grande de lo que imaginaban.
Valeria creyó que todo había terminado.
Pero, al abrir el último compartimento del cofre, encontró un retrato antiguo.
En la pintura aparecía una niña de cinco años junto al conde.
La niña llevaba el mismo medallón que Valeria había usado desde su nacimiento.
Debajo del retrato había una frase escrita con la letra del conde:
“La heredera sobrevivió. Cuando regrese al palacio, terminaré lo que empecé hace veinticinco años.”