Camila abrió lentamente el bolso negro.
Nadie habló.
Las conversaciones de la gala organizada por la Fundación Montiel fueron apagándose una tras otra, hasta que solo quedó el sonido lejano de una copa al romperse.
Rodrigo sonrió con suficiencia.
—¿Qué piensas hacer? ¿Sacarte un pañuelo para llorar delante de todos?
Camila ni siquiera lo miró.
Extrajo una pequeña memoria USB plateada y una carpeta color vino.
Al otro extremo del salón, don Ernesto Montiel, fundador de Constructora Montiel, observó la escena con el ceño fruncido.
—¿Qué significa esto? —preguntó con voz firme.
Camila caminó hasta el escenario.
El maestro de ceremonias intentó detenerla.
—Señora, el programa…
—Solo necesito tres minutos.
Su seguridad hizo que incluso el personal de seguridad dudara.
Los doscientos invitados permanecieron inmóviles.
Empresarios, inversionistas, periodistas y representantes de varios bancos importantes observaban cada movimiento.
Rodrigo subió rápidamente tras ella.
—Bájate ahora mismo.
Camila levantó la memoria.
—Aquí está la auditoría completa de Constructora Montiel.
El rostro de Rodrigo perdió parte de su color.
—¿Qué estás diciendo?
—Durante cuatro años administré las finanzas de esta empresa. Cada peso que entró o salió pasó por mi escritorio.
Don Ernesto se incorporó lentamente.
—Continúa.
Camila respiró hondo.
—Hace cuatro años la empresa estaba técnicamente quebrada. Los bancos rechazaban nuevos créditos y varios proveedores preparaban demandas.
Los murmullos comenzaron.

Muchos invitados conocían aquellos rumores, pero nunca habían sabido toda la verdad.
—Para evitar la quiebra —continuó Camila— invertí treinta y ocho millones de pesos provenientes de mi patrimonio familiar.
El silencio fue absoluto.
Beatriz soltó una carcajada forzada.
—Eso es ridículo.
Camila abrió la carpeta.
—Aquí están los contratos notariales.
Entregó la primera copia directamente a don Ernesto.
Él comenzó a leer.
Su expresión cambió casi de inmediato.
Después apareció un segundo documento.
—Estos son los comprobantes de los préstamos sin intereses que otorgué durante los últimos cuatro años para cubrir nóminas, impuestos y pagos urgentes.
Los representantes de los bancos intercambiaron miradas.
Uno de ellos reconoció inmediatamente su firma en varios convenios.
Rodrigo intentó arrebatarle la carpeta.
—¡Basta!
Camila dio un paso atrás.
—Todavía no termino.
Sacó entonces otro grupo de documentos.
—Aquí aparecen los gastos personales pagados con cuentas corporativas.
En la enorme pantalla utilizada para la gala apareció el primer archivo.
Todos pudieron ver fechas.
Transferencias.
Facturas.
Boletos de avión a Madrid.
Reservaciones en hoteles de lujo.
Joyas.
Restaurantes exclusivos.
El nombre de Daniela Ferrer aparecía una y otra vez.
Daniela sintió que las piernas le temblaban.
—Eso… eso tiene una explicación…
Camila negó lentamente.
—También la tiene este collar de diamantes por tres millones doscientos mil pesos.
Las fotografías aparecieron inmediatamente.
Daniela llevaba exactamente aquel collar esa misma noche.
Los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras sin descanso.
Los flashes iluminaron el salón.
Rodrigo sintió cómo el sudor recorría su espalda.
—Todo eso son gastos de representación.
Uno de los consejeros levantó la voz.
—¿Representación en una suite presidencial durante cinco noches?
Otro invitado añadió:
—¿Y los vuelos privados también eran reuniones de trabajo?
Las risas nerviosas comenzaron a extenderse por el salón.
Don Ernesto seguía leyendo.
Cada página endurecía más su expresión.
Finalmente levantó la vista.
—Rodrigo…
Su hijo tragó saliva.
—Papá, ella está manipulando la información.
Don Ernesto alzó otro documento.
—Aquí dice que el retiro del capital de Camila ya fue ejecutado hace cuarenta minutos.
Rodrigo abrió los ojos.
—¿Qué?
Camila asintió con tranquilidad.
—A las siete con veinte se activó la cláusula de recuperación de inversión.
Uno de los directores financieros recibió una llamada en ese mismo instante.
Contestó.
Escuchó durante apenas unos segundos.
Después miró directamente a don Ernesto.
—Señor…
Todo el salón esperaba la respuesta.
—Las cuentas principales de la empresa acaban de quedar congeladas.
Rodrigo sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Entonces comprendió que el verdadero desastre apenas acababa de comenzar.
CONTINUARÁ…