Valeria leyó las primeras líneas una y otra vez.
La carta estaba escrita con la letra firme de su abuelo Aurelio.
“Si algún día Tomás Carrillo regresa por Morena, además de la yegua entréguenle las diez hectáreas del potrero El Mezquite. Se las ganó trabajando conmigo durante doce años. Es una deuda de honor.”
Sintió que el aire le faltaba.
Levantó la vista hacia su madre.
—¿Qué significa esto?
Beatriz dio un paso adelante para arrebatarle el sobre.
—No significa nada. Ese viejo ya no estaba en sus cabales cuando escribió eso.
Tomás negó con la cabeza.
—Lo escribió dos meses antes de morir. Yo estaba presente.
—¡Cállese! —gritó Beatriz—. Usted desapareció.
—No desaparecí. Su esposo me dijo que don Aurelio había cambiado de opinión y que, si volvía a acercarme al rancho, llamaría a la policía.
Valeria sintió un escalofrío.
Su padre había fallecido años atrás.
Nunca podría responder si aquello era cierto.
—¿Tiene alguna prueba más? —preguntó.
Tomás abrió lentamente la mochila.
Sacó una libreta de cuero gastada por el tiempo.
Era el antiguo registro de los caballos del rancho.
Cada nacimiento, enfermedad y venta aparecía anotado con la firma de don Aurelio.
Cuando llegaron a la página de Morena, había una nota escrita con tinta azul.
“Morena pertenece a Tomás cuando termine su servicio. Nadie podrá venderla.”
Valeria cerró los ojos.
Ella misma había firmado la venta de aquella yegua tres años antes.
Sin saberlo.
Beatriz empezó a perder la calma.
—Esas libretas pueden falsificarse.
—No hace falta discutirlo —respondió Valeria.

Tomó el teléfono y llamó al administrador.
—Quiero el archivo completo de todas las ventas de ganado de los últimos cinco años.
Media hora después, los documentos estaban sobre la mesa de la oficina.
La venta de Morena aparecía incluida en un lote de quince animales viejos.
Pero algo llamó la atención de Valeria.
La autorización llevaba una firma.
No era la suya.
Era una autorización previa firmada meses antes por Beatriz.
—Mamá… ¿por qué autorizaste vender a Morena antes de que yo revisara el inventario?
Beatriz guardó silencio.
El administrador, nervioso, habló por primera vez.
—La señora nos dijo que era una orden urgente. Que esos animales ya no servían.
Valeria sintió que el estómago se cerraba.
No solo habían incumplido la última voluntad de su abuelo.
Habían vendido algo que nunca les perteneció.
Tomás acarició la cabeza de uno de sus hijos.
—Yo no vine a pelear. Solo quería cumplir la promesa que don Aurelio me hizo.
Los gemelos observaban todo sin entender.
Llevaban días durmiendo al aire libre.
Aun así, ninguno pidió comida ni dinero.
Aquello hizo que Valeria sintiera una vergüenza que jamás había conocido.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, el abogado del rancho entró apresuradamente.
—Señora Valeria…
Traía un expediente recién impreso.
—Encontramos al comprador de Morena.
Valeria levantó la mirada.
—¿Dónde está?
El abogado tragó saliva.
—Ese no es el problema.
Abrió el expediente y señaló una fotografía.
—El problema es que la yegua nunca llegó al destino registrado.
Fue revendida tres veces utilizando documentos diferentes… y la última persona que la compró afirma haber encontrado, escondido dentro de su antigua silla de montar, un paquete con escrituras originales firmadas por don Aurelio.
Esas escrituras no correspondían a una yegua.
Correspondían precisamente a las diez hectáreas del potrero El Mezquite que habían desaparecido de los archivos familiares hacía más de veinte años.