PARTE 2: LA FIESTA.

No dije una sola palabra.

Abracé a mis padres como si nada estuviera pasando.

Mi papá aprovechó ese instante para acercar sus labios a mi oído.

—No hagas problemas, hija. Solo quédate un rato y luego vete.

Su voz era apenas un hilo.

No hablaba por miedo a ellas.

Hablaba por miedo a que me hicieran daño también.

Le besé la frente.

—Confía en mí, papá.

Mientras caminábamos hacia la sala, dejé discretamente mi bolso sobre una repisa. La cámara y la grabadora siguieron funcionando.

No pasó ni un minuto.

—Doña Marta —ordenó Lourdes desde el sillón—, tráigame un café. Pero caliente, no como el agua sucia que hace siempre.

Mi madre obedeció de inmediato.

Cojeaba cada vez más.

Fernanda levantó la vista del celular.

—Y cuando termine, lave los baños. En la noche vienen unas amigas.

—Claro, hija… —respondió mi mamá con la cabeza baja.

Sentí un nudo en el estómago.

Ellas ya ni siquiera fingían.

Hablaban delante de mí con absoluta tranquilidad porque estaban convencidas de que mis padres jamás abrirían la boca.

Entonces apareció Miguel.

Mi hermano me abrazó con entusiasmo.

—¡Vale! ¿Por qué no avisaste?

Lo miré unos segundos.

Tenía ropa nueva, un reloj que jamás podría comprar con su sueldo y las llaves de la camioneta que yo había dejado para que mis padres fueran al médico.

—¿Cómo has estado? —pregunté.

—Muy bien. Aquí todos estamos felices.

En ese momento mi padre comenzó a toser con fuerza.

Miguel ni siquiera volteó a verlo.

Fernanda sí.

Pero solo para decir:

—No vaya a escupir en la alfombra.

Aquella frase quedó perfectamente registrada por mi celular.

Respiré hondo.

Después sonreí.

—Qué gusto ver que toda la familia está reunida. Precisamente venía a proponer algo.

Todos me miraron.

—La próxima semana se cumplen quince años desde que compré San Jacinto. Creo que merece una celebración. Invitaré a los vecinos, a los amigos de mis papás, al sacerdote, al médico que siempre los atiende… a todos.

Los ojos de Lourdes brillaron.

—¡Qué buena idea! Así podrán conocer la casa.

—Exactamente.

Fernanda comenzó a hacer cuentas en voz alta.

—Podemos pedir banquete, música, flores…

—No se preocupen por eso —respondí—. Yo organizaré absolutamente todo.

Miguel sonrió satisfecho.

—Sabía que podía contar contigo.

Lo miré fijamente.

—Sí. Será una fiesta… inolvidable.

Aquella misma noche, cuando todos dormían, entré en silencio al cuarto del fondo.

Mis padres seguían despiertos.

Les llevé comida caliente, medicamentos y una cobija nueva.

Mi mamá rompió a llorar.

Mi padre me tomó la mano.

—No hagas ninguna locura.

Saqué el teléfono del bolso.

Presioné reproducir.

En la pequeña habitación comenzaron a escucharse con absoluta claridad los insultos, las amenazas y las órdenes que Lourdes y Fernanda habían pronunciado durante toda la tarde.

Mi madre se llevó las manos a la boca.

Mi padre cerró los ojos.

—¿Grabaste todo?

Asentí lentamente.

—Y esto apenas es el primer día.

Porque la fiesta que todos esperaban para celebrar la familia no iba a servir para brindar.

Iba a convertirse en el juicio público donde, delante de todo Valle de Bravo, Lourdes, Fernanda y Miguel escucharían sus propias voces condenándolos sin que yo tuviera que pronunciar una sola acusación.

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