Rodrigo golpeó la mesa.
—¡Todo eso es falso! ¡Ella se provocó esas heridas para culparme!
Nadie respondió.
Porque incluso sus propios abogados habían dejado de mirarlo.
Santiago abrió lentamente la segunda carpeta.
—Su señoría, durante siete años mi clienta acudió en secreto al Hospital General bajo un nombre protegido. Cada ingreso quedó registrado por protocolo de violencia familiar.
La jueza comenzó a revisar las hojas.
Una.
Dos.
Diez.
Veintitrés.
Cada expediente llevaba fotografías, diagnósticos y fechas distintas.
Costillas fracturadas.
Quemaduras.
Luxaciones.
Conmociones.
Todo documentado mucho antes de que Mariana solicitara el divorcio.
—¿Por qué nunca presentó una denuncia? —preguntó la jueza.
Mariana respiró profundamente.
—Porque cada vez que intentaba hacerlo, alguien ya había hablado antes con la policía, con los médicos o con quien fuera necesario.
Miró directamente a Rodrigo.
—Siempre sabían mi versión antes de escucharme.
Santiago conectó la memoria a la pantalla del tribunal.
Aparecieron transferencias bancarias.
Pagos a un médico.
A un perito.
A un antiguo empleado del Registro Público.
Después surgieron varios correos electrónicos.

Todos enviados desde la oficina de Rodrigo.
—Estas comunicaciones muestran pagos para modificar expedientes médicos, desaparecer fotografías originales y fabricar evaluaciones psicológicas falsas.
Camila dio un paso hacia atrás.
—Rodrigo… dijiste que solo era un divorcio complicado.
Él no respondió.
La jueza levantó otra hoja.
—Aquí aparece una denuncia presentada hace nueve años… pero figura como retirada el mismo día.
Mariana negó lentamente.
—Yo nunca la retiré.
Santiago colocó sobre la mesa un documento más.
—Porque quien firmó ese desistimiento no fue ella.
Era otra firma falsificada.
La tercera en menos de veinte minutos.
Rodrigo ya no podía mantenerse quieto.
Miraba constantemente hacia las puertas cerradas.
Entonces Santiago dijo algo que hizo que el silencio volviera a caer sobre la sala.
—Pero todo esto todavía explica únicamente la violencia dentro del matrimonio.
Hizo una pausa.
—Ahora viene la parte que demuestra que este plan empezó mucho antes de que Mariana conociera al señor Varela.
La jueza frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Santiago sacó una vieja fotografía.
Aparecían dos hombres estrechándose la mano frente a una fábrica de muebles.
Uno era el padre de Mariana.
El otro…
Era el padre de Rodrigo.
—Hace treinta y un años ambas familias eran socias.
Mariana sintió un nudo en la garganta.
Nunca había visto aquella imagen.
Santiago continuó.
—Semanas después de tomarse esta fotografía, los padres de Mariana perdieron la empresa, las patentes y gran parte de su patrimonio mediante documentos falsificados.
Rodrigo cerró los ojos.
Como si ya supiera lo que venía.
—Tenemos declaraciones notariales, archivos mercantiles y auditorías que demuestran que el fraude fue organizado por la familia Varela.
La jueza dejó lentamente la fotografía sobre el escritorio.
—¿Está diciendo que este matrimonio nunca fue una casualidad?
—Exactamente, su señoría.
Santiago miró a Rodrigo por última vez.
—Nuestro equipo descubrió que el señor Varela se acercó a Mariana siguiendo un plan diseñado por su propio padre: recuperar el control definitivo de todo lo que la familia Robles aún conservaba… incluso si para lograrlo debía casarse con ella.
Mariana sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
De pronto entendió algo que nunca había querido imaginar.
Tal vez Rodrigo nunca la había elegido por amor.
Tal vez, desde antes de que ella naciera, alguien ya había decidido que un día se convertiría en la última pieza de una venganza familiar cuidadosamente preparada durante más de tres décadas.