Rosa tardó varios segundos en responder al taxista.
Después recordó el dibujo de Camila.
La casa.
La ventana tachada.
Y aquel pequeño cuadrado negro.
—Lléveme a Coyoacán.
El conductor arrancó.
Apenas habían salido del aeropuerto cuando el teléfono volvió a sonar.
Esta vez no era Diego.
Era Camila.
Rosa contestó de inmediato.
—¿Abue?
La voz de la niña temblaba.
—No tengo mucho tiempo. Papá salió a buscarte.
—¿Qué significa el cuadrado negro?
Hubo un breve silencio.
—En la casa… en tu cuarto… detrás del clóset.
La llamada se cortó.
Rosa sintió un escalofrío.
Veinte minutos después llegó a la casa donde había vivido durante más de cuarenta años.
Las ventanas estaban cerradas.
Había un enorme letrero de “Próxima remodelación” colgado en la reja.
Pero las cerraduras seguían siendo las mismas.
Entró.
Todo estaba casi vacío.
Los muebles habían desaparecido.
Las fotografías familiares ya no estaban en las paredes.
Parecía que alguien hubiera querido borrar cualquier rastro de que allí había existido una familia.
Entró lentamente en su antigua habitación.
Movió el viejo clóset unos centímetros.

Entonces lo vio.
Un pequeño cuadro negro pintado sobre la pared.
Exactamente igual al dibujo de Camila.
Temblando, introdujo los dedos por una pequeña abertura.
Escuchó un clic.
Un compartimento oculto se abrió lentamente.
Dentro había una caja metálica.
La abrió.
Encontró su escritura original.
Las llaves de una caja de seguridad bancaria.
Su testamento.
Y un sobre dirigido a ella.
“Mamá, si estás leyendo esto antes de viajar, significa que Camila encontró el escondite.”
Rosa dejó de respirar.
La carta estaba firmada por Laura, su nuera.
La mujer que había muerto supuestamente en un accidente de tráfico dos años antes.
Con manos temblorosas siguió leyendo.
“Diego quiere llevarte a Francia porque allí nadie preguntará por ti. Ya vendió la casa usando documentos que nunca debiste firmar. Si desapareces del país, podrá quedarse con todo sin enfrentar ninguna denuncia.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
“No confíes en nadie hasta abrir la caja del banco. Allí están todas las pruebas.”
En ese instante escuchó el ruido de un automóvil frenando frente a la casa.
Miró por la ventana.
Era Diego.
No venía solo.
Dos hombres bajaron con él.
—¡Mamá! —gritó desde el jardín—. Sé que estás ahí. ¡Abre la puerta!
Rosa guardó apresuradamente los documentos dentro de la maleta.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo tenía una frase.
“No salga por la puerta principal. Nosotros también llevamos dos años esperando que usted descubra la verdad sobre la muerte de Laura.”
Rosa levantó lentamente la vista.
Porque por primera vez comprendió que el viaje a Francia nunca había sido el verdadero peligro.
El verdadero peligro llevaba viviendo dentro de su propia familia desde mucho antes de que Camila aprendiera a escribir la palabra “HUYE”.