PARTE 2 – LAS BOTAS QUE LO CONDENARON

Emiliano sonrió como si nada ocurriera.

Se acercó a la camilla, acarició el vientre de Valeria y habló con la voz cálida que usaba frente a sus pacientes.

—¿Cómo están mis dos princesas?

Valeria se estremeció.

Su respiración se volvió irregular.

Teresa no apartó la vista de las botas negras perfectamente lustradas.

La suela tenía un dibujo muy particular.

Una cruz en el centro y cuatro líneas profundas alrededor.

Exactamente la misma marca que había visto grabada sobre la espalda de su hija.

Emiliano notó la mirada.

—¿Ocurre algo, suegrita?

Teresa sonrió.

—Solo pensaba que esas botas se ven muy caras.

Él levantó ligeramente un pie.

—Son italianas. Un regalo de Valeria.

La joven bajó la cabeza.

Era mentira.

Ella jamás le había regalado nada.

El médico continuó revisando el ultrasonido.

—La bebé está perfecta. Si todo sigue igual, programaremos la cesárea para el jueves.

—¿La hará usted? —preguntó Teresa.

—Por supuesto.

—No.

La respuesta salió de la propia Valeria.

Fue apenas un susurro.

Pero Emiliano dejó de sonreír.

—¿Qué dijiste?

Valeria tragó saliva.

—Quiero que otro médico haga la cirugía.

El silencio inundó el consultorio.

Emiliano guardó lentamente el expediente.

—Estás nerviosa. Es normal.

—No quiero que me opere mi esposo.

Él se acercó hasta quedar frente a ella.

—No empieces con tus ideas otra vez.

Teresa dio un paso entre los dos.

—Mi hija ya tomó una decisión.

Emiliano sostuvo la mirada de su suegra.

—Con todo respeto, esto es un asunto entre mi esposa y yo.

—No.

Respondió Teresa.

—Es un asunto entre una paciente y el hospital.

En ese instante, el teléfono de Teresa vibró discretamente.

Había recibido tres respuestas.

El abogado escribió una sola frase:

“Todo está listo.”

La directora del consejo médico respondió:

“Voy para allá.”

Y la fiscal envió únicamente:

“No lo entretengas demasiado.”

Teresa guardó el teléfono.

—Antes de programar cualquier cirugía, quisiera revisar el expediente clínico completo de mi hija.

Emiliano soltó una risa breve.

—Los expedientes son confidenciales.

—También lo es la integridad de una paciente.

—Está hablando como si desconfiara de mí.

—Porque desconfío.

El médico perdió por primera vez la calma.

—Señora, le recomiendo que mida sus palabras.

La puerta volvió a abrirse.

Entró la directora médica de la clínica acompañada por dos integrantes del consejo hospitalario.

Emiliano frunció el ceño.

—¿Qué hacen aquí?

La doctora dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Recibimos una solicitud formal para cambiar al cirujano responsable de la cesárea.

—La rechazo.

—No depende de usted.

Emiliano levantó la voz.

—Soy el director de obstetricia.

—Y también es el esposo de la paciente.

Existe un evidente conflicto de interés.

Teresa observó cómo el rostro de su yerno comenzaba a endurecerse.

Aún no sabía que aquello era apenas el comienzo.

La directora abrió otra carpeta.

—También recibimos una denuncia por violencia familiar.

Emiliano giró lentamente hacia Valeria.

Ella no habló.

No hacía falta.

Teresa dio un paso al frente.

—Las lesiones ya fueron fotografiadas por un médico legista.

El consultorio quedó en silencio.

Emiliano sonrió con desprecio.

—Unos moretones no prueban nada.

Teresa negó lentamente.

—No.

Se inclinó y señaló las botas negras.

—Pero esas suelas sí.

El médico bajó la vista por instinto.

La directora también observó el dibujo grabado en la goma.

Teresa sacó varias fotografías impresas.

Las colocó una junto a otra.

En unas aparecía la espalda de Valeria.

En otras, las marcas ampliadas por un perito.

El dibujo coincidía exactamente con la suela de las botas de Emiliano.

Nadie dijo una palabra.

La directora respiró hondo.

—Doctor Aranda…

Antes de que pudiera terminar, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez entró una mujer de traje oscuro mostrando una credencial.

Era la fiscal.

Detrás de ella venían dos agentes.

—Buenas tardes.

Traemos una orden para asegurar toda la documentación médica relacionada con la señora Valeria Aranda.

Emiliano retrocedió un paso.

—Esto es absurdo.

—También necesitamos revisar las grabaciones de las cámaras del área obstétrica durante los últimos seis meses.

El médico sintió un escalofrío.

Miró de inmediato hacia el techo del consultorio.

Teresa lo notó.

Y sonrió por primera vez.

Porque acababa de confirmar exactamente lo que esperaba.

Él no tenía miedo de las fotografías.

Tenía miedo de los videos.

Y si las cámaras seguían funcionando, no solo habían registrado las amenazas contra Valeria.

También podían haber grabado algo mucho peor.

Algo que explicaría por qué otras dos pacientes habían muerto durante cesáreas dirigidas por el mismo doctor… justo después de anunciar que querían divorciarse de él.

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