Parte 2: EL HOMBRE QUE DESAPARECIÓ A DIEGO ANTES QUE LOS USUREROS

El mundo dejó de moverse.

Ximena permaneció inmóvil frente a la cama vacía.

La almohada había desaparecido.

Las mantas estaban dobladas.

Ni siquiera quedaba el pequeño oso de peluche que Diego conservaba desde niño.

Sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Dónde está mi hermano? —preguntó con la voz quebrada.

La enfermera levantó la vista.

—¿Usted es Ximena Hernández?

Asintió desesperadamente.

—Sí.

La mujer respiró con alivio.

—Menos mal que llegó.

Anoche un equipo médico autorizó su traslado.

Ximena sintió que las piernas volvían a fallarle.

—¿Traslado? ¿Quién lo autorizó?

La enfermera consultó el expediente.

—Aquí dice que todos los gastos fueron cubiertos por un benefactor anónimo.

Frunció el ceño.

—Y que el paciente fue llevado a una unidad especializada.

—¿Dónde?

La enfermera negó con la cabeza.

—No aparece la dirección.

Solo dejaron una carta para usted.

Le entregó un sobre blanco.

Las manos de Ximena temblaban mientras lo abría.

Dentro solo había una hoja.

“Tu hermano está vivo. No intentes buscarlo. Esta noche volverás a verlo.”

No había firma.


A las ocho de la noche regresó a la residencia de Mateo Salgado.

Intentó seguir trabajando como si nada hubiera ocurrido.

Pero no dejaba de mirar el reloj.

Mateo apareció en el pasillo.

Notó inmediatamente su nerviosismo.

—¿Qué pasó?

Ella le mostró la carta.

Él la leyó dos veces.

Después levantó la vista.

—¿Quién más sabía que tu hermano estaba hospitalizado?

—Solo…

Se detuvo.

Pensó unos segundos.

—Ramiro.

Mateo guardó silencio.

Luego tomó el teléfono.

—Tráiganme al Chato.

Ahora.


Menos de una hora después, Ramiro estaba arrodillado en el despacho.

Tenía el labio roto y el rostro completamente pálido.

Mateo dejó la carta sobre la mesa.

—¿Dónde está el muchacho?

Ramiro comenzó a negar desesperadamente.

—Se lo juro, don Mateo…

Yo retiré a mis hombres del hospital anoche.

No volví a acercarme.

Mateo no apartó la mirada de él.

—No me hagas perder el tiempo.

—¡Es verdad!

Yo también pensé que alguien suyo se lo había llevado.

El silencio llenó la habitación.

Mateo comprendió inmediatamente que Ramiro no mentía.

Alguien se había adelantado.


Esa misma noche, un automóvil negro se detuvo frente a la residencia.

Un anciano descendió lentamente.

Vestía un traje gris impecable.

Uno de los escoltas entró al despacho.

—Patrón…

Hay un hombre que insiste en verlo.

Dice que viene por la muchacha.

Mateo frunció el ceño.

—¿Nombre?

—Don Ernesto Valdés.

Por primera vez desde que Ximena lo conocía, Mateo perdió completamente el color del rostro.

Se puso de pie de inmediato.

—Hazlo pasar.

Ximena nunca había visto a su jefe levantarse para recibir a nadie.

El anciano entró caminando con absoluta tranquilidad.

Mateo inclinó ligeramente la cabeza.

—Don Ernesto.

—Hace mucho que no nos veíamos.

La tensión podía sentirse en toda la habitación.

Ernesto observó a Ximena.

Sonrió con amabilidad.

—Así que tú eres la hermana de Diego.

Ella no entendía nada.

—¿Usted sabe dónde está?

El anciano asintió.

—Está seguro.

Recibiendo el tratamiento que necesitaba.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Ximena.

—¿Por qué?

Ernesto la miró fijamente.

—Porque ese muchacho merece vivir.


Mateo permanecía completamente serio.

—¿Por qué intervino usted?

Ernesto tardó unos segundos en responder.

—Porque cometiste un error.

Mateo no dijo nada.

—Llevas ocho meses viendo trabajar a esta muchacha…

Y nunca te hiciste la pregunta correcta.

Ximena observaba la conversación sin comprender.

—¿Qué pregunta?

El anciano sacó lentamente una vieja fotografía.

La colocó sobre el escritorio.

Era una imagen de hacía más de veinte años.

En ella aparecía una mujer joven sosteniendo a una niña pequeña.

La mujer era exactamente igual que su madre.

Y la niña…

Era ella.

Ximena sintió un vuelco en el corazón.

—¿De dónde sacó esa foto?

Ernesto respondió con absoluta calma.

—Porque yo estuve allí el día que fue tomada.

Mateo tomó la fotografía.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No…

Eso es imposible.

Ernesto lo miró fijamente.

—No.

Lo imposible fue creer durante doce años que ambas habían muerto.

Ximena sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Qué está diciendo?

El anciano respiró profundamente antes de responder.

La madre de Ximena salvó tu vida cuando eras un muchacho, Mateo… y desde entonces juré proteger a su familia como si fuera la mía. Pero hay una verdad que ninguno de ustedes conoce todavía… Diego nunca fue el verdadero objetivo de Ramiro. La persona a la que realmente buscaban desde el principio era Ximena.

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