Observé la fotografía durante largo rato.
No pregunté de dónde la había obtenido.
No era necesario.
Héctor nunca traía pruebas que no pudiera sostener con la vida.
En la imagen, Sebastián sujetaba el rostro de Olivia con ambas manos.
Ella sonreía.
No era la sonrisa inocente de una hermana menor.
Era la de una mujer enamorada.
Le di la vuelta a la fotografía.
La fecha estaba escrita con tinta negra.
Dos años antes de nuestro compromiso.
Eso significaba que, mientras me llevaba flores, cenaba con mis padres y hablaba de nuestro futuro, ya besaba a otra mujer.
Y no a cualquiera.
A la muchacha que el mundo entero creía su hermana adoptiva.
Respiré despacio.
La ira ya no quemaba.
Se había vuelto fría.
Mucho más peligrosa.
—¿Qué más averiguaste? —pregunté.
Héctor abrió otra carpeta.
—Olivia nunca fue adoptada legalmente.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo llegó entonces a la familia Song?
—Hace ocho años apareció como hija de un antiguo socio del señor Song que murió en circunstancias extrañas. Nunca hubo documentos oficiales de adopción. Solo empezó a vivir con ellos.
Pasó otra hoja.
—Y desde hace más de tres años utiliza una cuenta bancaria abierta por el propio Sebastián.
Miré los estados de cuenta.
Joyas.
Viajes.
Ropa.
Un departamento en la ciudad.
Todo pagado por él.
—¿La familia lo sabe?
Héctor negó con la cabeza.
—Creen que la ayuda por compasión.
Solté una sonrisa breve.
Compasión.
Qué palabra tan conveniente.
A la mañana siguiente bajé al comedor como todos los días.
Olivia ya estaba sentada en mi lugar.
Bebía té en la porcelana que había pertenecido a mi madre.
Cuando me vio, sonrió.
—Buenos días.
No respondí.
Simplemente tomé la taza frente a ella.
La observé unos segundos.
Después la dejé caer al suelo.
La porcelana se hizo añicos.
Toda la mesa quedó en silencio.
Olivia abrió mucho los ojos.
—¡Ese juego era carísimo!
La miré directamente.
—Precisamente por eso no permito que cualquiera lo use.
Sebastián dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Valentina.
Solo fue una taza.
Asentí lentamente.
—Exactamente.
Solo era una taza.
Como aquel día solo era un asiento.
Solo era una bufanda.
Solo era una sopa.
Solo era mi casa.
Parece que últimamente todo es “solo” algo.
Él apretó la mandíbula.
Esa tarde llegaron los ancianos de la familia Song para discutir los preparativos de la boda.
Olivia apareció vestida de blanco.
Un color reservado para la futura esposa durante las ceremonias familiares.
Rosa dio un paso hacia ella.
—Señorita Olivia…
Ese color no le corresponde.
Olivia se rio.
—¿Quién lo dice?
—Las reglas de esta familia.
—Yo no creo en reglas antiguas.
Miró a Sebastián.
Él permaneció en silencio.
Otra vez.
Esperé hasta que todos estuvieron reunidos.
Entonces me levanté.
—Antes de continuar con los preparativos, quisiera mostrar algo.
Saqué la fotografía.
La coloqué sobre la mesa.
Uno de los ancianos la tomó primero.
Su mano comenzó a temblar.
El segundo anciano palideció.
El tercero golpeó la mesa con fuerza.
—¡Sebastián!
Él se puso de pie de inmediato.
—Puedo explicarlo.

—Entonces explica por qué besabas a la mujer que presentaste ante todos como tu hermana.
Nadie habló.
Olivia perdió completamente el color.
Intentó acercarse a Sebastián.
Él retrocedió un paso.
Por primera vez la dejó sola.
El padre de Sebastián tomó la fotografía.
Después levantó lentamente la vista.
—¿Desde cuándo ocurre esto?
Sebastián guardó silencio.
Olivia respondió sin pensar.
—Nos amamos desde hace años.
En cuanto terminó la frase comprendió su error.
Toda la habitación quedó inmóvil.
El anciano cerró los ojos.
Parecía haber envejecido diez años en un instante.
Me giré hacia la puerta.
—Rosa.
Ella apareció inmediatamente.
—Sí, señorita.
—Entrega a la familia Song el contrato matrimonial.
Rosa colocó el documento sobre la mesa.
Todos miraron la última página.
Ya estaba firmada.
Pero no como aceptación.
Sino como cancelación definitiva.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Qué significa esto?
Lo miré por última vez.
—Que ya no tienes que seguir fingiendo.
Puedes casarte con quien realmente amas.
Salí del salón sin volver la vista atrás.
Cuando llegué al jardín, Héctor me esperaba.
—¿Terminó todo?
Negué lentamente.
—No.
Apenas comienza.
Él comprendió inmediatamente.
—¿Encontró algo más?
Saqué una segunda fotografía que había permanecido todo el tiempo dentro de mi manga.
No la había mostrado.
Era mucho más peligrosa que la primera.
En ella no aparecía Sebastián besando a Olivia.
Aparecía entregándole una pequeña caja de terciopelo negro.
Dentro no había un anillo.
Había un antiguo sello de jade.
El mismo sello que perteneció a mi madre y desapareció la noche en que murió envenenada.
Héctor sintió un escalofrío.
—¿Está segura de que es el original?
Asentí lentamente.
—Lo reconocería entre mil.
Guardé nuevamente la fotografía.
Miré la vieja caja de madera donde seguía descansando mi pistola.
Y pronuncié unas palabras que no decía desde hacía diez años.
—Parece que la muerte de mi madre nunca terminó realmente. Porque si el sello apareció en manos de Sebastián… significa que alguien de la familia Song estuvo presente la noche en que ella fue asesinada.