Los motores comenzaron a rugir.
El yate vibró suavemente bajo nuestros pies mientras se alejaba del muelle de Cabo San Lucas.
Mauricio levantó nuevamente su copa.
—Ahora sí podemos hablar con tranquilidad.
No respondí.
Ayudé a Valeria a sentarse en un sofá del salón principal. Tenía el pulso acelerado y el rostro cada vez más pálido.
Uno de los hombres de seguridad permanecía a menos de dos metros de nosotros.
El otro bloqueaba la salida.
Mauricio deslizó una carpeta sobre la mesa.
—Aquí están los documentos.
Solo falta tu firma.
Abrí lentamente la carpeta.
Cesión del cuarenta por ciento de Grupo Mendoza.
Transferencia inmediata de acciones.
Renuncia irrevocable al consejo administrativo.
Todo preparado.
Todo ilegal.
—Trabajaste mucho en esto.
Mauricio sonrió.
—Meses.
Levanté la vista.
—Demasiado para improvisar un secuestro.
Por primera vez dejó de sonreír.
—¿Qué quieres decir?
—Que esto empezó mucho antes de hoy.
Mientras hablábamos, mi reloj seguía transmitiendo ubicación y audio.
Solo necesitaba ganar tiempo.
Deslicé discretamente el teléfono dentro del bolsillo interior del saco.
La aplicación del sistema de seguridad del yate tardó unos segundos en abrir.
Mauricio estaba convencido de haber cambiado todas las contraseñas.
Lo que nunca supo era que, cuando mandé construir el Valeria, ordené instalar un respaldo automático oculto conectado directamente con los servidores de mis astilleros.
Las cámaras seguían grabándolo todo.
Apareció la primera imagen.
Cubierta principal.
Jacuzzi.
Bar.
Todo exactamente como lo veía frente a mí.
Después seleccioné la cámara del pasillo.
Retrocedí dos horas.
Allí estaba Valeria.
Discutiendo con Mauricio.
Ella intentaba quitarle una carpeta.
Él la empujó violentamente contra la barandilla.
No había duda.
La agresión había quedado grabada.
Continué avanzando.
Entonces apareció Fernanda.
Mi directora financiera.
Entró al camarote principal sosteniendo un portafolio negro.
Dos hombres la siguieron.
La imagen desapareció cuando cerraron la puerta.
Segundos después…
Escuché los mismos tres golpes que acabábamos de oír.
No era una botella.
Era ella.
Respiré lentamente.
Todavía no era lo peor.
Retrocedí otros veinte minutos.
Y entonces vi algo que me dejó completamente inmóvil.
Mauricio estaba acompañado por un hombre al que conocía demasiado bien.
El vicepresidente financiero de mi empresa.
Arturo Salinas.
Mi colaborador desde hacía diecisiete años.
Los dos revisaban documentos mientras brindaban.
Arturo señaló varios contratos.
Después entregó una memoria USB.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
No era un ataque improvisado.
Alguien de mi propia empresa había preparado todo desde dentro.
—¿Ya decidió?
La voz de Mauricio me devolvió al presente.
Cerré lentamente la carpeta.

—Todavía no.
Él perdió un poco la paciencia.
—No tenemos todo el día.
—Yo sí tengo una pregunta.
Se inclinó hacia adelante.
—¿Cuál?
—¿Cuánto le pagaste a Arturo?
El silencio fue inmediato.
La copa quedó suspendida en el aire.
Los dos hombres de seguridad intercambiaron una mirada.
Mauricio dejó de sonreír.
—No sé de quién hablas.
Saqué el teléfono.
Giré la pantalla hacia él.
Congelé la imagen donde aparecía abrazando al vicepresidente financiero de mi empresa.
El color desapareció de su rostro.
—Imposible…
—Las cámaras nunca dejaron de funcionar.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces Mauricio reaccionó.
—¡Quítenle el teléfono!
Los dos guardias avanzaron.
Pero ya era demasiado tarde.
Presioné el botón de envío.
Todas las grabaciones comenzaron a cargarse automáticamente en la nube corporativa y fueron reenviadas al despacho jurídico de Grupo Mendoza.
Mauricio comprendió inmediatamente lo que acababa de ocurrir.
Corrió hacia mí.
Me sujetó del cuello de la camisa.
—¡Cancélalo!
Lo miré directamente.
—Ya no puedes.
Su respiración se volvió agitada.
—No sabes con quién te estás metiendo.
—Sí lo sé.
Con un delincuente desesperado.
En ese instante volvió a escucharse un golpe dentro del camarote.
Esta vez mucho más fuerte.
Fernanda seguía viva.
Valeria reunió fuerzas para levantarse.
—Papá…
No podemos dejarla ahí.
Asentí.
Me puse lentamente de pie.
Mauricio sacó una pistola del cinturón.
El salón entero quedó paralizado.
Los invitados comenzaron a retroceder.
Algunos rompieron a llorar.
La música seguía sonando absurdamente mientras todo ocurría.
—Si alguien toca esa puerta…
dijo Mauricio apuntándome directamente al pecho,
…el primero en caer será usted.
Nadie respiraba.
Entonces sonó mi teléfono.
Una única vibración.
Miré discretamente la pantalla.
Solo aparecían tres palabras enviadas por mi abogado.
“Ya los vemos.”
Levanté la vista hacia los enormes ventanales del salón.
A lo lejos comenzaron a distinguirse varias embarcaciones rápidas acercándose a toda velocidad.
Mauricio todavía no las había visto.
Sonreí por primera vez desde que subí al yate.
Él frunció el ceño.
—¿De qué se ríe?
No respondí.
Simplemente observé cómo una de las cámaras exteriores cambiaba automáticamente de ángulo al detectar movimiento.
La imagen mostró claramente tres lanchas negras avanzando sobre el agua.
En la proa de la primera ondeaba discretamente el emblema de la Secretaría de Marina.
Pero lo que realmente hizo que la sangre abandonara el rostro de Mauricio no fueron las lanchas.
Fue reconocer quién viajaba junto al comandante que las encabezaba.
Era Arturo Salinas… esposado, escoltado por dos agentes y señalando directamente hacia nuestro yate mientras decía algo que Mauricio jamás imaginó escuchar.