Parte 2: LA MÁSCARA DE RENATA COMENZÓ A CAER

Alejandro permaneció varios segundos mirando el mensaje en la pantalla.

Cada palabra parecía más cruel que la anterior.

“Si Emilia está en uno de sus días raros, escóndela.”

No era la primera vez que Renata hacía comentarios incómodos sobre la niña.

Pero sí era la primera vez que él los leía con absoluta claridad.

Antes siempre encontraba una excusa.

Que estaba estresada.

Que hablaba sin pensar.

Que solo quería proteger la imagen pública de la familia.

Ahora comprendía que llevaba demasiado tiempo justificando lo injustificable.

Guardó el teléfono sin responder.

Rosa seguía inmóvil, creyendo que aquel silencio significaba que acababa de perder su trabajo.

—Señor…

Alejandro levantó la vista.

—Gracias.

Ella frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Gracias por devolverme algo que yo ya había empezado a creer imposible.

Miró a Emilia.

La niña seguía abrazando la cintura de Rosa, aunque ahora observaba a su padre con una expresión distinta.

No había miedo.

Había curiosidad.

Era la primera vez en mucho tiempo que Alejandro sentía que su hija realmente lo estaba viendo.

En ese instante sonó el timbre principal.

Los vigilantes avisaron por el intercomunicador.

—Señor, la señorita Renata llegó con varias personas.

Alejandro respiró profundamente.

—Háganlos pasar.

Cinco minutos después, Renata atravesó el vestíbulo principal acompañada por dos fotógrafos, una maquillista y un hombre que sostenía varias bolsas con cambios de ropa.

Entró sonriendo.

—¡Mi amor! La revista adelantó la sesión. Será perfecta…

La frase murió al ver a Emilia.

La niña estaba sentada en el suelo del jardín con las manos llenas de tierra, plantando pequeñas flores junto a Rosa.

Renata apretó la mandíbula apenas un segundo.

Después volvió a sonreír.

Pero Alejandro ya había aprendido a distinguir esa sonrisa.

Nunca llegaba a sus ojos.

—¿Todavía sigue así? —preguntó en voz baja.

—¿Así cómo?

—Sucia… despeinada…

Alejandro no respondió.

Renata se acercó a Emilia.

—Princesa, vamos a cambiarnos. Hoy debes parecer una niña elegante.

Emilia escondió inmediatamente la mano detrás de Rosa.

La mujer sintió cómo la pequeña temblaba.

—No pasa nada, corazón —susurró Rosa.

Renata perdió la paciencia.

—¿Puedes dejar de meterte? Solo eres la empleada doméstica.

Alejandro dio un paso al frente.

—Basta.

Renata sonrió nerviosamente.

—Solo intento ayudar.

—No. Intentas controlar.

Los fotógrafos intercambiaron miradas incómodas.

El silencio comenzó a hacerse pesado.

Renata decidió cambiar de estrategia.

Se agachó frente a Emilia.

—Mi amor, sonríe para la cámara.

La niña bajó inmediatamente la cabeza.

Volvió el mismo gesto vacío que Alejandro había visto durante casi dos años.

La luz que Rosa había despertado desaparecía poco a poco.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Rosa tomó una pequeña regadera amarilla y comenzó a mojar las flores recién plantadas.

Sin decir una sola palabra.

Emilia la observó.

Después sonrió otra vez.

Corrió hacia ella.

Le entregó otra regadera.

Y ambas comenzaron a regar las plantas entre risas.

Los fotógrafos levantaron sus cámaras casi por instinto.

—¡Eso es maravilloso! —dijo uno de ellos.

Renata levantó la voz.

—¡No fotografíen eso!

Todos se quedaron inmóviles.

Ella respiró hondo antes de continuar.

—La sesión es conmigo y con Alejandro.

Uno de los fotógrafos dudó.

—Pero la niña…

—La niña no está presentable.

Aquellas palabras atravesaron el jardín como un cuchillo.

Alejandro sintió que algo terminaba de romperse dentro de él.

—Ella siempre está presentable.

Renata giró hacia él.

—No entendiste. La portada será para una revista de empresarios. Necesitamos proyectar perfección.

—¿Y mi hija no forma parte de esa perfección?

—No en este estado.

Rosa bajó la mirada.

Emilia dejó de sonreír otra vez.

Entonces Alejandro tomó una decisión.

—La sesión terminó.

El maquillista abrió mucho los ojos.

—Pero ni siquiera empezamos.

—Precisamente.

Renata caminó detrás de él.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

Ella bajó la voz.

—¿Sabes cuánto pagaron por esta exclusiva?

—No me importa.

—¿Estás cancelando por culpa de una empleada?

Alejandro se volvió lentamente.

—No.

Miró a Rosa.

—La cancelo porque hoy entendí quién ha estado cuidando realmente de mi hija.

Renata soltó una risa incrédula.

—¿Vas a elegir a una desconocida antes que a tu prometida?

Alejandro permaneció en silencio.

Ese silencio fue mucho más duro que cualquier respuesta.

Renata comenzó a perder el control.

—¿Sabes de dónde salió esa mujer? ¿La investigaste? ¿Qué sabes de ella?

Rosa bajó inmediatamente la cabeza.

—Si mi presencia causa problemas, puedo irme.

—No vas a ninguna parte —respondió Alejandro.

Después miró al jefe de seguridad, que acababa de acercarse discretamente.

—A partir de este momento, la señora Rosa tendrá acceso completo al jardín, al ala infantil y a la biblioteca.

El hombre asintió.

Renata dio un paso adelante.

—¿Y yo?

Alejandro tardó unos segundos en responder.

—Tú entregarás desde hoy tu acceso temporal a la habitación de Emilia.

El rostro de Renata cambió por completo.

—¿Qué acabas de decir?

—Escuchaste bien.

—¿Desconfías de mí?

Él sacó lentamente su teléfono.

Abrió el mensaje que ella había enviado unos minutos antes.

Sin decir una palabra, giró la pantalla para que todos pudieran leerlo.

Los fotógrafos permanecieron completamente inmóviles.

Nadie dijo absolutamente nada.

Renata intentó arrebatarle el teléfono.

—Eso era una conversación privada.

—También revela quién eres.

Por primera vez desde que llegaron, Emilia caminó sola hasta Alejandro.

Tomó su mano.

Luego buscó la de Rosa.

Y unió ambas con sus pequeñas manos llenas de tierra.

Alejandro sintió un escalofrío.

Su hija acababa de decir mucho más sin hablar que cualquier adulto presente.

En ese mismo instante, el teléfono del jefe de seguridad comenzó a sonar.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Después levantó la vista hacia Alejandro con expresión preocupada.

—Señor… acaban de revisar las cámaras de seguridad, tal como usted pidió esta mañana.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Encontraron algo que ocurrió hace dos semanas en el cuarto de Emilia… y la única persona que entró cuando la niña terminó llorando desconsoladamente fue la señorita Renata.

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