Valeria miró la taza rota en el suelo.
Después miró el pasillo.
No había nadie.
Entró a la pequeña sala del personal, tomó su propio termo de café y lo vació en el fregadero.
Lo lavó con cuidado.
Lo llenó de agua fresca.
Regresó a la habitación 206.
—No debería hacer esto… pero tampoco debería dejarlo con sed.
Don Arturo intentó incorporarse.
Las manos seguían temblándole.
Valeria acercó lentamente el termo hasta sus labios.
Él bebió despacio.
Cada sorbo parecía devolverle un poco de fuerza.
Cuando terminó, cerró los ojos unos segundos.
—Hace mucho que nadie comparte conmigo ni un vaso de agua.
Valeria sonrió.
—Es solo una taza.
El anciano negó con tristeza.
—No. Es dignidad.
Ella volvió a acomodarle la almohada.
Cambió las sábanas mojadas.
Le tomó la temperatura.
Y, antes de salir, colocó nuevamente el timbre sobre el buró.
—Mañana exigiré que lo reparen.
Don Arturo la observó fijamente.
—Para ellos ya estoy muerto.
Valeria apagó la luz principal.
—Mientras respire, todavía merece que alguien lo trate como una persona.
Aquella madrugada, a las dos y media, un automóvil negro se detuvo frente al hospital.
Un hombre de traje descendió con un portafolio.
Era el notario personal de Arturo Salgado.
Nadie supo cuánto tiempo permaneció dentro de la habitación.
Solo se escuchó la voz del anciano durante varios minutos.
Y después…
Silencio.
A las siete de la mañana, todo el hospital estaba revolucionado.
El doctor Eduardo encontró a Leticia discutiendo con recepción.
—¿Qué ocurre?
Una secretaria respondió nerviosa.
—Hay un notario preguntando por la auxiliar Valeria Cruz.
Leticia soltó una risa.
—Debe ser un error.
En ese momento apareció el hombre del portafolio.
—¿La señora Valeria Cruz trabaja aquí?
Valeria acababa de terminar de trapear el pasillo.

Levantó la mano con timidez.
—Soy yo.
El notario caminó directamente hacia ella.
—Anoche el señor Arturo Salgado firmó un nuevo testamento y varias instrucciones notariales.
Todo el personal dejó de moverse.
—Entre ellas —continuó el notario—, dejó por escrito que la única persona que lo trató con humanidad durante sus últimos días fue usted.
Leticia palideció.
El director del hospital permanecía inmóvil.
El notario abrió lentamente una carpeta.
—También ordenó que se investigaran las condiciones en las que permanecía internado.
Sacó varias fotografías.
El timbre sin baterías.
La taza rota.
Las hojas de enfermería incompletas.
Y una declaración firmada por el propio Arturo.
“Durante semanas me negaron agua, retiraron el sistema de llamada y limitaron deliberadamente mi atención.”
Leticia comenzó a temblar.
—Eso… eso no es cierto…
Pero el notario levantó la última hoja.
—El señor Salgado también autorizó revisar las cámaras de seguridad de los últimos tres meses.
El silencio cayó sobre el hospital.
Porque todos comprendieron que el testamento no solo repartía una fortuna.
También acababa de abrir una investigación capaz de destruir la carrera de quienes habían tratado a un hombre moribundo como si ya estuviera muerto.