PARTE 2: LA CARPETA “VIUDOS”.

Julián abrió lentamente la carpeta.

Lo primero que encontró fueron fotografías.

No de él.

De otros hombres.

Todos aparecían junto a mujeres distintas.

Algunas imágenes estaban marcadas con fechas.

Otras llevaban notas escritas a mano.

“Sin hijos.”

“Casa propia.”

“Seguro de vida alto.”

Sintió un escalofrío.

Debajo había copias de actas de defunción.

Recortes de periódico.

Y recibos de casas de empeño.

Cada uno correspondía a joyas, relojes o recuerdos familiares que habían pertenecido a distintas viudas y viudos.

Entonces encontró un cuaderno.

En la portada solo decía:

“Plan”.

Lo abrió.

La primera página llevaba la letra de Patricia.

“Julián trabaja fuera casi toda la semana. El muchacho estorba, pero con suficiente presión terminará pidiendo irse a vivir con algún familiar.”

Las manos de Julián comenzaron a temblar.

Pasó otra hoja.

“Cuando Mateo cumpla dieciocho, ya no podrá reclamar nada de Verónica. Hay que convencer a Julián de vender la casa antes.”

Sintió que el aire desaparecía.

La casa.

El seguro.

La herencia que Verónica había dejado para su hijo.

Todo empezaba a tener sentido.

Sacó el teléfono.

No llamó a nadie.

Activó la cámara.

Comenzó a grabar cada documento.

Cada fotografía.

Cada página del cuaderno.

No pensaba volver a tocar nada.

Quería que todo quedara exactamente donde estaba.

En ese momento escuchó la voz de Mateo desde abajo.

—¿Papá?

Guardó el teléfono.

Bajó con la carpeta en las manos.

Su hijo lo miró con miedo.

—¿Encontraste algo?

Julián respiró hondo.

—Sí.

No quiso decirle todavía la verdad.

Porque el muchacho ya había soportado demasiado.

Su teléfono vibró.

Era Patricia.

Respondió.

—¿Ya llegaste? —preguntó ella con una voz demasiado alegre—. Acuérdate de darle de comer al perro y de que Bruno dejó ropa para lavar.

Julián miró a Mateo.

Después observó nuevamente la carpeta.

—Claro.

Respondió con absoluta calma.

—Disfruten Cancún.

Colgó.

Cinco minutos después llamó a un viejo amigo que trabajaba en la Policía de Investigación.

—Necesito que vengas a mi casa.

—¿Qué pasó?

Julián miró por última vez el cuaderno.

—Creo que durante años no estuve casado con una mujer.

Hizo una pausa.

—Creo que estuve viviendo con alguien que llevaba mucho tiempo buscando viudos para quedarse con todo lo que tenían.

Su amigo guardó silencio unos segundos.

Luego respondió:

—No toques nada. Voy para allá.

Cuando Julián terminó la llamada, creyó que ya había descubierto lo peor.

Pero estaba equivocado.

Porque al revisar el fondo de la carpeta encontró un sobre sellado dirigido con su propio nombre.

Lo abrió lentamente.

Dentro había una póliza de seguro de vida recién contratada.

Él aparecía como asegurado.

La beneficiaria era Patricia.

Y la fecha de contratación era apenas… cinco días antes de que él saliera a su último viaje de trabajo.

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