PARTE 2: LAS CÁMARAS OCULTAS.

Diego sintió que el estómago se le revolvía.

La pantalla seguía reproduciendo imágenes.

Mariana y Mauricio salían abrazados del despacho de don Aurelio.

Ella reía mientras sostenía una copa de vino.

—En cuanto ese viejo firme los últimos papeles, Diego ya no nos va a servir para nada.

Mauricio le acarició el rostro.

—Primero hay que asegurarnos de que el abuelo no cambie el testamento.

Don Aurelio apagó el video.

—Eso fue hace nueve meses.

Sacó otra memoria.

—Hay más de cuatrocientas horas de grabación.

Llegaron el doctor Salazar y el licenciado Benjamín Ortega veinte minutos después.

El médico examinó rápidamente al anciano.

—Su estado es mucho mejor de lo que cualquiera imaginaría.

Don Aurelio sonrió con amargura.

—Porque nunca estuve tan incapacitado como ellos creían.

Miró a Diego.

—Los medicamentos que me daban sí me debilitaban, pero dejé de tomarlos hace casi dos años. El doctor Salazar y yo decidimos mantener la farsa.

Diego no podía creer lo que escuchaba.

—¿Todo esto fue una prueba?

—No.

Respondió el anciano.

—Fue la única forma de descubrir quién esperaba mi muerte.

El abogado abrió una carpeta gruesa.

Dentro había copias de escrituras, movimientos bancarios y actas notariales.

—Durante este tiempo también investigamos las finanzas de la familia.

Diego comenzó a revisar los documentos.

Transferencias a cuentas personales.

Préstamos inexistentes.

Facturas falsas.

Viajes pagados con dinero de la empresa.

La cifra total superaba los dieciocho millones de pesos.

—Todo salió del consorcio.

Explicó el abogado.

—Y casi todas las autorizaciones llevan la firma de Mariana.

Diego cerró los ojos.

Cinco años trabajando jornadas dobles.

Cinco años creyendo que ayudaba a levantar la empresa familiar.

Mientras tanto, ellos la vaciaban poco a poco.

Don Aurelio tomó otra memoria.

—Ahora mira esto.

La grabación mostraba la cocina apenas tres días antes.

Mariana guardaba varios frascos dentro de una bolsa.

—¿Todavía hay que darle las pastillas?

Preguntó Mauricio.

—Solo hasta que regresemos de vacaciones.

—¿Y si se muere?

Mariana se encogió de hombros.

—Mejor. Así adelantamos todo.

Diego sintió que las manos comenzaban a temblarle.

No era abandono.

Era algo mucho peor.

El abogado guardó todas las memorias en un sobre sellado.

—Mañana a las ocho presentaré la denuncia por administración fraudulenta, abuso contra persona vulnerable e intento de apropiación indebida del patrimonio.

En ese instante sonó el teléfono de Diego.

Era Mariana.

Contestó.

—¿Ya viste la nota? —preguntó ella riendo—. Espero que el viejo no te haya dado mucha lata.

Diego miró a don Aurelio.

El anciano hizo un leve gesto para que guardara silencio.

—Todo está bien.

Respondió Diego con absoluta calma.

—Disfruten las vacaciones.

Mariana sonrió al otro lado de la llamada.

—Sabía que podía confiar en ti.

Cuando colgó, Diego dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

Creía haber descubierto toda la verdad.

Pero entonces el abogado abrió un último sobre encontrado bajo la cómoda.

Era una póliza de seguro de vida.

El asegurado era Diego Morales.

La beneficiaria principal no era Mariana.

Era Mauricio.

Y la fecha de contratación coincidía exactamente con el viaje de trabajo del que Diego acababa de regresar.

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