—Valeria…
El hombre apenas pudo pronunciar su nombre.
Su voz estaba rota.
Las lágrimas comenzaron a mezclarse con los copos de nieve mientras retiraba con cuidado el hielo del rostro de la joven.
Valeria lo observó con dificultad.
El dolor le nublaba la vista, pero reconocía perfectamente aquellos ojos azules.
Eran los mismos del hombre que aparecía abrazando a su madre en aquella fotografía escondida durante toda su infancia.
—¿Quién… es usted…? —susurró.
El rescatista respiró hondo.
—Ahora no importa. Primero voy a sacar a tu hijo de aquí.
Presionó el comunicador sujeto a su casco.
—Equipo Alfa, necesito extracción inmediata.
Su voz cambió por completo.
Ya no sonaba como la de un simple rescatista.
Sonaba como la de alguien acostumbrado a dar órdenes.
—Tenemos una mujer embarazada de término con traumatismo múltiple, posible fractura de muñeca, costillas comprometidas y riesgo extremo de hipotermia.
Una respuesta llegó inmediatamente.
—Entendido, coronel.
Valeria abrió los ojos con esfuerzo.
Coronel.
El hombre tomó una manta térmica y comenzó a cubrirla cuidadosamente.
—Mírame, Valeria.
Ella obedeció.
—No cierres los ojos.
—Mi… bebé…
Él colocó una mano sobre su vientre.
Esperó unos segundos.
Entonces sonrió por primera vez.
—Sigue luchando.
Valeria rompió a llorar.
—Mauricio… me empujó…
—Lo sé.
Aquella respuesta la desconcertó.
—¿Cómo…?
El coronel no respondió.
Simplemente ajustó el arnés alrededor de su cuerpo.
El helicóptero descendió unos metros más mientras otro rescatista llegaba con una camilla especial para montaña.
—Con cuidado —ordenó el coronel—. Hay desprendimiento de placenta como posibilidad.
Valeria sintió una contracción mucho más intensa que las anteriores.
Gritó.
El coronel tomó su mano.
—Respira.
—No… quiero… que… muera…
—No va a morir.
Otra contracción.
Más fuerte.
El médico del equipo descendió por el cable.
Bastó una mirada para comprender la gravedad.
—Está entrando en trabajo de parto.
El viento aumentó violentamente.
El piloto habló por radio.
—Coronel, la tormenta empeora. Debemos salir ya.
El médico negó con la cabeza.
—No llegará al hospital si esperamos.
Todos quedaron en silencio.
Solo existían dos opciones.
Intentar despegar inmediatamente.
O atender un parto de emergencia colgados sobre un barranco cubierto de hielo.
El coronel tomó la decisión sin vacilar.
—Subimos ahora.
La aseguraron a la camilla.
Mientras el cable comenzaba a elevarlos, Valeria perdió momentáneamente el conocimiento.
Cuando abrió nuevamente los ojos, las luces blancas del helicóptero iluminaban el interior de la cabina.
El médico realizaba una ecografía portátil.
Su expresión era seria.
—El bebé tiene latido.
El coronel permanecía sentado frente a ella sin apartar la vista.
Llevaba el uniforme de vuelo abierto sobre un chaleco táctico con varias condecoraciones militares.
No era un rescatista cualquiera.
Valeria reunió fuerzas.
—¿Por qué… sabía… mi nombre?
Él tardó varios segundos en responder.
Finalmente sacó una vieja fotografía plastificada del bolsillo interior de su chamarra.
Era exactamente la misma imagen que su madre escondía dentro del recetario.
Solo que esta copia estaba perfectamente conservada.
En ella aparecía el hombre abrazando a una joven embarazada.
Aquella joven era su madre.
—Se llamaba Isabel.
Valeria sintió que el corazón se detenía.
—Era… mi mamá.
El coronel asintió.
—El amor de mi vida.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Ella… decía… que usted… había muerto.
El hombre cerró los ojos.
—Eso fue lo que le hicieron creer.
El médico interrumpió.
—Coronel, necesitamos aterrizar en menos de quince minutos.
Él asintió sin dejar de mirar a Valeria.
—Escúchame bien.
—No puedes hablar mucho.
—Necesitas saber esto antes de entrar a cirugía.
Valeria respiraba con dificultad.
—Hace treinta y un años yo era capitán del Ejército.
—Tu madre era periodista.
—Nos enamoramos.
Una nueva contracción obligó a detener la conversación.
El médico administró oxígeno.
Cuando el dolor disminuyó un poco, el coronel continuó.
—Una noche desapareció.
—La busqué durante meses.
—Después recibí una carta donde ella aseguraba que ya no quería volver a verme.
Valeria negó lentamente.
—Mi mamá… nunca escribió… esa carta.
—Lo sé.
Él sacó un sobre amarillento.
—La analicé años después.
—La firma era falsa.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Quién…?
—Nunca logré descubrirlo.
El piloto anunció el inicio del descenso.
Las luces de Toluca aparecieron entre la tormenta.
El médico volvió a revisar al bebé.
Su expresión cambió.
—Tenemos sufrimiento fetal.
El coronel tomó nuevamente la mano de Valeria.
—Resiste.
—No… me deje…
—No pienso hacerlo.

Ella respiró profundamente.
—¿Usted… quién… es… para mí?
El hombre permaneció en silencio.
Después respondió con la voz completamente quebrada.
—Eso dependerá de una prueba que debí pedir hace treinta años.
Valeria comprendió antes de que terminara la frase.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Usted cree…?
Él asintió muy despacio.
—Creo que soy tu padre.
El helicóptero aterrizó sobre la plataforma del Hospital Central Militar.
Un equipo completo esperaba junto a la pista.
Médicos, ginecólogos, traumatólogos y anestesistas rodearon inmediatamente la camilla.
Mientras corrían hacia el quirófano, una enfermera entregó al coronel un teléfono satelital.
—Señor, debe contestar.
Él observó la pantalla.
La llamada provenía del director nacional de inteligencia financiera.
Respondió.
—Habla el coronel Alejandro Fuentes.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión se volvió completamente fría.
—¿Está confirmado?
La voz al otro lado respondió con firmeza.
—Sí, coronel.
—Hace cuarenta minutos Mauricio Cárdenas intentó cobrar anticipadamente la póliza de cincuenta millones.
Alejandro cerró el puño.
—Congelen todas sus cuentas.
—Ya lo hicimos.
—Hay algo más.
—¿Qué ocurre?
La respuesta lo dejó inmóvil.
—La funeraria acaba de informar que el cuerpo de Valeria llegará dentro de una hora.
El coronel frunció el ceño.
—¿Qué cuerpo?
—El que su esposo identificó hace veinte minutos.
Alejandro sintió un vacío en el estómago.
—Eso es imposible.
—Lo sabemos.
—Pero Mauricio ya firmó el acta de reconocimiento.
—Y convocó a la prensa.
Alejandro levantó lentamente la vista hacia las puertas del quirófano.
Dentro, Valeria luchaba por sobrevivir junto a su hijo.
Fuera del hospital, su esposo ya organizaba un funeral con un ataúd que aseguraba contener el cuerpo de su esposa.
Entonces el investigador añadió una última frase:
—Coronel… la mujer que Mauricio presentó como fallecida no es una desconocida. Es alguien a quien asesinaron para que todos crean que Valeria ya está muerta.