El estudio quedó completamente en silencio.
Vanessa seguía fingiendo lágrimas.
Ethan me observaba con esa expresión de superioridad que conocía demasiado bien.
—Emily —repitió—. Discúlpate con Vanessa.
Miré alrededor.
Mis alumnos habían dejado los pinceles sobre las mesas.
Todos esperaban que, como siempre, yo terminara cediendo.
Sonreí por primera vez en mucho tiempo.
—No.
Solo una palabra.
Pero fue suficiente para que Ethan frunciera el ceño.
—¿Qué has dicho?
Abrí la carpeta azul que tenía entre las manos.
Saqué un documento y lo coloqué frente a él.
—He vendido el estudio.
Vanessa dejó de llorar.
—¿Qué?
—La operación se firmó esta mañana. En dos semanas este local ya no me pertenece.
Ethan soltó una risa.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Volver con tus padres?
Negué despacio.
—Me voy de la ciudad.
Él cruzó los brazos.
—No durarás un mes. Siempre vuelves.
Aquella frase confirmó que nunca me había amado.
Solo estaba convencido de que yo jamás tendría el valor de irme.
Saqué otro documento.
Era el contrato de mi nueva galería.
Una de las más importantes del país.
Vanessa leyó el nombre impreso en la primera página.
Su expresión cambió de inmediato.
—Ethan…
Él también lo vio.
Y el color desapareció de su rostro.
En la parte inferior del contrato aparecía una firma perfectamente reconocible.
Alexander Blackwood.
Su hermano mayor.
El mismo hombre con quien Ethan llevaba años compitiendo.
El heredero que siempre obtenía mejores resultados.

El empresario al que toda la familia comparaba con él desde la infancia.
—No… —murmuró Ethan.
Lo miré con tranquilidad.
—Hace tres meses vio una de mis exposiciones.
—Eso es imposible.
—Me ofreció dirigir el programa artístico de su fundación en Londres.
Vanessa abrió mucho los ojos.
—¿Londres?
—Acepté esta mañana.
Ethan dio un paso hacia mí.
—¿Desde cuándo hablas con Alexander?
—Desde hace ocho meses.
Su mandíbula se tensó.
—¿Me estabas engañando?
No pude evitar sonreír.
—No.
Lo miré directamente a los ojos.
—La diferencia es que él siempre habló conmigo delante de todo el mundo. Nunca tuvo que esconder una sola conversación.
El silencio fue insoportable.
Mis alumnos seguían observando.
Nadie se movía.
Ethan respiró hondo.
—Voy a llamar a mi hermano.
—Hazlo.
Marcó inmediatamente.
La llamada entró al primer tono.
Activó el altavoz.
—Alexander…
Antes de que pudiera continuar, la voz al otro lado respondió con absoluta tranquilidad.
—Imagino que ya conociste a Emily.
Ethan apretó el teléfono.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Hubo unos segundos de silencio.
Después llegó la respuesta que terminó de romper todo.
—Porque quería asegurarme de que, por una vez en tu vida, perdieras algo únicamente por la forma en que trataste a otra persona.