Sebastián se puso de pie sin apartar la vista de la pantalla.
La camioneta blanca aparecía con suficiente claridad para distinguir una parte de la matrícula.
—Amplíala.
Tomás trabajó unos segundos sobre la imagen.
—Ya la tengo. También el logotipo de una empresa de mantenimiento.
Sebastián tomó su teléfono.
—Encuéntrenla antes que la policía.
Uno de sus escoltas dudó.
—Patrón… eso puede traer problemas.
—Los problemas ya empezaron cuando se llevaron a la mamá de esa niña.
Mientras sus hombres salían, Abril seguía acomodando las rebanadas de manzana sobre el plato.
—¿Mi mamá tarda mucho?
Sebastián sintió un nudo en la garganta.
—No. Va a necesitar un poco de ayuda para regresar.
La niña sonrió.
—Ella siempre regresa.
Aquella confianza le dolió más que cualquier amenaza que hubiera recibido en su vida.
Una hora después, Tomás volvió con información.
—La camioneta pertenece a una empresa fantasma. Pero encontramos algo más.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había contratos de desalojo firmados por decenas de familias.
Todos llevaban el mismo nombre.
Nicanor Funes.
También aparecían denuncias archivadas, fotografías de edificios abandonados y varias transferencias bancarias.
—Mariela Mendoza reunió estas pruebas —explicó Tomás—. Si las entregaba, Funes perdía todo.
Sebastián comprendió inmediatamente por qué la habían secuestrado.
No era por dinero.
Era para recuperar aquella evidencia.
En ese momento sonó el teléfono de Abril.
La pantalla mostraba un número desconocido.
La niña respondió ilusionada.
—¿Mamá?
Del otro lado solo hubo una respiración.
Después una voz masculina habló lentamente.
—Si quieres volver a verla, dile al señor que deje de buscar.
La llamada terminó.
Abril abrazó con fuerza su oso de peluche.

—Era ella…
Sebastián negó con la cabeza.
—No.
—Pero escuché…
—Escuchaste a alguien que quiere asustarte.
La pequeña empezó a temblar.
Él hizo algo que ninguno de sus hombres había visto jamás.
Se quitó el reloj, el único recuerdo que conservaba de su madre, y lo colocó en la pequeña muñeca de Abril.
—Te voy a prestar esto.
—Es muy bonito.
—Y muy valioso.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Por qué me lo das?
Sebastián respiró despacio.
—Porque cuando una persona promete proteger a alguien… debe dejar claro que piensa cumplirlo.
Abril cerró la mano alrededor del reloj.
—Entonces… ¿ya no tengo que buscar quién quiera adoptarme?
Él sintió que la garganta se le cerraba.
Se agachó hasta quedar a su altura.
—No.
Le acomodó con cuidado la trenza deshecha.
—Ahora soy yo quien va a asegurarme de que nunca más tengas que hacerle esa pregunta a nadie.
En ese instante, el teléfono de Tomás volvió a sonar.
Escuchó apenas unas palabras antes de levantar la vista.
Su expresión cambió por completo.
—Patrón…
—¿Qué pasó?
—Encontramos a Mariela.
Sebastián sintió un breve alivio.
Pero desapareció cuando Tomás terminó la frase.
—Está viva… pero pidió que usted no llame a la policía. Dice que, si lo hace, van a matar a otros seis niños que siguen encerrados en el mismo lugar.