PARTE 2: La Caja de Tomás.

Elena se quedó inmóvil con la mano sobre el viejo cierre de la caja.

La figura dio un paso hacia la luz de la entrada y el rostro de Julián apareció entre las sombras.

Tenía algunas canas en las sienes, ropa cara y un reloj que valía más de lo que Elena había visto en once años.

Pero sus ojos seguían huyendo de los de ella.

—Te advertí que nunca volvieras —murmuró.

Elena sonrió con una calma que lo desconcertó.

—Tú me advertiste muchas cosas antes de dejar que me encerraran.

Julián tragó saliva.

—No entiendes lo que pasó.

—Lo entendí perfectamente el día que confesé un crimen que no cometí para salvarte.

El silencio pesó entre ambos.

El perro callejero apareció detrás de Elena y comenzó a gruñir.

Julián miró la caja con desesperación.

—Entrégamela.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que contiene.

Elena levantó lentamente la tapa.

El olor a humedad escapó de la madera.

Dentro había un cuaderno de cuero, varios sobres sellados y una pequeña bolsa de tela.

Sobre la primera página del cuaderno, la letra inconfundible de su abuelo decía:

“Si estás leyendo esto, significa que la verdad ya no puede seguir enterrada.”

Las manos de Elena comenzaron a temblar.

Julián dio otro paso.

—No leas eso.

Ella ignoró la orden.

Las primeras líneas hablaban de una vieja mina abandonada, de contratos falsificados y de una deuda millonaria que varias familias poderosas del pueblo habían ocultado durante décadas.

Después apareció un nombre.

Elvira Morales.

Su propia madre.

Elena levantó la vista lentamente.

—Mamá sabía todo…

Julián cerró los ojos.

—No era tan sencillo.

Ella siguió leyendo.

El cuaderno describía cómo Tomás había descubierto que varios terrenos habían sido robados mediante documentos falsos y cómo alguien estaba dispuesto a matar para impedir que aquella información saliera a la luz.

En uno de los sobres había fotografías antiguas.

En otra carpeta aparecía una copia de la denuncia que Tomás jamás alcanzó a presentar.

Y al fondo de la caja, cuidadosamente envuelta en un pañuelo, descansaba una memoria USB.

Julián perdió completamente el color del rostro.

—Si conectas eso… destruirás a toda la familia.

Antes de que Elena pudiera responder, un disparo resonó afuera de la cueva.

La bala impactó la roca, a pocos centímetros de su cabeza.

Alguien más había llegado.

Y no pensaba dejar que esa caja saliera de la montaña.

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