PARTE 2: La Escritura Olvidada.

Don Aurelio dejó caer la carpeta sobre su escritorio.

—¿Cómo que la viuda sigue viva?

El abogado respiró hondo.

—Hace treinta y dos años su esposo compró legalmente ese terreno.

—La compraventa posterior nunca se inscribió porque faltaba la firma de la esposa.

El rostro del empresario perdió el color.

—¿Quién es esa mujer?

El abogado abrió lentamente el expediente.

—Guadalupe Ortega.

En la vieja casa abandonada, Carmen acompañó a Guadalupe hasta el despacho de un abogado del pueblo.

El hombre acomodó sus lentes y abrió con cuidado el sobre amarillento.

Después de leer la primera hoja, levantó la vista sorprendido.

—Señora…

—¿Sabe lo que tiene aquí?

Guadalupe negó con timidez.

—Pensé que eran papeles viejos de mi esposo.

El abogado respiró profundamente.

—No.

—Es la escritura original de un terreno industrial de más de veinte hectáreas.

Guadalupe frunció el ceño.

—Pero nosotros nunca tuvimos dinero.

—Precisamente por eso su esposo nunca quiso vender sin garantías.

El abogado continuó revisando los documentos.

Cada página llevaba sellos oficiales, firmas y certificados notariales.

Al final encontró una cláusula decisiva.

La venta solo sería válida con la firma de ambos propietarios.

La firma de Guadalupe jamás aparecía.

El abogado levantó la cabeza.

—Legalmente, usted sigue siendo copropietaria.

En ese mismo instante sonó su teléfono.

Era un número desconocido.

—¿Señora Guadalupe?

—Habla Aurelio Salinas.

—Creo que podemos llegar a un acuerdo muy conveniente.

Guadalupe recordó las tres llamadas rechazadas por su hijo.

Recordó el colchón húmedo.

El agua sucia.

La casa sin luz.

Y el momento en que Ramiro arrancó el automóvil sin despedirse.

—Se equivocó de persona.

Colgó sin escuchar una palabra más.

Dos horas después, el teléfono volvió a sonar.

Esta vez era Ramiro.

Después de varios intentos bloqueados, había conseguido otro número.

—Mamá…

—Perdóname.

—Necesito hablar contigo.

Guadalupe permaneció en silencio.

—¿Cómo supiste dónde estoy?

Ramiro tardó unos segundos en responder.

—El papá de Mariana…

—Necesita resolver un asunto contigo.

Los ojos de Guadalupe se llenaron de lágrimas.

No por tristeza.

Sino porque por primera vez entendió que su hijo no la estaba buscando por amor.

La estaba buscando por interés.

Miró la vieja escritura entre sus manos.

Luego sonrió con una serenidad que jamás había sentido.

—Ramiro…

—El día que me dejaste sola en aquella casa en ruinas, dejé de ser la madre que siempre te perdonaba.

Y colgó el teléfono.

Al otro lado de la ciudad, Don Aurelio observó cómo el valor de su imperio comenzaba a derrumbarse con una sola firma que durante décadas creyó inexistente.

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