PARTE 2: LA CIFRA QUE LO CAMBIÓ TODO.

Teresa terminó la sopa sin decir una sola palabra.

Mauricio interpretó aquel silencio como una victoria.

Sonrió con suficiencia y me lanzó una mirada de reproche.

—¿Ves? Hasta mi mamá se da cuenta de que exageras con el dinero.

En ese momento volvió a sonar el timbre.

Un repartidor apareció cargando tres enormes bolsas con cajas de mariscos.

—¿Pedido para Mauricio Hernández?

Él levantó la mano.

—Aquí.

El hombre consultó su terminal.

—Son nueve mil cuatrocientos sesenta pesos.

Fruncí el ceño.

—Suegra, esa comida no la pedí yo.

Mauricio soltó una carcajada.

—No te hagas.

—Seguro ahora quieres quedar bien diciendo que no sabías.

El repartidor esperaba.

Teresa observaba en silencio.

Mauricio caminó directamente hacia mi bolso.

—Pásame tu tarjeta.

No respondí.

Metió la mano dentro de mi bolsa buscando la cartera.

La saqué antes de que pudiera tocarla.

—No.

Su expresión cambió por completo.

—¡Qué egoísta eres!

—Es comida para la familia.

—Ni siquiera quieres pagar una comida cuando mi mamá vino a visitarnos.

No discutí.

Simplemente di un paso hacia atrás.

Teresa dejó lentamente la cuchara sobre el plato.

Miró primero las bolsas.

Luego a su hijo.

Finalmente habló con una tranquilidad inesperada.

—Nueve mil cuatrocientos sesenta pesos…

Mauricio asintió.

—Sí, mamá.

—Un buen restaurante cuesta eso.

Ella negó lentamente.

—No.

—Eso cuesta exactamente el adelanto de la mensualidad del crédito que saqué hace dos meses para pagar tus deudas.

El silencio fue absoluto.

Mauricio abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

Teresa sacó un sobre de su bolso.

Dentro había estados de cuenta, recibos bancarios y un contrato firmado.

—Debías ciento ochenta mil pesos en tarjetas de crédito.

—Lloraste diciendo que Daniela nunca debía enterarse.

—Me juraste que dejarías de comprar cosas inútiles.

Mauricio empezó a sudar.

—Mamá… yo…

Ella lo interrumpió.

—Vendí las joyas que me dejó tu padre para ayudarte.

—Y hoy descubro que sigues gastando como si el dinero creciera en los árboles.

El repartidor permanecía inmóvil sin entender la escena.

Teresa tomó las bolsas de mariscos y se las devolvió.

—Lléveselas.

—Este pedido no se recibe.

Luego miró directamente a Daniela.

—Ahora entiendo por qué el refrigerador estaba vacío.

Respiró profundamente.

—No era porque mi nuera fuera mala administrando.

—Era porque mi hijo estaba arruinando esta casa.

Mauricio intentó acercarse.

—Mamá, puedo explicarlo.

Teresa dio un paso atrás.

Su voz sonó más dura que nunca.

—No.

—Primero vas a devolverle hasta el último peso que le quitaste.

—Y después me vas a decir exactamente dónde desaparecieron los otros trescientos mil pesos que nunca aparecieron en tus cuentas.

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