PARTE 2: LA FIRMA FALSIFICADA.

El auditorio quedó completamente en silencio.

Lorena levantó la carpeta con una sonrisa de triunfo.

—Todos los derechos de Medianoche en Guadalajara pertenecen a mi empresa.

Mi padre evitó mirarme.

No podía sostenerme la vista.

Tomé la primera hoja entre mis manos.

Solo necesité dos segundos.

Después levanté la cabeza.

—Papá.

Su cuerpo se tensó.

—¿Qué?

Le mostré la firma impresa al pie del contrato.

—Esta firma es tuya.

Lorena soltó una carcajada.

—No inventes tonterías.

Respiré con calma.

—No dije que fuera tu firma.

—Dije que él la falsificó.

Todo el auditorio comenzó a murmurar.

Mi padre tragó saliva.

Lorena perdió parte de su sonrisa.

—¿Tienes pruebas?

Saqué mi teléfono.

—Claro.

Conecté mi computadora al proyector.

La imagen del supuesto contrato desapareció.

En la pantalla apareció una carpeta llena de archivos.

—Hace dos años registré legalmente mi marca, mi logotipo, mi voz y todos los contenidos del canal.

Abrí el primer documento.

Certificado del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial.

Luego el segundo.

Registro de derechos de autor.

Después el tercero.

Los contratos originales con la plataforma.

Todos llevaban mi nombre.

Todos estaban fechados muchos meses antes que el documento de Lorena.

El director del colegio abrió los ojos.

—Esto cambia completamente la situación.

Yo aún no había terminado.

Abrí un video.

Era una grabación de la cámara de seguridad instalada frente a mi departamento.

La fecha aparecía en la esquina superior.

En la imagen podía verse a mi padre entrando con unas llaves que nunca devolvió después del divorcio.

Permaneció dentro casi cuarenta minutos.

Cuando salió llevaba exactamente la misma carpeta azul que ahora sostenía Lorena.

El auditorio estalló en murmullos.

Mi padre quedó completamente pálido.

—Valeria… puedo explicarlo.

Negué con la cabeza.

—Todavía falta lo mejor.

Abrí otro archivo.

Era el informe de un perito grafoscópico contratado semanas atrás, cuando descubrí que alguien había intentado registrar mi marca sin autorización.

El especialista concluía que la firma del contrato presentado por Lorena era una imitación realizada utilizando documentos personales de mi padre.

Todos volvieron la mirada hacia él.

Lorena dio un paso atrás.

—No sabía nada de eso.

Mi padre cerró los ojos.

Por primera vez comprendió que ya no podía ocultarse detrás de nadie.

En ese instante se abrieron las puertas del auditorio.

Entraron dos agentes de la Policía de Investigación acompañados por una actuaria judicial.

Uno de ellos levantó una carpeta.

—¿Señor Ricardo Montes?

—Traemos una orden relacionada con una denuncia por falsificación de firma, tentativa de fraude y apropiación indebida de derechos de propiedad intelectual.

Mi padre sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Y entendió que la hija a la que ambos habían abandonado ya no necesitaba que la defendiera nadie.

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