Arturo llegó a la casa a las seis y veinte de la tarde.
Lo primero que vio fue el anillo.
Seguía exactamente donde lo había dejado.
A un lado descansaba el informe médico con el sello del Hospital Ángeles.
Brenda entró detrás de él con varias bolsas de compras.
—¿Ya se le pasó el berrinche?
Arturo tomó el documento.
Mientras leía las palabras “quemaduras de segundo grado compatibles con agresión por líquido caliente”, su expresión dejó de ser arrogante.
Por primera vez apareció una sombra de preocupación.
No por mí.
Por él.
—¿Fue a un hospital?
Brenda dejó las bolsas sobre la barra.
—¿Y qué?
—Seguro solo quiere asustarte.
Arturo sacó inmediatamente el teléfono.
Me llamó.
Rechacé la llamada.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Entonces apareció un mensaje.
—Elena, deja de hacer tonterías.
Otro.
—Regresa y hablamos como adultos.
Después otro.
—No vas a destruir ocho años de matrimonio por una discusión.
No respondí.
Estaba sentada en el despacho de Victoria Salgado.
Mi abogada revisaba uno por uno los documentos que había llevado.
Sobre la mesa descansaban el parte médico, las fotografías de mis quemaduras y un grueso informe financiero.
Victoria cerró lentamente la última carpeta.
—Ya no hay vuelta atrás.
Asentí.
—Lo sé.
Ella deslizó otro documento hacia mí.
—Fírmalo.
Era la solicitud de medidas de protección.
La firmé sin dudar.
Luego tomó otra carpeta.
—Ahora viene la parte que Arturo nunca imaginó.
Abrió el informe del contador forense.
Las primeras páginas mostraban decenas de transferencias.
Empresas fantasma.
Facturas infladas.
Préstamos inexistentes.
Todo terminaba en el mismo lugar.
Una empresa creada por Brenda hacía apenas ocho meses.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Cuánto intentaron sacar?
Victoria respiró profundamente.
—Hasta ahora comprobamos más de veintiséis millones de pesos.
Cerré los ojos.
Mi padre había construido aquella financiera durante treinta años.
Arturo creyó que podía vaciarla poco a poco sin que nadie lo notara.
No sabía que seis meses antes yo ya había empezado una auditoría secreta.
Al mismo tiempo, Arturo decidió hacer exactamente lo que siempre hacía cuando tenía problemas.
Fue al banco.
Entró directamente al área preferente.
Conocía a varios empleados.
Sonreía.
Saludaba.
Se sentó frente al gerente.
—Necesito hacer una transferencia urgente.
El hombre introdujo los datos de la cuenta.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Lo siento, señor.
—No será posible.
Arturo frunció el ceño.
—¿Por qué?
El gerente volvió a revisar la pantalla.
—Todas sus autorizaciones fueron canceladas esta tarde.
—¿Qué autorizaciones?
—Las relacionadas con las empresas de la señora Elena Serrano.
Arturo soltó una risa.
—Debe tratarse de un error.
—Soy el director operativo.
El gerente negó lentamente.
—Era.
—A las catorce horas con diecisiete minutos llegó una notificación notarial.
Sacó una copia.
—Usted fue removido de todos los cargos administrativos.
Brenda dio un paso al frente.
—Entonces use la cuenta conjunta.
El gerente escribió nuevamente.
Después levantó la vista.
—También fue bloqueada.
Arturo comenzó a perder la paciencia.
—¡Llamen al corporativo!
El gerente tragó saliva.
—Ya lo hicimos.
—La instrucción vino directamente del consejo de administración.
Arturo sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué consejo?
El hombre lo observó sorprendido.
—El mismo consejo que controla Financiera Serrano desde hace treinta años.
Brenda abrió mucho los ojos.
—¿Qué financiera?
El gerente pareció confundido.
—¿No lo sabía?
Miró nuevamente la pantalla.
—La señora Elena Serrano es la accionista mayoritaria del grupo.

El silencio fue absoluto.
Brenda giró lentamente hacia su hermano.
—Me dijiste que ella solo tenía una pequeña agencia de diseño.
Arturo no respondió.
Porque él también lo había creído.
O eso pensaba.
Esa noche recibí una llamada.
Era el director de seguridad de la empresa.
—Señora Serrano.
—Acabamos de detectar algo.
Miré a Victoria.
—¿Qué ocurrió?
—El señor Arturo intentó ingresar hace veinte minutos al edificio corporativo.
—Cuando el sistema rechazó su huella…
Hizo una breve pausa.
—Intentó entrar usando la tarjeta de acceso de otro empleado.
Victoria sonrió apenas.
—¿Lo consiguieron detener?
—No.
—Porque salió corriendo antes de que llegara seguridad.
Colgué lentamente.
Pensé que aquello era lo peor.
Me equivocaba.
Cinco minutos después, el teléfono volvió a sonar.
Era el contador forense.
Su voz sonaba completamente distinta.
—Señora Serrano…
—Mientras revisábamos los servidores encontramos una carpeta oculta.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué contiene?
Guardó silencio unos segundos.
—No son documentos financieros.
—Son videos.
Fruncí el ceño.
—¿Videos de qué?
El hombre respiró profundamente antes de responder.
—Del sistema de cámaras de seguridad de su casa.
Mi corazón dejó de latir por un instante.
—¿Y qué muestran?
La respuesta llegó en apenas una frase.
—Muestran que el café hirviendo no fue el primer intento de Arturo para hacer que usted pareciera un accidente doméstico.