Mariana colgó la llamada sin esperar respuesta.
Los niños seguían en la entrada, ajenos al caos que los adultos habían creado alrededor de ellos.
Marcó al DIF.
Con voz firme explicó que dos menores habían sido abandonados en su domicilio sin su consentimiento y que los responsables habían ignorado su petición de regresar.
La operadora le pidió esperar unos minutos antes de iniciar el protocolo.
Diecisiete minutos después, sonó nuevamente su teléfono.
Era Javier.
Respiraba con dificultad.
—¿Qué hiciste?
—Cumplir lo que te advertí.
—¡Tuve que salir de la reunión! Los inversionistas estaban entrando cuando me llamó Recursos Humanos diciendo que había una denuncia relacionada con mis sobrinos.
—No es mi denuncia la que te metió en problemas. Fueron tus decisiones.
Javier guardó silencio.
Por primera vez en años, no encontró una excusa.
Media hora después apareció en el departamento junto con Lorena.
Ella entró furiosa.
—¡Arruinaste mi primer día!
Mariana tomó la maleta que seguía junto a la puerta.
—No. Tú arruinaste tu primer día cuando abandonaste a tus hijos esperando que yo renunciara a mi vida.
Javier intentó intervenir.
—Hablemos con calma.
—Perfecto. Primero explícame por qué nunca me preguntaste si estaba de acuerdo.
Nadie respondió.
Lorena terminó llevándose a los niños mientras lanzaba insultos desde el elevador.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, el departamento quedó en un silencio extraño.
Mariana respiró profundamente.

Todavía tenía tiempo para alcanzar el vuelo.
Fue a tomar las llaves del automóvil y, al abrir el cajón donde las guardaban, encontró una carpeta bancaria que nunca había visto.
Pensó que pertenecía al seguro del coche.
La abrió distraídamente.
Pero el primer documento la dejó inmóvil.
Era un contrato de financiamiento.
El vehículo que Javier siempre había presumido como completamente pagado todavía debía más de seiscientos mil pesos.
Lo peor no era la deuda.
Lo peor era que la solicitud del crédito llevaba su firma.
Una firma que ella jamás había puesto.
Mientras leía la última página, una notificación llegó al correo electrónico.
El banco acababa de informarle que el siguiente pago había sido rechazado por falta de fondos.
Y, si no se cubría antes de cuarenta y ocho horas, iniciarían acciones legales contra ambos.
Mariana comprendió que el viaje ya no era el verdadero problema.
Su propio esposo acababa de convertirla en responsable de un fraude.