PARTE 2: LA ORDEN DE DESALOJO.

Nadie habló durante varios segundos.

El silencio era tan pesado que hasta el reloj de la cocina parecía sonar más fuerte.

Arturo fue el primero en reaccionar.

Soltó una carcajada y empujó la escritura hacia mí.

—Un papel no cambia nada. Llevamos viviendo aquí más de cuatro años. Esta también es nuestra casa.

Lo miré sin pestañear.

—No. Es mi casa. Y esta noche dejaron de ser invitados para convertirse en personas que entraron en conflicto con la propietaria.

Teresa golpeó la mesa.

—¡Qué vergüenza! ¿Vas a echar a unos ancianos a la calle?

—¿Como ustedes hicieron con una menor de dieciséis años hace menos de una hora?

No respondió.

Valeria seguía abrazando su mochila.

Su mirada ya no buscaba a sus abuelos.

Buscaba a su padre.

—Papá… solo dime una cosa.

Mauricio levantó lentamente la cabeza.

—¿Elegiste que Camila se quedara con mi cuarto?

Él tardó demasiado en contestar.

—Pensé que sería solo por unos días.

Valeria sonrió con una tristeza que jamás le había visto.

—Entonces también pensaste que yo podía dormir en la banqueta.

Las palabras cayeron como piedras.

Mauricio bajó la vista otra vez.

Doña Lupita dio un paso adelante.

—Yo vi a la niña sola con sus bolsas. Si hace falta declarar, declararé.

Arturo comenzó a perder la paciencia.

—Nadie nos va a sacar.

Saqué el teléfono.

Marqué al abogado que había administrado la herencia de mi padre durante años.

Contestó al segundo tono.

—Licenciado Ortega, necesito que venga a mi domicilio. Quiero iniciar un desalojo inmediato por abuso de confianza y dejar constancia de que una menor fue expulsada de su habitación.

El rostro de Mauricio cambió de color.

—Carolina… espera.

—Esperé veinte minutos mientras nuestra hija lloraba en una banqueta.

Ahora me toca actuar.

Colgué.

Cinco minutos después sonó otro teléfono.

No era el mío.

Era el de Mauricio.

Respondió confundido.

Solo alcanzó a decir dos palabras.

—¿Cómo que… suspendido?

Su jefe acababa de informarle que Recursos Humanos había recibido una denuncia relacionada con un posible conflicto familiar ocurrido esa madrugada y que, mientras investigaban los hechos, el ascenso quedaba congelado.

Arturo me señaló con un dedo tembloroso.

—¡Tú hiciste esto!

Negué con calma.

—No.

Quien destruyó esa oportunidad fue el hombre que permitió que su hija fuera expulsada de su propia casa.

Y aquello apenas era la primera consecuencia.

Porque mientras todos discutían en la sala, el licenciado Ortega acababa de enviarme un mensaje con una fotografía de un documento que ninguno de ellos sabía que existía.

Un documento firmado por Mauricio… que podía hacerlos perder mucho más que un lugar donde vivir.

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