Rodrigo llegó al Hospital Santa Clara poco antes del mediodía.
Entró sin saludar a nadie, convencido de que bastaría una llamada para recuperar el control.
Encontró a Camila sentada junto a la cama de Sofía.
La niña dormía con la respiración mucho más estable que unas horas antes.
Sobre la mesa había varias cajas de Aurelina con el sello de Grupo Monteverde.
Rodrigo se quedó inmóvil.
—¿Quién autorizó esto?
Camila levantó la vista.
—El propietario de las licencias.
Él soltó una risa incrédula.
—Eso es imposible. Yo negocio directamente con ellos desde hace años.
En ese instante apareció el doctor Martín Salazar acompañado por dos abogados y un auditor farmacéutico.
—Señor Rodrigo Varela —dijo con absoluta serenidad—. Desde este momento queda suspendido de cualquier decisión relacionada con la distribución de medicamentos sujetos a licencia de Grupo Monteverde.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Quién dio esa orden?
Martín señaló discretamente a Camila.
—La representante legal de la familia Monteverde.
El color abandonó el rostro de Rodrigo.
—¿Qué acabas de decir?
Camila respiró hondo.
—Mi padre nunca fue un investigador retirado.

Fue el fundador de Grupo Monteverde.
Cuando nos casamos, renuncié a cualquier cargo porque creí que una familia valía más que una empresa.
Mi error fue pensar que tú también lo creías.
Rodrigo retrocedió un paso.
—Nunca me dijiste…
—Nunca preguntaste.
Siempre asumiste que el dinero, las influencias y el poder venían de ti.
Los abogados colocaron una carpeta sobre la mesa.
Dentro había un informe con cada lote de medicamentos reasignado por orden directa de Rodrigo durante los últimos tres años.
Varios habían terminado beneficiando a clínicas vinculadas con Paloma.
El auditor cerró la carpeta lentamente.
—Esto será revisado por la autoridad sanitaria.
Si se confirma un conflicto de interés, podrían retirarle todas las autorizaciones comerciales.
Rodrigo empezó a sudar.
Sacó el teléfono para llamar a Paloma.
Ella rechazó la llamada.
Volvió a intentarlo.
Otra vez.
Nada.
Un minuto después recibió un mensaje.
“He salido de la casa. No pienso enfrentar una investigación contigo.”
Rodrigo quedó mirando la pantalla sin poder creerlo.
La mujer por la que había puesto en riesgo la vida de su hija acababa de abandonarlo en el primer momento difícil.
Camila ni siquiera sonrió.
Solo tomó la mano de Sofía cuando la pequeña abrió los ojos.
—¿Mamá… ya no me quitarán mi medicina?
Camila besó su frente.
—Nunca más.
Pero mientras abrazaba a su hija, uno de los abogados recibió una llamada urgente.
Al escuchar las primeras palabras, levantó la mirada hacia Camila.
—Hay algo más.
Acaban de encontrar documentos que demuestran que el señor Varela utilizó la empresa para desviar medicamentos mucho antes de lo que imaginábamos.