PARTE 2 – LA HERMANA QUE NUNCA MURIÓ

Sentí que las piernas dejaban de responder.

Apoyé una mano contra la pared para no caer.

Al otro lado de la puerta, Daniel seguía hablando en voz baja.

—Lo sé.

—Pero ya empezó a hacer preguntas.

El silencio duró unos segundos.

Después volvió a escucharse la voz femenina.

—Entonces acelera el tratamiento.

Mi corazón se detuvo.

¿Tratamiento?

Daniel respiró profundamente.

—No quiero hacerle daño.

—Solo necesito tiempo.

La mujer respondió con frialdad.

—Hace doce años prometiste proteger a mi hija.

—No a Clara.

Sentí un zumbido en los oídos.

Mi hermana.

Mi hermana Sofía.

La misma a la que todos lloramos.

La misma cuyo ataúd enterramos bajo una lluvia interminable.

Daniel volvió a hablar.

—No pienso abandonar a Clara.

—Ella también es mi familia.

La voz respondió inmediatamente.

—Entonces decide cuál de las dos familias vas a salvar.

No escuché nada más.

Retrocedí en silencio hasta la habitación.

Me acosté.

Cerré los ojos.

Cuando Daniel regresó veinte minutos después, fingí seguir dormida.

Me besó la frente.

—Te amo.

Aquellas palabras ya no significaban nada.


A la mañana siguiente esperé a que saliera de casa.

En cuanto escuché el portón cerrarse, conduje directamente al hospital.

Pedí hablar con el doctor Harris.

La recepcionista dudó unos segundos.

Finalmente aceptó.

El médico me recibió con una expresión incómoda.

—Señora Miller…

—Quiero mis resultados.

Él guardó silencio.

—Mi esposo ya los vio.

—Ahora quiero verlos yo.

El doctor respiró profundamente.

—Su esposo me pidió expresamente…

Lo interrumpí.

—Soy la paciente.

—No él.

El médico abrió lentamente mi expediente.

Sacó una carpeta amarilla.

La colocó sobre el escritorio.

—Antes de leer esto necesito hacerle una pregunta.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Cuál?

—¿Su embarazo fue mediante fecundación in vitro?

Asentí.

—Sí.

—Con embriones creados hace nueve años.

Él volvió a respirar hondo.

—Entonces entenderá por qué esto resulta tan delicado.

Abrió el informe.

Había varias páginas.

Análisis genéticos.

Compatibilidades.

Marcadores de ADN.

No entendía casi nada.

Hasta que vi una frase resaltada.

“Incompatibilidad genética con la madre gestante.”

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué significa eso?

El doctor bajó la mirada.

—Biológicamente…

Hizo una pausa.

—Los bebés que lleva en su vientre no fueron concebidos con sus óvulos.

Mi mente quedó completamente en blanco.

—Eso es imposible.

—Utilizamos mis embriones.

—Eso creía usted.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

—¿Y de quién son?

El médico cerró lentamente la carpeta.

—No puedo responder esa pregunta sin autorización judicial.

—Pero sí puedo decirle otra cosa.

Me sostuvo la mirada.

—Los bebés sí son hijos biológicos de su esposo.

El mundo dejó de tener sentido.

Daniel era el padre.

Pero yo no era la madre biológica.

Recordé inmediatamente la llamada.

“Esos niños son de mi hija.”

La hija de Sofía.

Mi hermana.

La hermana que supuestamente había muerto.

—Doctor…

Mi voz apenas salió.

—¿Hay alguna forma de saber quién es la madre?

Él permaneció en silencio unos segundos.

Después tomó una hoja del expediente.

—Existe un nombre.

Mi respiración se aceleró.

—¿Cuál?

Él deslizó lentamente el documento hacia mí.

En la casilla donde debía aparecer la donante figuraban solo tres palabras.

“Identidad protegida judicialmente.”

Fruncí el ceño.

—¿Quién ordenó eso?

El doctor respondió sin rodeos.

—Su esposo.


Salí del hospital completamente desorientada.

No regresé a casa.

Conduje directamente al cementerio donde descansaba Sofía.

Necesitaba verla.

Necesitaba convencerme de que todo aquello era una locura.

Compré flores.

Caminé hasta el lugar.

Pero cuando llegué…

Me detuve.

Había alguien más frente a la tumba.

Una mujer.

De espaldas.

Llevaba un vestido azul oscuro.

El cabello recogido exactamente igual que lo usaba mi hermana.

Sentí un escalofrío.

La mujer dejó lentamente un ramo de lirios.

Después levantó la mano.

Vi una pequeña cicatriz en su muñeca izquierda.

La misma cicatriz que Sofía se hizo cuando tenía catorce años al romper una ventana.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Sofía…

La mujer quedó completamente inmóvil.

No se giró.

Di un paso más.

—Si eres tú…

Mi voz se quebró.

—…mírame.

Permaneció en silencio.

Hasta que finalmente habló.

La misma voz.

Más madura.

Más cansada.

Pero inconfundible.

—No deberías haber venido, Clara.

Las flores cayeron de mis manos.

Ella giró lentamente.

Era Sofía.

Doce años después.

Viva.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

—¿Cómo…?

Ella también lloraba.

—Perdóname.

—Quise buscarte miles de veces.

—No me dejaron.

—¿Quién?

Antes de responder, un automóvil negro frenó bruscamente junto al cementerio.

Daniel bajó del asiento del conductor.

Corrió directamente hacia nosotras.

—¡Sofía!

Ella cerró los ojos.

—Ya es demasiado tarde.

Daniel me miró desesperado.

—Clara…

—Déjame explicarte.

Retrocedí un paso.

—Empieza por decirme quién está enterrado en esa tumba.

El silencio fue absoluto.

Daniel no respondió.

Fue Sofía quien habló.

Con la voz completamente rota.

—Ahí no estoy enterrada yo.

—La mujer que descansa bajo esa lápida… era mi hija.

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