Lucía permaneció inmóvil junto a la puerta.
Todavía sostenía el teléfono en una mano y las llaves de su casa en la otra.
La voz del desconocido volvió a escucharse.
—¿Está sola?
Ella no respondió inmediatamente.
—¿Quién habla?
—Alguien que lleva meses intentando encontrarla.
Lucía frunció el ceño.
—¿Cómo consiguió mi número?
—Eso ahora no importa.
—Lo importante es que canceló la boda antes de firmar el acta matrimonial.
Sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Del otro lado hubo un breve silencio.
—Porque dentro de cuarenta y ocho horas su prometido pensaba convertir esta casa en garantía de una deuda que usted ni siquiera conoce.
Lucía sintió que el estómago se cerraba.
—Eso es imposible.
—¿Está segura?
La llamada terminó.
Miró la pantalla.
Número privado.
Intentó devolverla.
No fue posible.
Aquella noche casi no durmió.
Revisó una y otra vez los documentos de la vivienda.
La escritura seguía únicamente a su nombre.
Nadie podía venderla sin su autorización.
Aun así, algo no dejaba de inquietarla.
A las ocho de la mañana siguiente alguien llamó a la puerta.
Era Verónica.
Su mejor amiga desde la universidad.
Al verla, Lucía rompió por fin el silencio que llevaba conteniendo desde la discusión.
Le contó todo.
La suegra.
La cancelación de la boda.
La llamada anónima.
Verónica escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, solo hizo una pregunta.
—¿Dónde está la carpeta con todos los documentos de la casa?
Lucía señaló el estudio.
Entraron.
Abrió el cajón donde siempre guardaba las escrituras.
La carpeta seguía allí.
Pero algo era distinto.
Verónica tomó una de las hojas.
—Lucía…
—¿Tú firmaste esto?
Ella observó el documento.
Sintió que la sangre desaparecía de su rostro.
Había una autorización notarial para solicitar una hipoteca.
La firma parecía exactamente la suya.
Pero ella jamás había visto aquel papel.
—Es falsa.
Verónica siguió revisando.
Encontró otra hoja.
Después otra.
Había copias de su identificación.
Comprobantes bancarios.
Y una solicitud de crédito por una cantidad enorme.
—Cinco millones de pesos —leyó en voz alta.
Lucía dejó caer la carpeta.
—Nunca pedí ese préstamo.
En ese momento sonó el timbre.
Dos hombres vestidos con traje oscuro esperaban frente a la puerta.
—¿La señora Lucía Herrera?
—Sí.
—Venimos del Banco Nacional.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—¿Qué ocurre?
El hombre abrió una carpeta.
—Necesitamos confirmar algunos datos antes de liberar el crédito hipotecario solicitado ayer.
Lucía dio un paso atrás.
—Yo no solicité ningún crédito.
Los dos empleados intercambiaron una mirada.
—Tenemos documentos firmados por usted.
—Son falsos.
Uno de ellos levantó lentamente la vista.
—Entonces será mejor que llame inmediatamente a la policía.
Dos horas después, una perito revisaba cada documento.
Solo necesitó unos minutos.
—La firma fue imitada.
—Muy bien imitada.
—Pero sigue siendo una falsificación.
El inspector tomó declaración.
—¿Quién tenía acceso a estos documentos?
Lucía respondió sin dudar.
—Mi prometido.

Verónica añadió otra información.
—También conocía todas sus claves personales.
El inspector anotó todo.
Cuando estaba a punto de marcharse, recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—¿Está seguro?
Colgó.
Miró directamente a Lucía.
—Su ex prometido intentó abandonar la ciudad hace una hora.
—¿Lo detuvieron?
—No.
—Desapareció antes de llegar al aeropuerto.
Mientras tanto, el hombre que había llamado la noche anterior observaba una pantalla llena de documentos digitales.
Una fotografía de Lucía ocupaba el centro.
Al lado aparecía el nombre de su ex prometido.
Javier Ortega.
Debajo existía una lista.
Ocho nombres femeninos.
Ocho fotografías.
Siete tenían un sello rojo.
“Patrimonio perdido.”
Lucía era la única que aparecía con un sello verde.
“Objetivo salvado.”
El desconocido cerró la computadora.
Tomó nuevamente el teléfono.
—Encontré a la octava.
Una mujer respondió al otro lado.
—¿Llegamos a tiempo?
—Sí.
—Canceló la boda.
Hubo un breve silencio.
Después la mujer habló con una mezcla de alivio y tristeza.
—Entonces es la primera que logró escapar.
Esa misma tarde, Lucía recibió una citación para acudir a la unidad de delitos financieros.
Pensó que solo debía ratificar la denuncia.
Pero al llegar encontró algo completamente distinto.
El inspector colocó sobre la mesa una caja llena de carpetas.
—Necesitamos que vea esto.
Abrió la primera.
Había fotografías de una boda.
Otra mujer.
Otro vestido blanco.
Otro novio.
El mismo hombre.
Javier.
Lucía sintió que le faltaba el aire.
—¿Quién es ella?
—Se llamaba Patricia.
Abrió otra carpeta.
Otra boda.
Otra mujer.
Otro matrimonio.
Otra casa.
Otro fraude.
Después una tercera.
Y una cuarta.
Todas iguales.
El inspector respiró hondo.
—Su ex prometido nunca buscó una esposa.
—Buscaba propietarias.
Lucía permaneció inmóvil.
—¿Cuántas?
El inspector bajó la mirada.
—Hasta donde sabemos…
Pasó lentamente la última fotografía.
—Usted iba a ser la octava.
Sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
—¿Y las otras siete?
El hombre guardó silencio unos segundos.
Finalmente respondió.
—Cinco lo perdieron absolutamente todo.
—Una desapareció hace tres años.
—Y la última…
Señaló la fotografía que acababa de colocar sobre la mesa.
Lucía sintió que el mundo se detenía.
Conocía perfectamente aquel rostro.
Era la mujer que, semanas antes, le había recomendado a Javier diciendo:
“Es el hombre más honesto que vas a conocer.”
Levantó lentamente la vista.
—Ella…
El inspector asintió.
—Sí.
—La misma persona que presentó a Javier en su vida…
Hizo una breve pausa antes de pronunciar las últimas palabras.
—Era su propia tía.