Parte 2: LA CAÍDA DE LOS RIVAS

El silencio duró apenas cinco segundos.

Después, el teléfono de Alejandro volvió a sonar.

Lo sacó del bolsillo con manos temblorosas.

Su rostro pasó de la arrogancia a la incredulidad.

—¿Qué significa que la línea de crédito corporativa fue cancelada?

No obtuvo respuesta.

La llamada terminó.

Inmediatamente entró otra.

Era el director financiero de Rivas Constructora.

—¡Licenciado! Los bancos congelaron los desembolsos del proyecto Santa Fe. Dicen que el fondo de inversión retiró todo su respaldo.

Alejandro levantó la vista hacia mí.

Por primera vez desde que lo conocía, había miedo en sus ojos.

—Mariana… ¿qué hiciste?

No respondí.

Mi prioridad era mi madre.

La sostuve por los hombros mientras un paramédico del hotel limpiaba la sangre que seguía bajando por su frente.

—Necesita sutura —dijo.

Mi madre intentó sonreír.

—Solo es un rasponcito.

Le acaricié la mano.

—Durante años me enseñaste a no dejar que nadie me humillara.

—Hoy me toca protegerte a mí.

Detrás de nosotros, Beatriz seguía gritando.

—¡Todo esto es un teatro!

—¡Mi hijo levantó esa empresa solo!

Entonces una voz grave interrumpió el escándalo.

—Eso es falso.

Todos voltearon.

Un hombre de cabello blanco acababa de entrar al salón acompañado por cuatro abogados.

Era Ernesto Valdés.

Director jurídico de Grupo Salazar.

Los socios de Alejandro lo reconocieron de inmediato.

Varios incluso se pusieron de pie.

Ernesto caminó directamente hasta donde estaba yo.

—Señorita Salazar.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Todo está ejecutándose conforme a sus instrucciones.

El salón quedó completamente mudo.

Beatriz frunció el ceño.

—¿Señorita… qué?

Ernesto abrió una carpeta.

—Durante los últimos tres años, Grupo Salazar financió el ochenta y dos por ciento de las operaciones de Rivas Constructora mediante fondos privados autorizados exclusivamente por la señora Mariana Salazar.

Los invitados comenzaron a mirarse entre sí.

Uno de los inversionistas dio un paso atrás.

Otro sacó discretamente el teléfono.

Ernesto continuó.

—Asimismo, la residencia ubicada en Bosques de las Lomas pertenece al Fideicomiso Salazar.

—La camioneta utilizada por el señor Alejandro Rivas también.

—Y los créditos que sostenían su flujo de efectivo fueron garantizados por nuestra empresa.

Alejandro negó con la cabeza.

—Eso no puede ser.

—Yo soy el dueño.

Ernesto colocó varias escrituras sobre una mesa.

—Puede revisarlas.

—Su nombre nunca apareció como propietario.

Solo entonces Alejandro entendió algo.

Nunca había construido el imperio del que presumía.

Había vivido dentro del mío.


El teléfono volvió a sonar.

Esta vez era su contador.

—Alejandro… los inversionistas están cancelando la reunión del lunes.

—¿Qué?

—Acaban de enterarse de que Grupo Salazar retiró su respaldo.

—Dicen que sin ellos la empresa no vale ni la cuarta parte.

Otro mensaje.

Después otro.

Los proveedores suspendían entregas.

El banco exigía garantías inmediatas.

Los accionistas solicitaban una reunión extraordinaria.

Todo en menos de diez minutos.

Beatriz empezó a perder el control.

—¡Mariana!

—¡No puedes hacerle esto a mi hijo!

La miré sin levantar la voz.

—¿Y usted podía empujar a mi madre, insultarla y hacerla sangrar delante de todos?

Beatriz abrió la boca.

No encontró respuesta.


El gerente del hotel se acercó con evidente nerviosismo.

—Disculpen…

Miró a Alejandro.

—Señor, necesitamos una forma de pago.

—La terminal informa que todas sus tarjetas fueron rechazadas.

Alejandro sacó otra.

Después otra.

Cinco tarjetas distintas.

Todas rechazadas.

El gerente tragó saliva.

—La cuenta del evento asciende a un millón trescientos veinte mil pesos.

Los invitados comenzaron a marcharse discretamente.

Nadie quería quedarse cerca de un hombre que acababa de perderlo todo.

Uno de sus principales socios incluso pasó junto a él sin despedirse.

Alejandro intentó detenerlo.

—Ricardo…

El hombre retiró su brazo.

—Pensé que eras quien financiaba los proyectos.

—No sabía que vivías del dinero de tu esposa.

Siguió caminando.

No volvió la vista atrás.


Mientras tanto, la ambulancia ya esperaba en la entrada.

Ayudé a mi madre a subir.

Antes de cerrar la puerta, Alejandro corrió hacia nosotros.

Tenía el traje arrugado.

La corbata torcida.

Ya no parecía el empresario impecable del inicio del bautizo.

Parecía un hombre que acababa de despertar de un sueño.

—Mariana…

Su voz tembló.

—Fue un error.

—No quise que tu mamá se lastimara.

Lo miré unos segundos.

Después observé la venda ensangrentada sobre la frente de mi madre.

—Cuando la llamaste “gente corriente”, tampoco fue un accidente.

Alejandro bajó la cabeza.

—Podemos hablar.

—No.

—Podemos arreglarlo.

Negué lentamente.

—Lo que rompiste hoy no fue nuestro matrimonio.

—Eso llevaba años roto.

—Lo que destruiste fue la última oportunidad que tenías de demostrar que eras un hombre decente.

El conductor cerró la puerta de la ambulancia.

Cuando el vehículo comenzó a avanzar, vi a Alejandro quedarse inmóvil frente al hotel.

Solo.

Rodeado de teléfonos que no dejaban de sonar.

De acreedores.

De bancos.

De abogados.

Y todavía ignoraba la noticia que terminaría de destruirlo.

Mientras la ambulancia se alejaba, Ernesto recibió una llamada.

Escuchó unos segundos.

Luego me miró.

—Señorita Mariana…

—La auditoría acaba de confirmar que Alejandro llevaba dos años utilizando recursos de Grupo Salazar para beneficiar empresas registradas a nombre de su madre.

Cerré los ojos.

Ya no era solo un divorcio.

Era un delito.

Y al amanecer, la Fiscalía también tocaría la puerta de la familia Rivas.

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