El traslado fue aprobado tres días después.
No avisé a nadie.
Entregué cada archivo, cada contraseña y cada informe siguiendo el protocolo.
Mi escritorio quedó vacío.
Solo conservé una pequeña planta y una taza de cerámica.
La tarde anterior a mi partida, Lucía apareció en la oficina sin avisar.
Entró directamente a mi departamento.
—¿Es verdad que te vas?
Asentí.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Sonreí con tranquilidad.
—Porque ya estaba decidido.
Lucía frunció el ceño.
—Mi primo preguntó varias veces por ti.
Seguí guardando documentos.
No respondí.
Ella suspiró.
—Dulce… ¿pasó algo entre ustedes?
Durante unos segundos pensé en contarle la verdad.
Pensé en repetir cada pensamiento que había escuchado.
“Qué molesta.”
“No pertenecemos al mismo mundo.”
Pero solo negué con la cabeza.
—No pasó nada.
Simplemente entendí algo demasiado tarde.
Aquella misma tarde, Alejandro recibió el informe final del proyecto.
Lo abrió esperando encontrar algún error.
No había ninguno.
Como siempre.
Al final del documento encontró una nota.
“Toda la documentación pendiente queda organizada en las carpetas indicadas. La coordinación continuará con el nuevo responsable. Gracias por estos dos años de colaboración.”
Nada más.
Ni una despedida.
Ni una explicación.
Levantó la vista hacia el escritorio que siempre ocupaba Dulce durante las reuniones.
Estaba vacío.
Su asistente entró con varios contratos.

—Director Shen, la señorita Su ya entregó su puesto.
Mañana sale hacia la sucursal de Hangzhou.
El bolígrafo de Alejandro dejó de moverse.
—¿Mañana?
—Sí.
Pensábamos que usted ya lo sabía.
Por primera vez en mucho tiempo, dentro de su mente no apareció desprecio.
Solo una pregunta.
“¿Por qué no me dijo nada?”
Al escuchar aquel pensamiento, sentí una punzada inesperada.
Pero ya no dolía como antes.
Solo era el eco de algo que había terminado.
Esa noche subí al tren de alta velocidad.
Cuando las puertas comenzaron a cerrarse, mi teléfono vibró.
Era un número desconocido.
Contesté.
Al otro lado hubo varios segundos de silencio.
Después escuché la voz de Alejandro.
—¿Por qué te fuiste sin despedirte?
Antes de que pudiera responder, escuché con claridad lo que realmente pensaba.
“Porque nunca imaginé que el silencio de su ausencia pesaría mucho más que todas sus visitas.”
Cerré los ojos.
Por primera vez, sus pensamientos y sus palabras decían exactamente lo mismo.
Respiré hondo.
—Director Shen…
Mi traslado no fue para que usted me extrañara.
Fue para que yo dejara de olvidarme de mí misma.
Colgué antes de escuchar su respuesta.
Mientras el tren abandonaba la estación, pensé que aquella historia había terminado.
Pero a la mañana siguiente, al llegar a la nueva sucursal, la directora regional me recibió con una carpeta confidencial.
En la portada aparecía una única instrucción.
“Asignación directa autorizada por Alejandro Shen.”
Y debajo, una nota escrita de su puño y letra que demostraba que llevaba mucho más tiempo ocultando la verdad de lo que yo jamás habría imaginado.