Parte 2: LA VERDADERA PRESA

Las palabras de Lucian siguieron resonando dentro de mi cabeza mucho después de abandonar la sala de oración.

—No sobre aquello que ya había elegido una presa.

Miré las cadenas que sujetaban sus muñecas.

No eran decorativas.

Eran de hierro negro, cubiertas por antiguos grabados que desprendían un tenue olor a incienso y metal quemado.

Cada vez que él respiraba con fuerza, los símbolos brillaban unos segundos antes de apagarse.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Lucian cerró los ojos.

—Significa que no fue mi mano la que tocó a tu prima.

—Entonces, ¿qué fue?

Él tardó varios segundos en responder.

—Una maldición que lleva siglos alimentándose de la sangre de los Voss.

Sentí un escalofrío.

—¿Por eso rezas todos los días?

—No rezo.

Abrió lentamente los ojos.

—La mantengo dormida.

Guardó silencio unos instantes.

—Mientras el rosario permanezca completo y el ritual no sea interrumpido, permanece encerrada.

Recordé el momento en que las cuentas de madera se dispersaron por el suelo.

Celeste había roto el único sello que mantenía aquella fuerza bajo control.

—Ella solo quería provocarte…

Lucian negó lentamente con la cabeza.

—No.

Su mirada se volvió sombría.

—Entró llena de ambición, envidia y deseo de poseer lo que no le pertenecía.

Se inclinó apenas hacia mí.

—Eso fue lo que ella olió.

Aquellas palabras me dejaron sin respuesta.

Esa misma tarde, la mansión Voss se llenó de familiares.

Ricardo, el abuelo, había convocado una reunión urgente.

Todos culpaban a Lucian.

Celeste permanecía ingresada en una clínica privada.

Su cabello seguía completamente blanco.

Los médicos hablaban de un extraño envejecimiento celular acelerado que no podían explicar.

Cuando entré en el salón principal, las acusaciones comenzaron de inmediato.

—¡Tu marido destruyó a esa muchacha! —gritó una tía.

—¡Hay que denunciarlo!

—¡Siempre dijimos que esa sala de oración escondía algo!

Yo permanecí en silencio.

Hasta que el abuelo Voss golpeó el suelo con su bastón.

—Lucian.

Todos se apartaron cuando él apareció.

Vestía completamente de negro.

Las cadenas ya no estaban.

Pero el rosario volvía a rodear su muñeca.

Su rostro estaba tan pálido que parecía haber envejecido varios años en una sola noche.

—¿Fuiste responsable de lo ocurrido?

Lucian sostuvo la mirada del anciano.

—Sí.

Las voces estallaron inmediatamente.

Pero él continuó hablando.

Porque no fui capaz de impedirlo.

El salón volvió a quedar en silencio.

El abuelo respiró profundamente.

—Entonces ha llegado el momento.

Aquellas palabras sorprendieron incluso a Lucian.

—¿Está seguro?

—Ya no podemos ocultarlo.

El anciano caminó lentamente hacia una antigua biblioteca empotrada en la pared.

Introdujo una llave de plata.

Tras un leve chasquido, un compartimento secreto quedó al descubierto.

Sacó un libro enorme, cubierto de cuero oscuro.

Lo dejó sobre la mesa.

Cuando lo abrió, comprendí que no era un libro religioso.

Era un registro.

Cada generación de la familia Voss aparecía escrita cuidadosamente.

Y junto a varios nombres había una misma anotación.

“El huésped despertó.”

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

El abuelo levantó la vista.

—Nuestra familia no heredó una fortuna.

Heredó una condena.

Señaló una ilustración antigua.

Representaba a un hombre vestido igual que Lucian, rodeado por sombras.

—Hace más de trescientos años uno de nuestros antepasados selló un pacto para salvar a la familia de la ruina.

Pasó lentamente la página.

—El precio fue ofrecer un cuerpo en cada generación.

Miré a Lucian.

Todo comenzó a tener sentido.

Las oraciones.

Las cadenas.

El aislamiento.

Las habitaciones separadas.

El miedo constante.

Él nunca me había rechazado por falta de amor.

Había intentado protegerme.

Entonces recordé algo.

—La primera noche de bodas…

Lucian bajó lentamente la cabeza.

—Por eso te prohibí entrar.

El abuelo cerró el libro con fuerza.

—Durante décadas el huésped solo permanecía dormido mediante los rituales.

Pero anoche…

Me miró fijamente.

—Alguien rompió el sello.

En ese instante, un empleado entró corriendo al salón.

Su rostro estaba completamente desencajado.

—¡Señor!

Respiraba con dificultad.

—Acaban de llamar del hospital.

Todos giramos hacia él.

—La señorita Celeste…

Hizo una pausa.

—…ha desaparecido.

El silencio fue absoluto.

El hombre tragó saliva.

—Las cámaras muestran que salió caminando sola.

—Eso es imposible —murmuré.

—Hay algo más.

Sacó lentamente una tableta.

—La policía encontró esto grabado en la pared de la habitación.

Nos mostró la fotografía.

Sobre el muro blanco aparecía una frase escrita con un líquido oscuro.

No parecía pintura.

Ni tinta.

Lucian observó la imagen apenas un segundo.

Después cerró los ojos con desesperación.

—No…

Corrí hasta él.

—¿Qué ocurre?

Su voz sonó más baja que nunca.

—Ya no la está persiguiendo.

Sentí un nudo en el estómago.

—Entonces… ¿a quién busca?

Lucian levantó lentamente la mirada.

Sus ojos estaban llenos de un miedo que jamás le había visto.

Después miró directamente hacia mí.

Ahora sabe quién consiguió devolverme el control… y ha elegido un nuevo cuerpo para regresar. El tuyo.

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