Parte 2: EL TERCER BEBÉ

La nota permaneció entre mis dedos mientras el despacho parecía inclinarse a mi alrededor.

“Si Rowan alguna vez descubre la verdad, asegúrese de que nunca descubra qué le pasó al tercer bebé.”

Levanté lentamente la vista hacia el investigador.

—¿Qué significa esto?

El hombre retrocedió hasta chocar con el archivador metálico.

—No lo sé.

—Mírame y vuelve a decirlo.

Su frente estaba cubierta de sudor.

Durante el divorcio, había confiado en él más que en mi propia esposa. Había aceptado sus fotografías, sus informes y cada una de sus conclusiones sin hacer una sola pregunta. Ahora comprendía que no había sido un investigador.

Había sido un cómplice.

Cerré la puerta del despacho.

—¿Cuánto te pagó Claire?

—Rowan…

Golpeé los documentos contra su escritorio.

¿Cuánto?

—Doscientos cincuenta mil dólares.

La cifra me dejó sin aire.

—¿Por destruir mi matrimonio?

—Al principio solo quería que pareciera que Megan tenía una aventura. Después pidió las transferencias, el collar y los testimonios.

—¿Y el embarazo?

El hombre bajó la mirada.

—Claire lo descubrió antes que usted.

La rabia me atravesó el pecho.

—¿Cómo?

—Megan llamó a su médico desde un teléfono que usted tenía vinculado al sistema familiar. Claire vio el registro. Para entonces, el plan ya estaba en marcha.

Recordé aquella época.

Megan había estado cansada, mareada, extrañamente sensible a ciertos olores. Yo había interpretado su silencio como culpa. Cuando intentó decirme que necesitábamos hablar, la interrumpí para enseñarle las fotografías falsas del hotel.

La había expulsado de nuestra casa sin permitirle contarme que esperaba a mis hijos.

—Había tres bebés —dije.

No fue una pregunta.

El investigador se dejó caer en la silla.

—Eso decía el primer ultrasonido.

La habitación quedó en silencio.

—¿Qué ocurrió con el tercero?

—No participé en esa parte.

—Pero guardaste la nota.

—Porque después de fabricar las pruebas comprendí que Claire no solo quería separarlos. Estaba obsesionada. Empecé a guardar copias por si algún día intentaba culparme de todo.

—¿Quién escribió esto?

Señaló una firma casi borrada en la esquina inferior.

—Una mujer llamada doctora Evelyn Price.

El nombre no me resultaba familiar.

Tomé una fotografía de la nota, guardé los certificados y salí sin despedirme.

Llamé a mi jefe de seguridad desde el estacionamiento.

—Necesito que localices a Megan Bellamy.

—¿Hay alguna emergencia?

Miré las actas de nacimiento.

—Lleva a mis hijos con ella.

Hubo una pausa.

—Entendido.

—Y averigua todo sobre una obstetra llamada Evelyn Price. Clínicas, licencias, direcciones anteriores, cualquier vínculo con Claire Whitmore.

Antes de colgar añadí:

—Hazlo sin usar los sistemas de la casa.

Por primera vez me pregunté cuántas personas a mi alrededor respondían realmente a Claire.

Regresé a la mansión después de medianoche.

Las luces estaban encendidas y sonaba música en el salón. Claire bebía vino mientras revisaba muestras de flores para nuestra boda.

Nuestra boda.

La idea me produjo náuseas.

—¿Dónde estabas? —preguntó—. Tenemos una reunión con el organizador mañana.

Dejé las llaves sobre la mesa.

—Vi a Megan hoy.

La copa se detuvo a medio camino de sus labios.

Solo durante un segundo.

Después sonrió.

—Lo sé. Estaba contigo.

—Parecía estar pasándolo mal.

—Siempre fue buena interpretando a la víctima.

La observé con atención.

Aquella era la mujer que había dormido a mi lado durante un año. Conocía la forma en que tomaba el café, la música que escuchaba mientras se vestía y la expresión que usaba cuando fingía preocuparse.

Sin embargo, no sabía nada de ella.

—Los bebés se parecen a mí —dije.

Claire dejó la copa sobre la mesa.

—Muchos niños son rubios.

—Parecían tener unos ocho meses.

—No sé por qué estás calculando edades.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Me acerqué.

—¿Megan estaba embarazada cuando nos divorciamos?

Claire se rio.

—¿De verdad vas a creerle ahora? Esa mujer podría haberse acostado con cualquiera.

Sentí ganas de enfrentarla con los certificados.

No lo hice.

Si sabía algo sobre el tercer bebé, acusarla solo conseguiría que destruyera las pruebas restantes.

—Tienes razón —dije.

El alivio que cruzó su rostro confirmó más que cualquier confesión.

—Por supuesto que la tengo.

Se acercó y apoyó las manos sobre mi pecho.

—No permitas que vuelva a manipularte. Estamos a tres semanas de empezar nuestra vida.

La miré a los ojos.

—No dejaré que nadie interfiera.

Claire sonrió, convencida de que hablaba de Megan.

A las seis de la mañana recibí un mensaje de seguridad.

Habían localizado la camioneta de Megan en el estacionamiento de un motel económico a las afueras de Franklin.

Conduje hasta allí solo.

La puerta de la habitación estaba entreabierta.

Golpeé suavemente.

No hubo respuesta.

La empujé y encontré la cama vacía, dos biberones sobre la mesa y ropa infantil dentro de una maleta abierta.

Por un instante pensé que había llegado demasiado tarde.

Entonces escuché un ruido detrás de mí.

Megan estaba en el pasillo, sosteniendo a uno de los bebés. El otro dormía en un portabebés colocado sobre su pecho.

Al verme, se quedó completamente inmóvil.

—¿Cómo me encontraste?

—Necesitamos hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Sé que son míos.

Su expresión no cambió.

Eso me dolió más que si hubiera gritado.

—Tardaste lo suficiente.

Miré a los niños.

Uno abrió los ojos.

Eran grises.

Iguales a los míos.

—Megan…

—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho a usarlo.

Acepté el golpe en silencio.

—Encontré los pagos de Claire. Las fotografías fueron manipuladas. El collar fue colocado en tu armario.

Los ojos de Megan se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran.

—Te lo dije.

—Lo sé.

—Te lo supliqué de rodillas mientras tus guardias me sacaban de mi propia casa.

Bajé la cabeza.

No existía una disculpa capaz de reparar aquello.

—Necesito saber qué ocurrió durante el embarazo.

Megan apretó al bebé contra su cuerpo.

—No.

—Había tres.

El color desapareció de su rostro.

Durante varios segundos solo se escuchó el zumbido del viejo aire acondicionado.

—¿Quién te dijo eso?

—Encontré el primer ultrasonido.

Ella miró hacia ambos lados del pasillo.

—Entra.

Cerró la puerta y colocó a los pequeños sobre la cama.

—Pensé que uno de ellos había muerto durante el parto —dijo con voz temblorosa—. Eso fue lo que me dijeron.

—¿Quién?

—La doctora Price.

Saqué el teléfono y le mostré la fotografía de la nota.

Megan la leyó.

Sus rodillas parecieron ceder.

—Evelyn Price no era mi doctora.

—¿Qué quieres decir?

—Apareció durante el parto diciendo que reemplazaba a la obstetra de guardia. Después todo se volvió confuso. Me sedaron. Cuando desperté, había dos cunas.

Me miró aterrorizada.

—Me dijeron que el tercero no había sobrevivido y que ya se habían ocupado del cuerpo porque yo no tenía seguro suficiente para los procedimientos.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Eso no tiene sentido.

—Nada de aquella noche lo tuvo.

Uno de los bebés comenzó a llorar.

Megan lo tomó entre sus brazos.

Entonces mi teléfono vibró.

Era mi jefe de seguridad.

—Señor Bellamy, encontramos a Evelyn Price.

—¿Dónde está?

—Murió hace seis meses.

Cerré los ojos.

—¿Entonces quién atendió el parto?

—Eso es lo que intento explicarle. La mujer que usó su nombre no era médica.

Escuché papeles al otro lado de la línea.

—También revisamos los registros del hospital. Existe una cámara de seguridad del área de maternidad que Claire no consiguió borrar.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿Qué muestra?

El hombre permaneció en silencio unos segundos.

—A una mujer saliendo por una puerta de servicio con una cuna portátil.

Miré a Megan.

Ella había entendido cada palabra.

—¿Se ve al bebé?

—No claramente.

—¿Y a la mujer?

La respuesta llegó acompañada por el sonido de una puerta abriéndose al otro lado de la llamada.

—Sí, señor.

—¿Quién era?

Mi jefe de seguridad respiró profundamente.

Era su madre.

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