A las seis y doce de la mañana, Ethan permanecía inmóvil frente a mi escritorio.
La nota seguía entre sus manos.
“Ya tienes la libertad que querías.”
Debajo descansaba la copia de mi boleto.
Destino: Londres.
Solo ida.
Mi habitación estaba completamente vacía.
No quedaba ni un solo cuadro.
Ni un libro.
Ni una fotografía.
Solo el aroma tenue de la pintura al óleo que durante años había impregnado las paredes.
—¿Cuándo se fue? —preguntó con la voz quebrada.
La señora Lin, nuestra antigua ama de llaves, respondió con calma.
—Hace cuatro horas.
Ethan sintió un vacío en el pecho.
—¿Por qué nadie me avisó?
—Porque la señorita Olivia pidió expresamente que nadie lo hiciera.
Él salió corriendo.
Media hora después llegó al aeropuerto.
Todavía llevaba la ropa empapada por la lluvia de la noche anterior.
Corrió hasta el mostrador de la aerolínea.
—¡El vuelo a Londres!
La empleada revisó la pantalla.
—Despegó hace dos horas.
Ethan permaneció inmóvil.
Era la primera vez que Olivia desaparecía sin esperar a que él la alcanzara.
Siempre había sido al revés.
Siempre era ella quien regresaba.
Siempre era ella quien pedía hablar.
Siempre era ella quien intentaba salvar lo que él ya había decidido romper.
Esta vez no.
Su teléfono comenzó a sonar.
Era Camila Qin.
Contestó sin pensar.
—¿Qué ocurre?
La voz de Camila sonaba completamente alterada.
—Tenemos un problema enorme.
—¿Qué pasó?
—El cuadro de Nora.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué tiene?
—No era suyo.
El silencio fue absoluto.
Camila respiró profundamente.
—El laboratorio encontró una marca de autenticidad oculta bajo la pintura.
—¿Qué significa eso?
—Que pertenece oficialmente a Olivia Lu.
Ethan sintió que el mundo comenzaba a girar.
—Eso es imposible.
—También encontraron el registro digital completo del proceso creativo.
—…
—Hay videos.
Fechas.
Archivos originales.
Bocetos.
Todo.
No existía ninguna duda.
La obra era de Olivia.
Camila continuó hablando.
—La exposición acaba de expulsar a Nora por fraude.
Ethan colgó sin despedirse.
Encontró a Nora llorando frente al edificio del club de arte.
Los periodistas ya esperaban fuera.
Las redes sociales se habían llenado de fotografías.
Titulares.
Pruebas.
Capturas del proceso creativo.
Todo el país hablaba del escándalo.
Cuando Nora lo vio, corrió hacia él.
—Ethan…
Él la observó fijamente.
—¿Lo robaste?
Ella comenzó a llorar con más fuerza.
—Yo…
—Respóndeme.
—Solo quería una oportunidad.
Su voz era apenas un susurro.
—Olivia ya lo tenía todo.
—Así que decidiste quitarle lo único que era suyo.
Ella negó desesperadamente.
—Camila dijo que nadie descubriría nada.
Aquellas palabras lo dejaron helado.
—¿Camila sabía que era robado?
Nora comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
Bajó la cabeza.
No respondió.
No hacía falta.
Aquella misma tarde, Ethan fue expulsado de la residencia del abuelo Pei.
El anciano no levantó la voz.
Eso resultó mucho peor.
—Te arrodillaste para romper un compromiso de veinte años.
Golpeó lentamente el suelo con su bastón.
—Y apenas doce horas después corres desesperado detrás de la muchacha que rechazaste.
Ethan intentó explicarse.
—Abuelo…
—No.
El anciano lo interrumpió.
—¿Sabes cuál fue tu verdadero error?
Él permaneció en silencio.
—No fue elegir a otra mujer.
Fue dejar de confiar en quien llevaba toda la vida a tu lado.
Cada palabra pesaba como una sentencia.
—Olivia nunca te pidió que la amaras.
Solo esperaba que, cuando llegara el momento, al menos la escucharas.
Ethan bajó lentamente la cabeza.
Recordó todas las ocasiones en que Olivia intentó hablar.
Cuando desapareció el cuadro.
Cuando señaló las cámaras.

Cuando pidió revisar las pruebas.
Él nunca quiso escuchar.
Porque siempre creyó antes las lágrimas de Nora.
Mientras tanto, mi avión aterrizaba en Londres.
Respiré profundamente al salir del aeropuerto.
Nadie conocía mi nombre allí.
Nadie hablaba del compromiso roto.
Nadie sabía quién era Nora.
Ni Ethan.
Por primera vez en mucho tiempo, el aire parecía ligero.
Mi abuelo me esperaba frente al automóvil.
Sonrió al verme.
—Bienvenida a casa.
Lo abracé con fuerza.
—Pensé que me costaría más irme.
Él acarició mi cabeza como cuando era niña.
—A veces el lugar correcto solo aparece cuando dejamos de perseguir a la persona equivocada.
Sonreí por primera vez en semanas.
Tres días después, Ethan llegó a la mansión Lu.
Traía un ramo de flores.
Y una carpeta.
Quería disculparse.
Quería explicar.
Quería empezar de nuevo.
Pero el mayordomo solo le entregó un sobre.
Dentro había una única hoja.
Era una autorización firmada por la familia Lu.
Quedaba oficialmente cancelada toda cooperación comercial con la familia Pei.
Abajo aparecía otra nota escrita de mi puño y letra.
“No te preocupes. Cumplí mi promesa.”
“Jamás volveré a interferir en tu vida.”
Ethan dobló lentamente la carta.
Entonces preguntó con voz ronca:
—¿Dónde está Olivia?
El mayordomo negó con respeto.
—La señorita dejó instrucciones muy claras.
—¿Cuáles?
—Que, si algún día usted regresaba buscándola…
Hizo una breve pausa.
—Le entregáramos esto.
Sacó un pequeño cuaderno de dibujo.
Era el primero que Ethan me había regalado cuando ambos teníamos doce años.
Dentro, entre las páginas, todavía estaba el primer boceto que hice de nosotros.
Dos niños bajo un árbol.
En la última hoja había una sola frase.
“Tardaste demasiado en creerme… igual que en mi sueño.”
El corazón de Ethan dio un vuelco.
Porque debajo de aquella frase había algo que jamás había visto.
Una fecha.
Escrita años antes de conocer a Nora.
La fecha exacta en que yo había comenzado a tener aquellas pesadillas.
Y, por primera vez, comprendió que Olivia no había abandonado el país por orgullo.
Había huido porque llevaba años intentando escapar de un destino en el que él mismo terminaba ordenando su muerte.