La sonrisa de Dominic apenas cambió.
Solo un ligero movimiento en la comisura de sus labios reveló que ya esperaba aquella trampa.
—¿Una sola suite? —preguntó con absoluta calma.
El administrador bajó la cabeza.
—Lamentablemente sí, señor Russo. La tormenta ha impedido preparar las demás habitaciones.
Harper comprendió inmediatamente que aquello era una mentira.
Aquel hombre ni siquiera era buen actor.
Miró discretamente a Carmine Falco.
El anciano observaba la escena con una copa de vino en la mano y una expresión paciente, como un cazador esperando que la presa entrara sola en la trampa.
Dominic apoyó suavemente una mano sobre la espalda de Harper.
Para cualquiera que los observara, parecía el gesto natural de un marido cariñoso.
Ella ya sabía interpretar cada uno de aquellos movimientos.
Aquella presión ligera significaba una sola cosa.
No reacciones.
—La suite será suficiente —respondió Dominic.
Los ojos de Carmine brillaron apenas.
Había ganado el primer movimiento.
Cuando la puerta de la habitación se cerró detrás de ellos, Harper dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde el vestíbulo.
La habitación era inmensa.
Una chimenea de piedra iluminaba el salón.
Las ventanas mostraban una tormenta de nieve que hacía desaparecer por completo el paisaje.
Y, justo en el centro, había una única cama tamaño king.
Harper sonrió con ironía.
—Parece que alguien quiere comprobar si nuestro matrimonio existe de verdad.
Dominic dejó lentamente su reloj sobre una mesa.
—No alguien.
—Carmine.
Se acercó a la ventana.
—Toda la mansión está vigilada.
—Habrá hombres observando quién entra y quién sale.
Harper sintió un nudo en el estómago.
—Entonces tendremos que dormir aquí.
—Sí.
Él permaneció unos segundos en silencio.
—Pero eso no cambia nuestro acuerdo.
Sacó una manta del armario.
—Yo dormiré junto a la chimenea.
Harper lo observó.
Durante meses había esperado descubrir alguna grieta en aquel hombre.
Algún abuso de poder.
Alguna exigencia.
Nunca ocurrió.
Él siempre respetaba exactamente los límites que había prometido.
Esa misma noche comenzó la cena organizada por Carmine.
La enorme mesa estaba ocupada por las familias más poderosas de Nueva York.
Empresarios.
Políticos.
Jueces.
Y hombres cuya fortuna jamás aparecía en ningún registro oficial.
Cada conversación parecía una negociación disfrazada.
Harper notó que todas las mujeres presentes llevaban diamantes deslumbrantes y sonrisas perfectamente ensayadas.
Carmine levantó su copa.
—Brindemos por los recién casados.
Todos imitaron el gesto.
Después dirigió la mirada hacia Harper.
—Cuéntanos.
—¿Qué fue lo primero que enamoró a Dominic de ti?
La pregunta parecía inocente.
No lo era.
Toda la mesa quedó en silencio.
Harper sintió la mirada de Dominic sobre ella.
No podía dudar.
Sonrió.
—Nunca me dijo que estaba enamorado.
Varias personas rieron.
Ella continuó.
—Solo me hizo sentir segura.
Miró directamente a Dominic.
—Y hay hombres cuya forma de cuidar vale mucho más que mil declaraciones de amor.
Por primera vez aquella noche, Dominic pareció verdaderamente sorprendido.

Carmine observó la escena durante varios segundos.
Después sonrió.
Pero sus ojos seguían desconfiando.
Cuando terminó la cena, la tormenta empeoró.
Los caminos quedaron completamente bloqueados.
Nadie podía abandonar la finca.
Pasada la medianoche, Harper despertó sobresaltada.
Había escuchado un disparo.
Después otro.
Dominic ya no estaba en la habitación.
La puerta permanecía entreabierta.
Ella salió al pasillo.
Escuchó voces en la planta inferior.
Se acercó lentamente a la barandilla.
Abajo, Dominic discutía con dos hombres armados.
No alcanzó a escuchar todas las palabras.
Solo una frase.
—Si vuelven a acercarse a mi esposa, esto terminará en guerra.
El corazón de Harper comenzó a latir con fuerza.
¿Habían intentado atacarla?
Antes de poder retroceder, una mano cubrió su boca desde la oscuridad.
Intentó gritar.
Una voz femenina susurró junto a su oído.
—No hagas ruido.
Era una mujer joven vestida con uniforme del servicio.
La soltó inmediatamente.
—Escúchame con atención.
Miró nerviosamente hacia las escaleras.
—No tienes idea de dónde te has metido.
Harper frunció el ceño.
—¿Quién eres?
—Trabajo aquí desde hace cinco años.
Respiró agitadamente.
—Y he visto desaparecer a cuatro mujeres.
La sangre se heló en las venas de Harper.
—Todas eran esposas.
—Todas fingían matrimonios por conveniencia.
—Y ninguna salió viva de esta montaña.
Antes de que Harper pudiera preguntar nada más, la mujer sacó discretamente una pequeña llave.
La colocó en su mano.
—Si quieres sobrevivir, mañana al amanecer entra al sótano del ala oeste.
Miró directamente a sus ojos.
—Allí descubrirás por qué Carmine nunca creyó en tu matrimonio.
La mujer salió corriendo antes de que alguien pudiera verla.
Harper bajó lentamente la vista hacia la llave.
Era antigua.
De hierro.
Y llevaba grabado un número.
13.
En ese mismo instante, Dominic apareció al final del pasillo.
Sus ojos se clavaron inmediatamente en la llave.
Por primera vez desde que lo conocía, el hombre más temido de Nueva York perdió completamente el color del rostro.
Con una voz apenas audible, preguntó:
—¿Quién te dio esa llave… antes de que ellos la encontraran?