Mariana no apartó la vista de la joven.
Aquellos ojos.
Aquella pequeña marca junto a la ceja.
Era como mirar una fotografía de Valentina a los dieciocho años.
La muchacha sonrió con inocencia.
—Mamá, ¿la conoces?
Teresa tardó varios segundos en responder.
Tenía el rostro completamente blanco.
—Es… una antigua vecina.
Mariana dio un paso hacia adelante.
—No.
Su voz fue firme.
—No soy una vecina.
La joven frunció el ceño.
Ernesto apareció desde el patio con un bastón en la mano.
Al verla, dejó escapar el aire lentamente.
—Sabía que algún día volverías.
Mariana lo miró sin emoción.
—Solo vine a cerrar una herida.
Entonces señaló a la muchacha.
—¿Quién es ella?
Nadie respondió.
El silencio duró tanto que la joven comenzó a ponerse nerviosa.
—¿Qué está pasando?
Mariana respiró hondo.
—¿Cómo te llamas?
—Ana.
—¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.
Mariana sintió un escalofrío.
Diecinueve.
Exactamente la edad que tendría un bebé nacido pocos meses después de que ella fuera expulsada de aquella casa.
Volvió lentamente la mirada hacia Teresa.
—Dímelo.
La mujer comenzó a llorar.
—No quería hacerte daño…
Ernesto cerró los ojos.
—Basta, Teresa.
Pero ya era demasiado tarde.
Entre lágrimas, Teresa confesó la verdad.
Tres meses después de echar a Mariana de casa, ella había regresado en secreto una sola vez.
No para pedir perdón.
Sino para dejarles a su hija durante unas horas mientras buscaba trabajo.
Prometió volver esa misma noche.
Sin embargo, sufrió una grave infección después del parto y permaneció hospitalizada varios días sin poder avisar.
Cuando finalmente regresó…
La casa estaba vacía.
Los vecinos le dijeron que sus padres se habían marchado del pueblo.
Y nunca volvió a encontrar a su bebé.
Mariana sintió que el corazón dejaba de latir.
—¿Dónde estaba mi hija?
Teresa cayó de rodillas.
—Con nosotros.
El mundo entero pareció detenerse.
—¿Qué… dijiste?
—Nunca la entregamos a nadie.
—La registramos como nuestra hija.
—Le cambiamos el apellido.
—Y le hicimos creer… que nosotros éramos sus verdaderos padres.
Ana retrocedió varios pasos.
—¿Qué están diciendo?
Teresa levantó la cabeza con el rostro destrozado.
—Perdónanos…
—Tú no eres nuestra hija.
Mariana rompió a llorar.
Veinte años.
Veinte años creyendo que había perdido para siempre a su bebé.
Y durante todo ese tiempo había vivido… a menos de cien kilómetros de ella.
Entonces Ana comenzó a temblar.
Miró primero a Teresa.
Después a Ernesto.
Y finalmente a Mariana.
—¿Usted… es mi verdadera mamá?
Antes de que Mariana pudiera responder, sonó un teléfono dentro de la casa.
Ernesto lo miró y perdió completamente el color del rostro.
En la pantalla aparecía el nombre del notario.
Solo alcanzó a decir una frase:
—Ya encontraron el documento original… y demuestra que alguien cobró dinero por quedarse con la niña.
Continuará…