Esperé a que las puertas del quirófano se cerraran detrás de Camila antes de sacar el sobre blanco del bolso.
Mis manos temblaban.
Primero doblé cuidadosamente el cheque.
Después abrí la carta.
Solo tenía una hoja.
“Rebeca, si estás leyendo esto es porque Mauricio volvió a elegir el dinero antes que a su familia. Ya no puedo seguir callando.”
Sentí un nudo en la garganta.
“Las transferencias de tu cuenta no fueron un accidente. Tu suegra convenció a Mauricio de usar tus ahorros para completar la compra de la casa de playa. Dijeron que después te lo devolverían, pero nunca tuvieron intención de hacerlo.”
Tuve que dejar de leer unos segundos.
Las cifras del banco seguían dando vueltas en mi cabeza.
Trescientos veinte mil pesos.
Mis guardias.
Mis bonos.
Los años de ahorrar cada peso pensando en el futuro de Camila.
Todo había desaparecido.
Seguí leyendo.
“Hay algo peor. La autorización conjunta que aparece en el banco fue preparada por un abogado amigo de Elvira. Aprovecharon que firmaste varios documentos cuando Mauricio dijo que eran para renovar el seguro familiar.”
Sentí un escalofrío.
Recordé aquellas hojas.
Las había firmado deprisa antes de salir a una misión.
Ni siquiera las leí.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era Mauricio.
Contesté.
—¿Qué quieres?
No preguntó por Camila.

No preguntó si la cirugía había comenzado.
Solo dijo:
—Vi que bloqueaste las cuentas.
—Devuélveme el dinero.
Respiré profundamente.
—¿El dinero que me robaste?
Guardó silencio.
Después cambió el tono.
—No exageres.
—La casa quedará para los dos.
—Nuestra hija casi muere.
—Y tú comprabas una casa frente al mar.
Del otro lado escuché la voz de doña Elvira.
—Dile que deje de hacerse la víctima.
—Ese dinero también era de Mauricio.
Colgué sin responder.
Cinco minutos después llegaron tres notificaciones del banco.
Cuenta conjunta bloqueada.
Tarjetas suspendidas por solicitud de la titular.
Investigación por movimientos no autorizados iniciada.
Mientras observaba la pantalla, alguien se sentó a mi lado.
Era un coronel del Ejército.
Mi comandante.
—Capitana Salgado.
Me puse de pie por instinto.
Él negó con la cabeza.
—Descanse.
Colocó una carpeta sobre mis piernas.
—El banco nos pidió confirmar unas firmas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué firmas?
Abrió la carpeta.
La última autorización de retiro aparecía firmada con mi nombre.
La observé apenas dos segundos.
No era mi letra.
El coronel me miró con seriedad.
—Nuestros peritos revisaron el documento.
Hizo una pausa.
—Capitana… esa firma fue falsificada.
En ese instante la puerta del quirófano comenzó a abrirse lentamente.
El cirujano salió con el cubrebocas todavía puesto.
Nos buscó con la mirada.
Y pronunció una frase que hizo que todo lo demás dejara de importar.
—La cirugía terminó… pero necesitamos hablar inmediatamente con la madre de Camila.
Continuará…