Parte 2: EL PRECIO DE DOS HUÉRFANOS

Eusebio no se apartó de la puerta.

El policía que había avanzado hacia Lucía se detuvo al notar que el anciano ya no miraba la orden, sino la segunda hoja que Ramona intentaba ocultar bajo su brazo.

—Déjeme ver ese documento —dijo Eusebio.

Ramona retrocedió.

—No tienes derecho.

—Si vienen a mi casa acusándome de secuestro, tengo derecho a saber qué están firmando con los nombres de esos niños.

Anselmo desmontó del caballo con una lentitud arrogante. Llevaba botas nuevas, sombrero claro y un cinturón de cuero demasiado fino para los caminos polvorientos de San Jerónimo.

—No compliques las cosas, viejo —dijo—. La niña se escapó. Su tutora legal vino a recuperarla. Eso es todo.

Lucía apretó a Mateo contra su pecho.

El bebé comenzó a llorar.

Ramona dio un paso hacia ella.

—Ven aquí inmediatamente.

La niña se escondió más detrás de Eusebio.

—No quiero ir contigo.

—No te estoy preguntando.

El comandante de la patrulla, Benjamín Ortega, miró incómodo a los otros dos agentes.

—Don Eusebio, la señora trae una orden firmada por el juez municipal.

—Entonces léala completa —respondió él—. En voz alta.

Ramona dobló la segunda hoja.

—La propiedad de los niños no tiene nada que ver con esto.

Aquella frase confirmó lo que Eusebio había sospechado.

—¿Qué propiedad? —preguntó el agente más joven.

Anselmo clavó los ojos en Ramona.

Ella comprendió que había hablado de más.

Eusebio señaló el documento.

—La parcela que heredaron de sus padres. La tierra de la loma norte.

El comandante Ortega frunció el ceño.

—Esa zona no vale casi nada. Es terreno seco.

—Eso decía todo el pueblo —replicó Eusebio— hasta que empezaron a llegar ingenieros de fuera.

Anselmo dejó de sonreír.

Eusebio recordaba haber visto camionetas blancas subiendo hacia la loma durante las últimas semanas. Hombres con cascos tomaban muestras del suelo y marcaban piedras con pintura roja. Cuando preguntó qué buscaban, le dijeron que era un estudio para mejorar los caminos.

Ahora comprendía que habían mentido.

—¿Qué encontraron allí? —preguntó.

Nadie respondió.

El llanto de Mateo se hizo más fuerte.

Lucía lo meció con desesperación.

—Tiene hambre —dijo—. Ya pasó la hora de su leche.

Ramona extendió los brazos.

—Dámelo.

Lucía retrocedió.

—Tú le dabas agua con azúcar.

El policía joven miró a Ramona.

—¿Es verdad?

—La niña inventa cosas.

—También inventó que dormían en el cobertizo —dijo Eusebio—. Pueden ir a verlo.

Anselmo se acercó al comandante y habló en voz baja.

—Cumpla la orden, Ortega. Para eso le pagan.

El tono no era una petición.

Era un recordatorio.

El comandante apretó la mandíbula.

—La orden dispone que los menores vuelvan con su tutora mientras se investiga la denuncia.

—¿Y también dispone que Ramona venda su herencia? —preguntó Eusebio.

Ortega extendió la mano.

—Entrégueme los papeles.

Ramona los sujetó contra su pecho.

—Son documentos privados.

El comandante se los arrebató.

Leyó la primera página.

Luego la segunda.

Su expresión cambió lentamente.

—Aquí dice que la señora Ramona Reyes compareció como representante de ambos menores y aceptó vender la parcela por sesenta mil pesos.

Eusebio soltó una risa seca.

—Esa tierra tiene más de cuarenta hectáreas.

—Es puro monte —intervino Anselmo.

—Entonces, ¿por qué la quiere tanto?

Anselmo se acercó hasta quedar frente al anciano.

—Porque puedo comprarla.

—No a ellos. Son menores.

—Su tutora puede representarlos.

—Solo si la venta beneficia a los niños.

Eusebio miró a Lucía.

Descalza.

Con el vestido remendado.

Sosteniendo a un bebé enfermo mientras la mujer que cobraba dinero por cuidarlos llevaba zapatos nuevos y lentes oscuros.

—¿Dónde está el beneficio? —preguntó.

El comandante Ortega bajó la vista al documento.

—Hay una autorización del DIF municipal.

—Firmada por quién.

Ortega leyó el nombre.

—Licenciada Teresa Valdivia.

El agente joven palideció.

—Ella dejó el cargo hace siete meses.

El silencio cayó sobre el patio.

Ramona miró a Anselmo.

Anselmo miró al comandante.

La orden contenía una firma de una funcionaria que ya no ocupaba el puesto cuando supuestamente la autorizó.

—Eso no significa nada —dijo Anselmo—. Los trámites se retrasan.

—La fecha es de hace dos semanas —respondió Ortega.

Eusebio abrió la puerta por completo.

—Entren y llamen al juez desde mi teléfono.

Ramona soltó una carcajada nerviosa.

—¿Crees que el juez va a responderle a un campesino viejo?

—No necesito que me responda a mí.

Eusebio caminó hasta un armario del corredor y sacó una caja de madera. Dentro guardaba papeles amarillentos, fotografías y una credencial vencida.

La colocó frente al comandante.

—Antes de regresar al rancho trabajé veintisiete años en el Registro Agrario Nacional.

Anselmo perdió el color.

Lucía miró al anciano, sorprendida.

—¿Usted trabajaba con tierras?

—Con tierras, herencias y fraudes —respondió Eusebio—. Y conozco este tipo de documentos.

Tomó la segunda hoja.

—El número del expediente pertenece a otra propiedad. El sello fue copiado. Además, ninguna venta de bienes pertenecientes a menores puede aprobarse sin un estudio social y una autorización judicial especial.

El comandante revisó otra vez las páginas.

—Aquí no hay estudio social.

—Porque nunca visitaron a los niños —dijo Eusebio—. Si lo hubieran hecho, habrían visto el cobertizo.

Ramona corrió hacia Lucía.

—¡Todo esto es por tu culpa!

Eusebio se interpuso.

Uno de los agentes sujetó a Ramona antes de que alcanzara a la niña.

Mateo lloró aún más fuerte.

—¡Suéltenme! —gritó ella—. ¡Soy su familia!

Lucía comenzó a temblar.

—Mi mamá también decía que eras familia.

Las palabras de la niña apagaron la furia de Ramona por un instante.

Pero Anselmo reaccionó.

Subió de nuevo al caballo.

—Esto se resolverá en la presidencia —dijo—. Ortega, lleve a los niños y arreste al viejo.

El comandante no se movió.

—La orden tiene irregularidades.

—No te conviene desafiarme.

—Tampoco me conviene secuestrar legalmente a dos menores con documentos falsos.

Por primera vez, Anselmo comprendió que el uniforme no iba a obedecerle.

Metió la mano dentro de su chaqueta.

Eusebio vio el movimiento.

También lo vio el agente joven.

—¡Manos a la vista! —gritó.

Anselmo se quedó inmóvil.

Luego sacó lentamente un teléfono.

—Solo voy a hacer una llamada.

Se alejó unos pasos y habló en voz baja.

Eusebio no logró escuchar todo, pero distinguió tres palabras.

“Descubrieron la venta”.

Después, Anselmo añadió:

—Saquen los papeles antes de que lleguen.

El anciano sintió un escalofrío.

—¿Qué papeles? —preguntó Ortega.

Anselmo guardó el teléfono.

—No sé de qué habla.

En ese momento, Lucía tiró de la camisa de Eusebio.

—Don Eusebio, hay algo que no le conté.

—¿Qué cosa?

La niña miró a Ramona con terror.

—La noche que escapé, escuché que don Anselmo dijo que la tierra no era para sembrar.

Eusebio se agachó frente a ella.

—¿Para qué era?

Lucía tragó saliva.

—Dijo que debajo había una veta y que una empresa extranjera pagaría millones cuando los niños desaparecieran del registro.

Ortega miró a Anselmo.

—¿Qué veta?

Antes de que pudiera responder, una camioneta negra apareció al final del camino.

No tenía placas.

Detrás venía otra.

Y otra más.

Las tres avanzaban levantando una nube espesa de polvo.

Anselmo sonrió.

—Ahora entenderán por qué esa orden debe cumplirse hoy.

Los agentes desenfundaron sus armas.

Eusebio tomó a Lucía por el hombro y la condujo hacia la casa.

Entonces Mateo dejó de llorar.

Su cuerpo se aflojó repentinamente entre los brazos de su hermana.

—Don Eusebio —susurró Lucía—. Mateo no respira.

El anciano se volvió hacia el bebé.

Al mismo tiempo, las camionetas bloquearon la salida del rancho y varios hombres descendieron con chalecos oscuros.

Uno de ellos levantó una carpeta roja y gritó:

Venimos por los niños, la escritura original y el anciano. Los demás pueden marcharse vivos si no hacen preguntas.

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