La mano permaneció levantada al fondo de la oficina.
Todos giraron la cabeza.
Carmen frunció el ceño.
Jamás imaginó que alguien se atrevería a desafiarla.
El hombre avanzó lentamente entre los escritorios.
Era Julián, el técnico de mantenimiento.
Llevaba ocho años trabajando en la empresa.
Siempre pasaba desapercibido.
Carmen soltó una risa burlona.
—¿También quieres perder tu empleo?
Julián siguió caminando.
No respondió.
Cuando llegó frente al presidente, sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo.
—Señor, creo que esto le pertenece más a usted que a mí.
Carmen cambió de expresión.
Reconoció inmediatamente aquel aparato.
Era una memoria USB.
La misma que había intentado encontrar durante toda la mañana.
—¿Dónde la conseguiste? —preguntó con la voz alterada.
Julián la miró fijamente.
—Debajo del archivador de su oficina.
El presidente tomó la memoria.
—¿Qué contiene?
—Las grabaciones del sistema interno de seguridad.
El rostro de Carmen perdió todo el color.
—Eso no puede ser.
Julián respiró hondo.
—Hace dos semanas usted ordenó desconectar varias cámaras.
—Pero olvidó que el sistema de respaldo seguía funcionando automáticamente.
Un murmullo recorrió toda la oficina.
El presidente entregó la memoria al jefe de informática.
—Proyéctela.
La pantalla principal se encendió.
Apareció la fecha de aquella misma mañana.
Las imágenes mostraban claramente la oficina de la directora.
Carmen entró sola.
Miró hacia ambos lados.
Después abrió la caja fuerte utilizando su propia clave.
Sacó varios paquetes de dinero.
Los guardó dentro de un maletín negro.
Luego tomó una carpeta con el nombre de Elena.
Introdujo la tarjeta de acceso de la joven dentro de la caja fuerte.
Y sonrió.
La grabación continuó.
Carmen marcó un número desde su teléfono.
—Ya está hecho.
Hizo una pausa.
—En diez minutos acusaré a Elena.
—Nadie se atreverá a defenderla.
La pantalla quedó completamente en silencio.
Todos miraban a Carmen.
Ella retrocedió dos pasos.
—Ese video está manipulado.
El jefe de informática negó con la cabeza.
—Es imposible.
—El archivo tiene sello digital del servidor principal.
—No ha sido editado.
El presidente cerró lentamente la computadora.
Su voz fue más fría que nunca.
—Directora Carmen.
Ella tragó saliva.
—¿Sí… señor?
—Hace un momento pregunté si tenía alguna prueba contra Elena.
Nadie respiraba.
—Ahora la única persona que necesita defenderse es usted.
Carmen intentó correr hacia la puerta.

Dos guardias de seguridad le bloquearon el paso.
—¡No pueden detenerme!
El presidente levantó una mano.
—Llame inmediatamente a la policía económica.
Mientras uno de los asistentes tomaba el teléfono, Carmen cayó de rodillas.
—Devuelvo el dinero.
—Puedo renunciar.
—Olvidemos todo esto.
El presidente negó lentamente.
—No robó solo dinero.
Miró a Elena.
—También intentó destruir la vida de una empleada inocente.
Los guardias retiraron la credencial de Carmen.
Por primera vez en muchos años, toda la oficina respiró con tranquilidad.
El presidente caminó hasta Elena.
—Señorita Elena.
Ella levantó la vista con lágrimas en los ojos.
—Lamento haber permitido que trabajara tanto tiempo bajo las órdenes de una persona así.
Le extendió una nueva credencial.
—Desde este momento queda restituida en su puesto.
Los empleados comenzaron a aplaudir.
Uno tras otro.
Durante varios minutos.
Pero entonces el jefe de informática recibió una alerta en su computadora.
Su expresión cambió de inmediato.
—Señor presidente…
—¿Qué sucede?
El técnico tragó saliva.
—La directora Carmen no actuó sola.
Toda la oficina volvió a quedar en silencio.
El hombre giró la pantalla.
En la última grabación aparecía Carmen entregando el maletín con el dinero robado a un hombre que todos conocían perfectamente.
El vicepresidente de la corporación.
Y, antes de que la imagen terminara, se escuchó claramente una frase que hizo palidecer al presidente:
—Cuando él firme la jubilación el próximo mes, toda la empresa será nuestra.