PARTE 2 – EL TESTIGO QUE FERNANDO HABÍA CRIADO FUE QUIEN LO HUNDIÓ ANTE EL JUEZ

Las esposas hicieron un sonido metálico cuando los agentes sujetaron las muñecas de Fernando.

Él seguía sonriendo.

—Esto es un error.

Miró al comandante con absoluta seguridad.

—Mi abogado llegará en unos minutos.

—Nadie puede demostrar nada.

El comandante no respondió.

Se limitó a pedir que registraran la mansión.

Fernando giró hacia Elena.

—Cuando salga de aquí, te vas a arrepentir.

Elena sintió un escalofrío.

Había escuchado esa amenaza demasiadas veces.

Pero, por primera vez, no estaba sola.

Lucía permanecía a su lado.

Le apretó suavemente la mano.

—Ya terminó.

Fernando soltó una carcajada.

—¿De verdad creen que una sirvienta puede destruirme?

Entonces el comandante levantó un teléfono.

—No.

—Pero un testigo sí.

Todos miraron hacia la escalera principal.

Un joven comenzó a bajar lentamente.

Vestía el uniforme del chofer de la familia.

Se llamaba Gabriel.

Llevaba quince años trabajando para Fernando.

Era el empleado más antiguo de la casa.

Fernando abrió mucho los ojos.

—¿Tú?

Gabriel respiró profundamente.

—Perdón por haber tardado tanto.

Se volvió hacia Elena.

—Señora…

—Durante años tuve miedo.

Fernando dio un paso hacia él.

—Cierra la boca.

Dos policías lo sujetaron inmediatamente.

Gabriel sacó un disco duro portátil.

—Aquí están las grabaciones de los últimos tres años.

Toda la sala quedó en silencio.

—Las cámaras de seguridad originales nunca dejaron de grabar.

Fernando sintió que el rostro perdía el color.

—Las desmonté personalmente.

Gabriel negó con la cabeza.

—Las visibles sí.

—Pero el antiguo dueño de la mansión instaló un sistema de respaldo.

—Solo yo conocía su ubicación.

El comandante tomó el disco.

Minutos después conectaron el archivo a un monitor.

La primera grabación apareció en la pantalla.

Fernando empujando a Elena contra una pared.

Después otra.

Insultándola durante horas.

Luego una tercera.

Rompiendo medicamentos recetados por el médico.

Las imágenes continuaban una tras otra.

Ninguna dejaba lugar a dudas.

Pero todavía faltaba lo peor.

En la última grabación aparecía Fernando hablando con un médico privado.

—¿Está seguro de que el problema no es mi esposa?

El especialista abrió un expediente.

—No, señor.

—Los estudios son concluyentes.

—La infertilidad es completamente suya.

Fernando golpeó el escritorio.

—Eso jamás saldrá de este consultorio.

Sacó un cheque.

—Quiero otro informe.

—Uno donde ella aparezca como responsable.

El médico dudó unos segundos.

Finalmente tomó el dinero.

La grabación terminó.

Toda la habitación quedó inmóvil.

Elena sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Durante ocho años había soportado humillaciones creyendo que realmente era incapaz de tener un hijo.

Fernando había comprado un diagnóstico falso.

El comandante cerró lentamente la computadora.

—Además de violencia familiar…

Miró el expediente.

—Ahora también enfrentará cargos por fraude, falsificación de documentos médicos y soborno.

Fernando comenzó a gritar.

—¡Eso no prueba nada!

—¡Ese video fue manipulado!

Entonces una voz anciana resonó desde la entrada.

—Yo también puedo declarar.

Todos giraron.

Era el doctor Ramírez.

El mismo especialista que aparecía en la grabación.

Caminaba apoyado en un bastón.

Tenía los ojos llenos de vergüenza.

Se detuvo frente a Elena.

—Perdóneme.

Bajó la cabeza.

—Acepté dinero para destruir su vida.

Elena permaneció en silencio.

El médico entregó un sobre al comandante.

—Aquí están los resultados originales.

—Nunca fue usted quien tenía problemas para tener hijos.

El comandante abrió el documento.

Leyó unas líneas.

Después miró directamente a Fernando.

—Hay algo más.

Fernando dejó de respirar.

—Su esposa estaba embarazada hace dos años.

Elena levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

El médico cerró los ojos.

—Usted perdió ese bebé porque alguien sustituyó deliberadamente la medicación prenatal por otra incompatible con el embarazo.

Toda la sala quedó paralizada.

El comandante miró el informe completo.

—La receta fue modificada por orden de…

Su voz se detuvo al leer el nombre.

Levantó lentamente la vista hacia Fernando.

—No.

—No fue usted.

Fernando también parecía sorprendido.

—¿Entonces quién?

El comandante giró la última página.

La firma pertenecía a la persona que todos menos sospechaban.

La madre de Fernando.

La verdadera dueña de la fortuna familiar.

Y la mujer que acababa de entrar silenciosamente por la puerta principal de la mansión.

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